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Amo los libros. En el tiempo que llevamos de habilitar nuestra nueva casa, Beatriz del Carmen y yo hemos reunido más de mil ejemplares sobre los temas más diversos. A estos hay que sumar los que guardo en mi anterior biblioteca, que permanece intacta. De vez en cuando la visitamos para ver si todo está en orden. Me preocupa que la humedad haya hecho estragos, pero afortunadamente nada de esto ha sucedido. Los libros están en perfectas condiciones.
Desde mi infancia he sido lector compulsivo. Recuerdo con emoción aquellos autores con los que se inició en mí el gusto por la lectura. Todo el dinero que llegaba a mis manos lo invertía en obras adecuadas a mi edad. El primer libro que leí fue Un capitán de quince años y a este siguieron casi todo lo que escribió Julio Verne. Después me interesé en Salgari y de ahí pasé a Charles Dickens con sus dos novelas capitales: David Copperfield y Oliver Twist. Eran ediciones impresas en papel corriente. No conservo ninguna de ellas porque al paso del tiempo se fueron extraviando. Se perdieron también las ilustraciones que hice de algunas de ellas. En mi adolescencia descubrí a Dostoievsky que ejerció en mí una gran influencia. Pasando algunos años ilustré algunas de sus novelas, pero este ya fue un trabajo profesional que llevé a cabo por encargo del editor Peter Lehman de Los Angeles. Se trató de una carpeta de litografías que se llamó Recollections of Childhood. La primera de las litografías fue un autorretrato como Rembrandt, que tenía cierto parecido con el autor ruso. Pero hace cincuenta años ya había ilustrado a Franz Kafka, otro de mis escritores preferidos. Hice mi trabajo en el taller Falcon Press cuyo propietario Eugene Feldman tenía un extraordinario parecido con el escritor de la angustia. Para un retrato de este, le pedí a Feldman que me posara. Mi libro fue distribuido mundialmente por Witenborne de Nueva York y tuvo una extraordinaria acogida por parte de muchos especialistas en la obra del checo. Alejo Carpentier, que vivía entonces en Caracas, le dedicó dos artículos que se publicaron en El Nacional, donde colaboraba semanalmente.
A Franz Kafka volví después para ilustrar uno sólo de sus libros: La metamorfosis. Fui llamado para hacer este trabajo por Limited Editions Club de Nueva York. Shefrin, director de la editorial, había pensado que ilustrara a Canelli que recientemente había recibido el premio Nobel. Se trataba de una colección de cuentos en los que aparecían muchos camellos y burros. Rechacé la propuesta porque como le explique a Shefrin, yo no estaba capacitado para dibujar esos animales. Entonces fue cuando se pensó en la obra de Kafka, que no aparecía en el catálogo de la editorial. Pero surgió una limitación, se me prohibía dibujar al insecto en el que se convertía Gregorio Samsa. Max Brod, íntimo amigo de Kafka, en su testamento, rechazaba que los ilustradores de esta obra kafkiana representarán al insecto. Las razones las desconozco. Le expliqué a Shefrin que esto era un tour de force, porque después de las primeras líneas ya se habla de la transformación que ha sufrido Samsa. Entonces surgió en mi la idea de dibujar lo que en el libro no se explica. Como todos recordarán el cuento comienza con las siguientes líneas: “Después de una noche agitada Gregorio Samsa despierta convertido enisecto”. Entonces dibujé lo que imaginé. Lo que no se dice. ¿En que consistía “esa noche agitada”? ¿Pesadillas, acaso? También dibujé algo que sí estaba permitido: un retrato del furibundo padre lanzando una manzana contra el insecto, que por supuesto no se ve...
Después surgieron otros autores a los que ilustré con enorme interés: El Marqués de Sade confinado a Charenton como castigo por su vida licenciosa. Quevedo fue otro de mis temas, como también lo fueron Rene Char y André Pierre de Mandiargues, con quien por cierto tuve una gran amistad. La inspiración surgió de un largo poema que me dedicó y que se llamó Cuevas Blues publicado por Fata Morgana de París. |
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