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Los síntomas de la gripe

12 de febrero de 2007

 

En estos días el frío pone en peligro la salud. Beatriz del Carmen y yo salimos a la calle abrigadísimos; pero aún así, el viento helado nos cala hasta los huesos. ¿Hasta cuándo durará este invierno? Se dice que se prolongará hasta que llegue el verano. Para evitar la gripa que puede desembocar en una neumonía, nos protegemos con varios medicamentos. Es aconsejable vacunarse. Esta medida no garantiza mucho, pero algo es algo. Por mi condición de hipocondríaco me apanico cuando alguien, cerca de mi, estornuda o tose. Me alejo de inmediato de los catarrientos. Me asusta el contagio. Noto que la mayoría de las personas no dan importancia a esta enfermedad que la consideran leve, sin mayores consecuencias. El frío ha llegado a todo el país. Hace algunos días Beatriz del Carmen y yo viajamos a Mazatlán, ciudad que por lo general es cálida. Pero no fue así, la heladez nos alcanzó y a pesar de que el cielo azul no presagiaba mal tiempo, sorpresivamente se desató una llovisna pertinaz que nos obligó a resguardarnos en el hotel. Asomados a la ventana que daba al mar, vimos que este estaba tranquilo. Imaginamos, erróneamente, que el mal tiempo había pasado. Había amainado la lluvia y pensamos con alegría que el clima tropical haría grata nuestra permanencia en el puerto. Abrimos la ventana y advertimos nuestra equivocación. Un viento helado nos obligó a meternos a la cama.
Fuimos a Mazatlán invitados por el pintor Antonio López Sáenz, para que yo formara parte de un jurado que anualmente otorga un premio a algún artista del estado de Sinaloa. Tenía yo que cumplir con el compromiso y titiritando de frío, abandonamos el hotel para ir al lugar donde estaban las obras que debían de ser juzgadas. Con rapidez revisamos el material. No eran cuadros de gran calidad, pero algo bueno encontramos y con facilidad decidimos el premio.
Al día siguiente había mejorado el tiempo y fuimos a desayunar a un restaurante cercano. Ahí nos esperaba Antonio López Sáenz. El mal tiempo de la víspera había hecho su efecto y en un concierto de estornudos y toses tuve que saludar a aquellos que se acercaban a nuestra mesa para demostrarme su afecto. Pretextando estar enfermo de mi mano derecha evité los saludos. Con una servilleta me tapaba la boca.
A pesar del frío, en la calle había una gran algarabía. Esta se debía a las fiestas del carnaval que en pocos días se iniciarán. Se nos invitó a visitar los carros alegóricos que ya estaban casi terminados, por un artista de Monterrey de apellido Maldonado. Algunos de ellos eran réplicas de cuadros de López Sáenz, quien es sin duda el más importante pintor y escultor de Mazatlán. A mi esposa Beatriz del Carmen y a mi se nos tomaron infinidad de fotos. Nuestro contento se enturbió porque los trabajadores que insistían retratarse con nosotros  no dejaban de estornudar y toser.
Beatriz del Carmen y yo tomamos la decisión de apresurar nuestro regreso a México. Empezaban a aparecer en nosotros los primeros síntomas de la gripe.
Ya en el avión, cubiertos con cobijas, volvimos a escuchar el interminable concierto de las toses y los estornudos, que producían la mayoría de los pasajeros. Ya en México nos esperaba otra sorpresa: estaba lloviendo.

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Milagrosamente, al llegar a la casa habían desaparecido los síntomas de la gripe. Nos encontramos ahora en perfecto estado de salud. Libramos el mal. Durante nuestra ausencia nos llegó una carta de la Universidad Metropolitana que empieza diciendo: “Constituye un alto privilegio hacer de su conocimiento que el H. Colegio Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana, en su sesión número 281 celebrada el 30 de noviembre de 2006, ha tenido a bien conferirle el grado de Doctor Honoris Causa, máximo galardón académico otorgado por nuestra Casa de Estudios”.
 

 

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