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Pertenezco a una generación de cinéfilos. Esta afición se ha dado sobre todo en los escritores. Cuando me reúno con algunos de ellos siempre surge el tema del cine. Mis conocimientos son amplísimos y cubren la producción de todo un siglo. Carlos Fuentes y yo somos campeones en el tema. Podemos pasar horas en matches de trivia. Tratándose de cine argentino él lleva la delantera, pero yo no me quedo muy atrás. El juego es muy divertido. Se trata de recordar los repartos completos de películas de diversos países. Sabemos la filmografía de actores muy secundarios así como la de los directores de diferente calidad. También incluimos las diversas versiones que se han hecho de novelas famosas. Pongo un ejemplo: hay que saber las diferentes adaptaciones que se han hecho de Los miserables de Víctor Hugo. En una ocasión yo fui el vencedor al mencionar que en México también se filmó esta novela con Domingo Soler en el papel de Jean Valjean y David Silva interpretando a Mario Pontmercy. El director fue Fernando A. Rivero. Después me seguí mencionando actores, la mayoría ya olvidados, que les tocaron papeles incidentales.
Del cine francés también sé mucho y lo mismo podría decir de la amplia producción norteamericana, alemana y japonesa. Arturo de Córdoba fue el más internacional de los actores mexicanos. Trabajó en Hollywood, Argentina y España. Su primera aparición en el cine norteamericano fue en Por quien doblan las campanas, basada en la novela de Hemingway. Las estrellas fueron Ingrid Bergman y Gary Cooper. La dirección fue de Sam Wood. Después, ya en plan estelar, filmó Rehenes, de tema bélico actuando al lado de Louise Rainer y Paul Lukas. En Argentina su mayor éxito fue Dios se lo pague, dirigida por Luis César Amadori.
Mi cinefilia me ha llevado a descubrir que el mejor cine mexicano se produjo en la década de los treintas.
Algunos amigos que me han escuchado hablar sobre cine me han sugerido que escriba un libro sobre el séptimo arte, como lo hizo el novelista Cabrera Infante, autor de Un oficio del siglo XX.
Si bien el cine ha influido en los escritores bien podría decir que en mi también. Pero no en la escritura, ya que esta la practico sin pretensión alguna; pero sí en cambio en mis imágenes plásticas. Una exposición que presenté hace algunos años en Los Angeles, la dediqué a dos grandes directores norteamericanos, James Whale y Tod Browning, cuyas imágenes de terror influyeron en mis dibujos. También podría asegurar que en algunos momentos de mi obra, aparecen personajes vinculados con los grandes cómicos de la época silente. Pongo algunos ejemplos: Búster Keaton, Harry Langdon, Fatty Arbuckle y algunos más que aparecían en las comedias producidas por Mark Sennet. En un cuadro de reciente aparición rindo homenaje a otros entrañables comediantes: Oliver Hardy y Stan Laurel.
Además de haber visto muchas películas, también he sido lector de revistas especializadas. Durante mucho tiempo recibí Cahiers du Cinema y Positif. También he leído a George Sadoul, historiador del cine.
Mi afición por el cine continúa, pero prefiero ser fiel al cine de antes. La producción actual me resulta absolutamente aburrida. Son pocas las películas que me interesan. Detesto a Spielberg y a George Lukas. Malas películas y malas salas de proyección me han alejado de un arte que antes me resultaba irresistible. Los grandes actores también pertenecen al pasado. Las refulgentes y bellísimas estrellas de antes han sido sustituidas por unas escuálidas mujercitas carentes de todo encanto y talento. |
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