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Mi cumpleaños es el 26 de febrero; pero en esta ocasión se celebró 10 días antes porque el 26 estaremos en Israel en un viaje que haremos Beatriz del Carmen y yo en compañía de Stephanie Fastlicht, Silvia y José Sacal. En la casa de estos últimos fue la fiesta, a la que asistieron más de 250 amigos, Fue una reunión fastuosa en la que se inauguró el estudio de Sacal, que cuenta con una galería en la que se expusieron algunas obras mías. Todos los asistentes estuvieron felices igual que mi amada esposa y yo. Ella y Silvia participaron en la organización del festejo. Beatriz del Carmen estuvo durante varios días llamando a muchos de los invitados. Silvia Sacal, la anfitriona, trabajó intensamente para que todo resultara espléndido. De todos los convocados sólo faltaron cinco que con anticipación se disculparon. La razón que expusieron fue valida. En estos tiempos de clima cambiante los ausentes estaban agripados. La comida fue magnífica. En una sala estaban los postres que yo me abstuve de probar temeroso de que subieran mis niveles de colesterol. Al término de la comilona apareció un cuarteto de música popular, que incitó a los comensales a bailar. Yo, con mi natural torpeza, también lo hice acompañando a mi adorada esposa, quien, generosa, me dijo que cada vez bailaba mejor.
Hubo un incidente que pudo haber tenido consecuencias graves. Mi buen amigo el cineasta Francisco Bolaños, me invitó a una mesa para fumar un cigarro, cuando debido a la imprudencia de un mesero que llevando una charola se tropezó conmigo con tal fuerza que me hizo darme un costalazo. Perdí el equilibrio y rodé por el suelo. Pocos se dieron cuenta de mi caída, porque con enorme habilidad me levanté y caminé como si nada me hubiera sucedido. Bolaños que iba cerca de mi, trató de auxiliarme, pero yo le dije, sin perder mi sentido del humor, que lo que me había pasado se debía a estar practicando un nuevo paso de baile.
A las diez de la noche mi esposa y yo nos retiramos. Para entonces muchos ya se habían enterado de mi accidente y para demostrar que nada me había pasado atravesé el jardín corriendo. Quise demostrar mi fortaleza.
Beatriz del Carmen y yo agradecemos a nuestros grandes amigos, los Sacal, la fiesta que nos ofrecieron con motivo de mi cumpleaños. Cuando abordamos el auto descubrimos que ahí, un solícito empleado, había colocado todos los regalos que me habían llevado. Fueron muchos y muy variados. Ya en la casa abrimos los paquetes. Impacientes, no esperamos hacerlo al día siguiente. Es satisfactorio saber lo queridos que somos. Beatriz del Carmen se ha ganado el afecto de todos. Hombres y mujeres le demostraban el enorme cariño que se ha ganado en el tiempo que llevamos de estar juntos. Elogiaban su belleza y a mi me felicitaban por haber sabido conquistar a una mujer poseedora de tantos méritos. Yo, orgulloso de ella, agradecía lo que me decían. Mencionaba una y otra vez el magnifico trabajo que ha desarrollado en el Museo Cuevas, desde que fue nombrada directora. Viéndonos siempre juntos, se emocionaban por el enorme amor que nos tenemos. Es una relación que irradia felicidad.
El 21 emprenderemos un nuevo viaje que nos tiene muy emocionados. Iremos por primera vez a Israel. Al regresar a México seré objeto de un homenaje por parte de la comunidad judía. Recibiré el premio Jerusalén. Agradezco a Nezly Cohen y a Luis Feher quienes fueron los que me propusieron. Es un reconocimiento que se entrega a aquellos que sin ser judíos han demostrado su solidaridad con un pueblo con el que me siento identificado. Además quiero agregar que tengo nexos judaicos, porque mi abuela, por vía paterna fue judía, convertida al cristianismo al casarse con mi abuelo. Nunca la conocí, porque murió cuando mi padre era niño, pero se me ha dicho que vivió nostálgica y triste por haber renunciado a la religión a la que perteneció hasta que renunció por el amor que le tuvo al hombre que fue mi abuelo. |
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