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Los graffiteros

16 de abril de 2007

 

Llega al Museo José Luis Cuevas una revista de literatura, gruesa como un libro, que se llama “Alhucema”. Por la dirección postal me entero que está editada en Granada, España. En la página 19 encuentro un poema a mi dedicado. Lo escribe Daniel Gutiérrez Pedreiro y se titula Sangre sobre la luz. Por su extensión no puedo reproducirlo íntegro. Me conformo con las últimas líneas con las que se cierra el poema: “En tus manos, José Luis Cuevas, la mujer se vuelve caballo y rosa / la mujer es el frío beso de un cerillo / la llama de un ojo ciego / el cuchillo de que corta tajadas de viento / multiplicando los espejos. / Mariposas de semen multiplican el bronce, / la mujer es caballo desnudo / es pegaso, / es la garganta solar devorando el universo...”. Desconozco al autor, pero agradezco lo que sobre mi ha escrito.
 
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Los graffiteros hacen de las suyas en diferentes ciudades del país. Hay signos que los distingue. Tal parece que los graffitis están pintados por la misma mano. Tal parece que hay una comunicación críptica entre ellos. ¿En qué momento llevan a cabo sus fechorías? Algunos opinan que es por la noche, protegidos por la oscuridad.
Cuando se expusieron en Guanajuato mis esculturas monumentales, de la serie Animales Impuros, muchas de ellas fueron garrapateadas por los graffiteros. Lo mismo ha sucedido con un bronce mío que desde hace años está situado en una glorieta de la colonia Cuauhtémoc. Me enteré por una llamada del periódico Reforma, en la que me pedían una opinión sobre este acto vandálico. Nada pude decir. Las esculturas de artistas internacionales que desde el año de 1968 están situadas en la llamada “Ruta de la amistad”, también han sido víctimas de estos atentados. Constantemente tienen que ser restauradas y pintadas de nuevo. Lo más grave que a mí me ha sucedido, ha sido el intento de destruir, por ordenes del Presidente Municipal de Colima, mi escultura llamada Figura Obscena, que había donado a la ciudad hace algún tiempo. Levanté un acta, pero la denuncia no prosperó. Ahí continúa mi escultura semidegollada y con los brazos rotos. Este acto que merecía un castigo ejemplar fue festinado por un locutor de Televisión Azteca, que erigiéndose en crítico de arte, calificó mi obra de ser “la más fea del país”. Apoyó de esta manera un delito.

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Me asombra, y al mismo tiempo me preocupa, la capacidad de trabajo de mi adorada esposa Beatriz del Carmen. Le pido, le suplico, dedique mucho de su tiempo al reposo. En mi estudio actúa como mi asistente y moviliza telas de gran tamaño. No acepta mi ayuda. En las horas que dedica al museo su actividad es igual de intensa. Al llegar la noche pinta su propia obra. Ayer terminó un cuadro al óleo, que me ha regalado. Aparece ella y aparezco yo. Todavía fresco lo colgué en uno de los muros de la biblioteca. Luce espléndido. Le digo que lo incluiré en la exposición que en julio de este año se presentará en el Museo para celebrar los quince años de haberse inaugurado. La muestra se llamará Los amigos de Cuevas y se presentarán obras de aquellos artistas que a lo largo de mi carrera he ido conociendo: mexicanos y extranjeros.

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         Camino por el patio donde majestuosa está La Giganta. Me acompaña Salvador Vázquez Araujo quien hace un comentario que mucho me agrada: Califica mi escultura como excepcional. “La Giganta, me dice, representa dentro de tu obra lo que en literatura son las novelas Pedro Páramo de Rulfo y Cien años de soledad de García Márquez. Llegamos a la calle donde nos espera el auto que nos llevará al restaurante El Cardenal, donde comeremos con unos amigos.

 

 

 

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