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Los ochenta años de mi hermano Alberto

23 de abril de 2007

 

Beatriz del Carmen y yo salimos de un restaurante donde comemos con alguna frecuencia. De pronto surge en mi la necesidad de visitar a mi hermano Alberto, a quien desde hace tiempo no visitamos. Desviamos al camino  y nos dirigimos a la colonia del Valle donde él ha vivido desde hace muchos años. Nos recibe en su consultorio donde sigue atendiendo a sus pacientes. Estos ya no son tantos, nos comenta. Su especialidad es la psiquiatría pero sus conocimientos de la medicina son muy amplios. Desde que éramos muy jóvenes su vocación lo llevaba a hablar de las diferentes enfermedades que aquejan a la humanidad. Le recuerdo que fue él quien me indujo a visitar los hospitales e incluso en su compañía llegué a hacer disección de cadáveres. También por él asistí al manicomio, la antigua Castañeda, en donde hice infinidad de dibujos de los enfermos mentales. Con ese material llevé a cabo mis primeras exposiciones. Todavía yo no llegaba a los veinte años. Escuchándolo aprendí algo de medicina. Ahora que lo visitamos encuentro en su biblioteca algunos libros ya algo gastados, que leí en mi adolescencia. En algunos, incluso, llegué a estampar mi firma con anotaciones mías.
Del consultorio pasamos a la sala donde continuamos hablando de infinidad de cosas. Surgen los recuerdos de nuestra infancia. Él como yo somos grandes memoriosos. De pronto nos dice a Beatriz del Carmen y a mí, que el 26 de octubre de este año que transcurre cumplirá ochenta años. Lo imaginaba más joven, o mejor dicho menos viejo. Le digo que quizá ha equivocado las fechas; pero no es así. Nos asegura que nació en 1927. Quizá su afición por el deporte lo ha llevado a conservar algunos rasgos de su juventud. Continúa manejando su motocicleta Harley Davidson.
Llega la noche y continúa nuestra conversación. Beatriz del Carmen, mi amada esposa, nos escucha con interés. Ella está sentada a mi lado y mirándola de reojo la veo más joven y bella que nunca. Le faltan muchos años para llegar a la vejez y a mi muy pocos para alcanzar la edad de mi hermano.
Surge en mi un recuerdo: Nuestro abuelo Adalberto, murió en 1940, cuando recién había cumplido los ochenta años. Lo quisimos mucho porque era muy bondadoso y caritativo. Nunca dejó de trabajar como administrador de una fábrica de papeles y lápices. Lo evocamos como un hombre muy anciano que caminaba con dificultad. Su muerte se debió, según los médicos, por enfermedades propias de su avanzada edad. Lo vi en su cama tendido con la rigidez de los muertos. Sus tres nietos lloramos mucho y nos unimos a los rezos que frente a un crucifijo decían algunas mujeres, parientes lejanas, en las que se pedía por su eterno descanso. Poco tiempo después abandonamos esa casa donde habíamos nacido mi hermana Lupita y yo y nos fuimos a vivir a la colonia Roma. Mi tía Rebeca, hermana menor de mi padre guardó luto riguroso durante muchos años. La recuerdo siempre llorosa y musitando oraciones.
Por las noches se reunía la familia para rezar el rosario. Mi madre nos dijo un día, que en varias ocasiones se le había aparecido mi abuelo sentado en una mecedora. A pesar de mi corta edad, busqué su aparición en el lugar que había señalado mi mamá, pero nunca se dio el milagro.

         Los avances de la medicina han llevado a que la gente ahora sea más longeva. Se ha prolongado la vida de los humanos. Mi hermano Alberto, no tengo la más mínima duda, bien podrá alcanzar los cien años y lo mismo espero de mi. Durante las noches antes de que me llegue el sueño, pido a Dios que todos aquellos a los que quiero mucho, vivan muchos, muchos años. Estoy seguro que Dios escuchará mis ruegos. En lo que a mi respecta sigo el ejemplo de mi hermano, que siempre ha cuidado su salud. Nunca ha fumado, ni ha tomado alcohol. Continúa obsesivamente haciendo ejercicio. Yo no he llegado a tanto, pero sí he disminuido el consumo del tabaco. El ejercicio lo practico moderadamente. Camino y llevo a cabo la costumbre de subir las escaleras a pasos rápidos.

 

 

 

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