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Tenía yo a mi servicio tres criados que me hacían la vida imposible. Sin previo aviso desaparecían para irse a su pueblo. Cuando regresaban se encerraban en su cuarto y no contestaban a mis llamados. Si me sentía enfermo no tenía a quien recurrir. Fueron tiempos muy difíciles. Temiendo a la soledad total no me atrevía a correrlos. Poco a poco me iba acostumbrando al aislamiento. Sin embargo contaba con algunos amigos que me visitaban por las mañanas. A los periodistas los recibía los domingos por la tarde. Las entrevistas, como siempre ha sido, me hacían llevaderas las horas, pero los criados no eran capaces de atenderlos. Las visitas eran tratadas por estos con irritante majadería.
Criados así los conocía a través de mis lecturas de Pérez Galdós y Eca de Queiros. Igual de perversos eran los que yo tenía contratados. Mis dos hijas que vivían en México aparecían de vez en cuando y no encontraba en ellas ningún consuelo. Llegaban y desaparecían pocos minutos después. No lograba con ellas la más mínima comunicación. Les hablaba de mis cuitas y parecía que no me escuchaban. En aquel tiempo continúe mi relación con una antigua amante a la que veía dos o tres veces a la semana. Nos encontrábamos en un motel, siempre el mismo. Por ser una mujer casada la mayor parte de su tiempo lo dedicaba a su familia.
Por las noches algunas mujeres me llamaban en busca de conversaciones picantes. Esto me entretenía. Me divertía excitarlas con mis historias eróticas. Me convertí en un experto en las pláticas conocidas como hot line.
El primero de mayo del 2001, sucedió algo que con el tiempo cambiaría mi vida. Recibí la visita de una joven pintora que preparaba una exposición que le habían propuesto en una galería de la Zona Rosa. Me pidió que se la inaugurara. Traía dos de sus cuadros en los que descubrí su gran talento. Acepté el padrinazgo. De inmediato me sentí atraído por esa muchacha rubia a la que pregunté sobre su estado civil. Nerviosa me dijo que era una mujer casada. Noté en ella cierta molestia y con cierto cinismo le lancé mi segunda pregunta: si estaba dispuesta a engañar a su esposo. Sin haber probado el café que le había servido, se levantó y se fue.
Debo confesar que en aquellos tiempos había expresado en múltiples entrevistas mi preferencia por las mujeres prohibidas. En mis cuevarios que semanalmente publicaba en el periódico Excelsior, también relataba mis experiencias con casadas. Esta desfachatez mía molestaba a muchas de mis lectoras pero había otras que divertidas me buscaban. Debo decir que nunca rebelaba el verdadero nombre de aquellas que respondían a mis gustos. Para bien o para mal, había yo adquirido fama de “seductor irresistible”.
A pesar de lo desagradable que había sido nuestro primer encuentro, le inauguré su exposición. A partir de entonces empezamos a vernos con cierta frecuencia. Venía a mi estudio y hablábamos de arte. El escabroso tema no volví a tratarlo, aunque la atracción que yo sentía por ella iba en aumento. No daba yo ningún motivo para que se molestara. Yo ya había decidido que nuestra relación no fuera más allá de la amistosa. Ella se sentaba lo más lejos de mí. En una ocasión una ex amante mía llegó a visitarme y se sentó en mis piernas. Había llegado con su hijo al que mandó al jardín a jugar. Le pedí a la intrusa que ocupara otro sitio. Al quedarnos solos le pregunté a mi querida amiga si había sentido celos por lo que había hecho mi ex amante. Me contestó con absoluta seguridad: “ya te he dicho que por ti siento sólo estimación. De amor nada”.
Llegó el momento en que nos veíamos todos los días. Siempre llegaba a la misma hora y yo la esperaba con impaciencia. Continuaban nuestras conversaciones “cultas”. De la pintura pasamos a la literatura y yo le recomendaba libros. A veces yo mismo le contaba la trama de mis novelas preferidas: Madame Bovary y Ana Karenina entre otras.
Pasaban las semanas y los meses y al séptimo de estos, para mi sorpresa ella me confesó que empezaba a amarme. Le di entonces un beso y una Gigantita de plata para que la luciera en su cuello. Ese día supe que mi amor por ella era correspondido. (Continuará)
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