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Mi relación amorosa con Beatriz del Carmen IV

24 de septiembre de 2007

 

El 24 de diciembre del 2002, pasamos nuestra primera navidad juntos en la casa de unos amigos. Yo siempre dándole apoyo. Mi amada esposa lloraba mucho por no poder ver a sus hijos. Surgieron muchas invitaciones para viajar por diferentes ciudades del país. Yo aceptaba todas para que Beatriz del Carmen se distrajera. Al poco tiempo quedó resuelto los de su divorcio y empezamos a organizar nuestra tan esperada boda civil, que se llevó a cabo el 27 de julio del 2003 en el Museo José Luis Cuevas. Teníamos entonces a una seudo amiga, dueña de un taller de grabado en el que esporádicamente yo trabajaba. Esta mujer acabó traicionándonos y al descubrir su deslealtad tomé la decisión de prohibirle volver a visitarnos.
       
Antes de la boda civil viajamos a Cancún donde Matty Roca nos organizó un matrimonio bajo el rito maya. Tuvo lugar en Xel-Ha en un santuario bellísimo, los dos vestidos de blanco. Después se sucedierón 12 bodas más por diferentes ritos indígenas. Nuestro anhelo era casarnos por la religión católica, pero para que esto sucediera era necesario la anulación, por parte de ella, de su anterior matrimonio. No era fácil, pero al paso del tiempo se logró de una manera milagrosa, gracias a la intervención del padre Shulenburg. Pero este tema lo trataré más adelante.
       
Cuando regresamos de algún viaje, Beatriz del Carmen y yo pasamos el tiempo encerrados en nuestro estudio trabajando incansablemente. Pintamos a cuatro manos con resultados magníficos. Nuestra creatividad no cesa. Al término de una jornada que empezaba a temprana hora del día, hasta que se oscurecía. Entonces, escuchando música que con buen gusto escogía mi adorada esposa, nos entregábamos al baile. Por ella aprendí a moverme al ritmo de algún danzón o bolero.

        Mi esposa es poseedora de múltiples talentos. No sólo pinta con gran destreza, sino que ha adquirido una enorme cultura artística. Esto en parte, me lo debe a mi. Pero ella es una persona de rápido aprendizaje.

        En nuestros viajes, Carmen, a la que así yo llamo, aprovecha el tiempo libre para escribir. Desde que fue nombrada directora del Museo José Luis Cuevas ella escribe las presentaciones de los catálogos, sin requerir la ayuda de nadie.

        Hurgando en las libretas donde lleva un diario, encuentro algunos pensamientos, que cuando aumenten en número bien podrían ser publicados. Cito dos de ellos. El primero está fechado el 21 de febrero del 2006. Dice:
        “Durante toda mi vida he buscado mi soledad, un rincón donde perderme con mis recuerdos, un refugio para estar a solas. ¡Qué egoísta! Es que la gente siempre me estorba. Escucho sin oír. Sólo de vez en cuando muevo la cabeza para no parecer desatenta, sus voces se hacen como un eco, mi mundo es diferente, de pronto suelto un suspiro, un recuerdo triste de mi infancia. La soledad siempre ha sido mi compañía. Me gusta mirar el cielo, contemplar los azules, mirar las nubes moverse, los tonos diferentes que da el sol cuando se oculta, disfrutar la maravilla de los colores. Aunque no dejo de sentir nostalgia de algo que quizá nunca encuentre”.

Hay otro escrito que a mí me dedica. Lo titula Cuevas el cirujano. Dice:

“Si hay una herida, la profundiza. El corte es perfecto. Su pulso es firme para hacer que la herida sangre, mientras más sangre haya es mejor. La herida no la calma, la hace aún mayor, hay que hacer la agonía más larga. Quizás dure unas horas. Sus personajes no tienen mucha vida. Sólo queda en el lienzo o en el papel, el sufrimiento de esa suave y lenta muerte que produce el ser pintado por José Luis Cuevas”. (Continuará) 
 

  
 

 

 

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