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Mi relación amorosa con Beatriz del Carmen XI

12 de noviembre de 2007

 

El Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, lleva muchos años de existir. En los últimos tiempos la directora fué Angeles González Gamio. Con el cambio de gobierno dejo su gestión después de haber desarrollado un trabajo ejemplar. Los que integramos el Comité Directivo extrañamos su ausencia. Su último proyecto fue la publicación de una revista de gran calidad que se llamo A pie que también desapareció. En el último número me tocó el honor de haber publicado  un ensayo sobre la antigua Castañeda que se ilustró con algunos dibujos que en tiempos pretéritos realicé en el Manicomio. Los que integramos desde un principio el Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, permanecemos todavía ¿hasta cuando? no sabemos. Todos intelectuales de primera. Cito algunos José Rogelio Álvarez, Homero Aridjis, Emmanuel Carballo, Enrique Cervantes, Fernando Cesarman, Clementina Díaz de Orvando, Carlos Fuentes, Teodoro González de León, Andrés Henestrosa, David Ibarra, José Iturriaga, Miguel León Portilla, Andrés Lira, Vicente Medel Martínez, Eugenia Meyer, Guillero Tovar de Teresa, Ramón Xirau y Silvio Savala. Hubo algunos más que ya fallecieron como Octavio Paz, Fernando Benítez, Fernando Gamboa y José Luis Martínez quien fue el último en haber muerto.

Con cierta frecuencia Angeles nos convocaba para que propusiéramos temas sobre nuestra querida Ciudad de México. Sin pertenecer al consejo en tiempos recientes, mi adorada esposa Beatriz del Carmen asistía como invitada especial. Con discreción, sin protagonismo alguno, a veces tomaba la palabra para hacer recuerdos del México de su infancia. La escuchábamos con respeto y cariño.

Beatriz del Carmen es hija de campechana y yo soy hijo de yucateca, ambos pues tenemos raíces del sureste. Sus primeros años de infancia, mi esposa los pasó en Campeche teniendo como tutora a su abuela a la que llamaba Tata, quien era maestra en una escuela primaria. A sus diez años de edad vino a la Ciudad de México para reunirse con sus padres. Me fascina escucharla cuando me cuenta lo que fue su vida en Campeche; vivía en una casa que estaba muy cerca de la estación del ferrocarril, que por cierto ya desapareció. Hace dos años la llevé a Campeche y me sorprendió que mucha gente la recordará. Estando en una peluquería a donde fuimos para que recortaran el cabello, una mujer se acercó para hablar con ella. Sabia de nuestra relación amorosa y le dijo “tú eres aquella niña que todos queríamos mucho, fuiste una niña preciosa que eras muy bien recibida en muchas casas, tu simpatía nos hacia mucha gracia”. Otra señora que de pronto apareció comento: “¿Carmen eres la nieta de la profesora Fita?, nos divertías mucho con tus bailes y tus risas; nos dio mucho gusto enterarnos que te habías casado con un pintor muy famoso que ahora estamos conociendo”.

Beatriz del Carmen ya me había dicho que le gustaba mucho subirse a los árboles para tomar guayas o tamarindos verdes, se metía al mar y después se revolcaba en la arena. Regresaba con su abuela quien la reprendía por llegar muy sucia, la bañaba en una pileta y le cambiaba la ropa. Fueron unos años felices. Tiempo después y antes de viajar a México, pasó unos meses como interna en una escuela de monjas, la escuela estaba en Oaxaca. Era una niña traviesa pero respetuosa con las personas mayores.

En una ocasión me dijo algo que llamó mi atención: “me hubiera gustado conocerte en aquellos tiempos y aunque era una niña me hubiera enamorado de tí. Entre risas le contesté que eso hubiera sido imposible porque para entonces yo era ya un joven mayor y nunca fuí afecto a las Lolitas. Nunca me identifique con Humbert- Humbert, el personaje de la novela de Vladimir Navokob.

Siendo una jovencita empezó a asistir a la escuela de pintura y escultura “La Esmeralda”,  ya desde antes había surgido en ella su afición por la pintura, a la que se ha dedicado con fervor. Poco sabía de mí, pero habiéndome visto en la televisión le resulte antipático. Le molestó que dijera que para mí la mujer más bella era Lyn-May y que me gustaría vivir con ella en una isla desierta. Un compañero de clases le llevó un día unas fotos mías pensando que podría interesarse en conservarlas, molesta se las devolvió por una razón poderosa: le caía yo muy mal por aquello de Lyn-May.

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Cuando yo era muy pequeño, mi mamá para dormirme me cantaba una cancioncilla que quizá era de su invención. Debo aclarar que en aquel tiempo familiarmente se me llamaba Gui, ¿sería por Guy de Maupasant?, lo dudo.

La canción decía:

Pues señor este era un rey
que tenía tres hijitos
y al más chiriquitito
el guisito le llamaba.
cuando el rey iba a misa
sus hijos lo acompañaban, etc.

 

 

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