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Mi relación amorosa con Beatriz del Carmen XVII

24 de diciembre de 2007

 

Ya se ha extinguido la costumbre de escribir cartasYa se ha extinguido la costumbre de escribir cartas. El cartero nos trae publicidad impresa o bien recordatorios de pago o estados de cuenta. Yo fui muy afecto a escribir a los amigos. Y de ellos recibía respuesta inmediata. Muchas de mis misivas se recogieron en un libro que se llamó Letters. Ahora para no perder la costumbre le escribo a mi amada esposa Beatriz del Carmen cartas que decoro con dibujos. Pero no uso el correo para que lleguen a sus manos. Se las entrego a ella misma y ya suman 45 en las que expreso el amor que me inspira. Ella las recibe con enorme emoción y las guarda en un mueble. No pasa una semana sin que le dé una o dos hojas de papeles de diferentes tamaños. No perderé esta costumbre que forma parte de mi trabajo creativo.

Siendo mi esposa la única receptora de esta mi comunicación ya nunca recurro al correo que por cierto ya casi nunca es visitado. En tiempos pasados no pasaba un día sin que yo no recibiera cartas de diferentes países. Esto me llevó a aficionarme a la filatelia. En una libreta pegaba los timbres y conservaba todas esas pruebas de afecto. Muchas de ellas se han extraviado por descuido mío. Tarjetas también recibía, siendo estas muy valiosas por haber sido enviadas por gente notable. Se han perdido algunos comunicados de Octavio Paz, Mathías Goeritz, Marta Traba, André Pyere de Mandiargues, etc. Las presenté al Museo José Luis Cuevas para que fueran expuestas y misteriosamente desaparecieron antes de que me fueran devueltas. Pasé días y semanas enteras buscándolas pero nunca pude recuperarlas. ¿Alguien las habrá robado? ¡Quién sabe!; pero no pierdo la esperanza de algún día hallarlas. Continúa infructuosamente mi búsqueda. Se me ha dicho que fueron devueltas y por si esto fuera posible sigo abriendo los cajones de un mueble antiguo que es en el que guardaba mi correspondencia. Era tal mi angustia que una noche soñé que las encontraba en un resquicio del mueble. Al despertar casi lo desarmé pensando que lo que había soñado era un aviso. Pero ese material precioso continúa perdido.

Las cartas que llevo escritas a mi esposa las conservo ahora enmarcadas y guardadas en un lugar muy seguro. Todas ellas están enumeradas.

En el jardín de nuestra casa he mandado colocar una enorme escultura en bronce de mi autoría. Es una campana que hago sonar varias veces al día. Es un regalo de navidad que le he hecho a mi esposa. A ella y a mí nos gusta mucho. Tiene un badajo que hacemos sonar cada vez que nos acercamos. El ruido que produce nos lleva a pensar que estamos en una iglesia. Entonces rezo porque mis cartas extraviadas aparezcan.
Faltan pocos días para que este año termine. El advenimiento de un nuevo año provoca en mí un sentimiento de angustia. ¿Qué nos depara el que pronto llegará? Esperamos, deseamos, que sea tan productivo como el que pronto pasará. Mayo será un buen mes porque se presentará en el Palacio de Bellas Artes una exposición de mis obras que abarcará varios de mis quehaceres: pinturas, dibujos, grabados y esculturas. Sin embargo el año 2007 vivimos dolorosamente la pérdida de una persona muy querida: Mary Carmen Martínez, secretaria de Beatriz del Carmen y amiga entrañable. La recordamos todo el tiempo con profunda pena.

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Sigo encontrando las letras de las cancioncillas que mi hermano Alberto y yo compusimos cuando éramos casi niños. Lástima que no sepamos escribir la música y que nos limitemos a reproducir tan solo las letras. Dice:

“Ayune 14 meses
y me alimenté con nueces
y tras muchas privaciones
mi dinero yo junté.
Era mi sueño dorado
un caballo colorado
y a un amigo de confianza
mi secreto yo confié.
Dame todo tu dinero
que yo soy conocedor
que en el rancho del sombrero
mi caballo es el mejor.
Le entregué yo mi dinero
y partió mi compañero
regresó a los ocho meses
y me trajo al animal:
con un ojo no miraba
con el otro vigilaba
¡pero si este no es caballo
es de huesos un costal!
No te fijes en los huesos que el caballo es corredor
y por mil doscientos pesos no lo pude hallar mejor.
Me quedé con mi caballo
que era flaco papagayo
con un parche en cada hueso
y las patas al revés.
mi caballo colorado no llegó al segundo mes.”

 

 

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