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Mi relación amorosa con Beatriz del Carmen XIX 07 de enero de 2008 |
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En poco tiempo, Beatriz del Carmen y yo, hemos construido una casa en Cuernavaca. Sin lujos superfluos tiene todo lo necesario para vivir confortablemente. Cuando nuestra agitada vida de viajeros constantes, nos lo permite, venimos a refugiarnos a esta propiedad en la que ya he armado una biblioteca con poco más de mil volúmenes, casi todos sobre arte. Picasso es el artista que más espacio ocupa: 65 ejemplares que abarcan todo lo que ha sido la vida y obra del más prolífero creador del siglo XX. La autora del proyecto arquitectónico fue mi esposa que por intuición y buen gusto, resolvió los problemas que iba encontrando en el camino. La decoración también corrió por su cuenta. Con un cuadro en la mano ella sabe el lugar exacto donde debe ser colgado. Lo mismo sucede con los diferentes objetos. Le basta un rápido recorrido para encontrar la distribución de estos. Yo tan solo soy observador de su trajín, sin atreverme a contravenir sus decisiones. Deposito en ella toda mi confianza. Mi única intervención está en la colocación de los libros y lo hago con enorme gozo. En el jardín hay una alberca, ni muy grande, ni muy chica. Beatriz del Carmen insiste en que debo aprovecharla para aprender a nadar. Yo me niego a hacerlo. Me considero incapaz de dominar algo que nunca he hecho. Lo mismo me sucede con el baile y con el manejo de autos. Estando en Cuernavaca vivimos en el más absoluto aislamiento. Nada nos perturba. No hay llamadas telefónicas ni visitas inoportunas. Estamos al margen del bullicio de la Ciudad de México. Mientras aquí en Cuernavaca disfrutamos del cálido clima, por la televisión nos enteramos que en el D.F; las temperaturas han bajado. Detesto el frío: siempre he sido friolento. Recuerdo que cuando era joven leí “Robinson Crusoe” y no me pareció terrible la situación del personaje que por un naufragio queda rezagado en una isla, sin ningún contacto humano. Para sobrevivir tiene que aprender muchos oficios que antes desconocía. Pero yo no estoy solo, comparto mi soledad con la mujer que amo. Además la Ciudad de México está a pocos kilómetros de distancia y podemos ir al aeropuerto a tomar un avión que nos lleve a alguna parte del mundo. Pero aún así, estando en algún lugar remoto, nos diremos una y otra vez: ojalá y pase el tiempo rápido para regresar a México y abordar el auto que nos lleve a Cuernavaca.... Aquí en Cuernavaca hay otra casa de la que podría disponer, pero que ya no me pertenece. El INBA la ha convertido en un Museo en el que se exponen de manera permanente obras mías. Digamos que es un anexo del Museo José Luis Cuevas. En una época ya remota era el lugar donde pasaba los fines de semana en compañía de mi familia de entonces. Esta casa se la compre a Mathías Goeritz que la habitó durante muchos años. La visito con alguna frecuencia y la encuentro en magnífico estado. Mi buen amigo Beto Vadas se encarga de que todo funcione bien. El ha sido el Director de “La Tallera” en donde Siqueiros trabajó en los proyectos del monumental Polyforum.
CANCIONES INFANTILES MUY ANTIGUAS
Estamos en Cuernavaca y olvidé en mi casa de San Ángel la libreta en la que he anotado las letras de las canciones que componíamos mi hermano Alberto y yo, cuando éramos niños. Pero estando en México la madre de Beatriz del Carmen, Leonor, que fue maestra de escuela, me dijo algunas cancioncillas antiquísimas que afortunadamente guardé en mi cartera. Ahora las he encontrado y para continuar con esta imaginería infantil, reproduzco sus letras a continuación:
1.- El elefante del circo 2.- Este osito bien amaestrado |
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