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Mi relación amorosa con Beatriz del Carmen XX

14 de enero de 2008

 

Mi familia por línea materna es yucateca y Beatriz del Carmen es hija de madre campechana. Estas raíces mayas es una circunstancia más que nos une. Ella, como yo, nacimos en la Ciudad de México, pero Beatriz del Carmen siendo muy pequeña, la llevaron a Campeche donde vivió muchos años. Le pido me cuente cómo fue su infancia. La escucho con enorme interés y me hago el propósito de no interrumpirla. Le cedo la palabra:
 
        “Recuerdo que eran las 6 p.m. la hora en que el sol se oculta en Campeche. Se dan los más bellos atardeceres. Hasta hoy me gusta contemplar el crepúsculo. Mi mirada se pierde en el infinito y observo sus maravillosos colores. Esa tarde, como todas las tardes, mi abuelita Fita me puso mi pijama y mi mamá me dio un beso de despedida. Iba a emprender un viaje que duró 14 años. Yo estaba sentada en la mesa del comedor en la vieja casa de la Estación del Ferrocarril. Esto me recuerda una antigua canción que empezaba diciendo: “Sale de Campeche el tren...” Se entraba a la casa por una gran puerta de madera cuyo aldabón era una enorme cabeza de león de bronce, que comunicaba a la sala donde dos enormes tibores chinos adornaban el espacio. Había unos sillones de madera con el respaldo de vidrio, en los que nunca me senté, temerosa de romper alguno de ellos. Me parecía larguísimo el corredor que comunicaba por un lado a las recámaras y el otro daba a la cocina. El patio en el que tanto jugaba, tenía un pozo de agua y un gran aljibe como se usaba en las casas antiguas. Mi nana me bañaba siempre a la misma hora con agua de lluvia y jabón Maja. Después me acostaba en la hamaca, estirando los dos lados para que no me cayera Mi abuelita se acostaba en mi camita. Desde esa noche en la que mi mamá se despidió dándome un beso, Tata sería mi eterna compañera: la que velaba siempre mi sueño.

En esa casa solo vivíamos mi abuelita, mi tío Ito y yo. El servicio ocupaba un cuarto al costado de la casa.

Yo iba al Kinder “Florinda Batista”, donde mi mamá había dado clases porque era educadora, pero yo estaba en otro salón. Recuerdo que yo tocaba un triángulo y mi mamá cantaba y bailaba, siempre fue muy alegre. Le decían “El Silencio” por el escándalo que hacía. Me vestían de “princesa” en los festivales escolares porque decían que era muy bonita. Cuando salía con mi mamá siempre me llevaba a tomarme fotos, cosa que yo odiaba. La gente al vernos nos decían: “Ahí va Norita con la niña”. Todos me decían Betina.

Me gustaba escuchar a Sarita Montiel a quien mi mamá admiraba. Yo en cambio admiraba a mi mamá por lo bien que imitaba a Sarita. Mi abuelita, que también era maestra daba clases en la escuela “Héctor Pérez Martínez”. Se levantaba muy temprano y me vestía estando yo semidormida. Con desgano tomaba mi chocolate con agua y un pan. Me tomaba de la mano y me arrastraba a la escuela que abría a las 7:00 a.m. pero nosotras llegábamos una hora antes y teníamos que esperar a que la abrieran...”

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LAS CANCIONES INFANTILES

        En las escuelas se cantaban unos villancicos en las novenas yucatecas. Uno de ellos se decía que fue compuesto por Lope de Vega, y yo supongo que ha de ser cierto. Maricela Lara, que es yucateca y trabaja en el Museo Cuevas, me canta uno de ellos que ahora reproduzco:

“Yo bajo del monte
por ver al zagal.
Yo bajo del monte
por ver al zagal.
Traigo a un pajarillo
que sabe cantar
cantar...
Que lindo, que bello
que gloria nos da
prosigue cantando
al rey celestial.
Al rey de los cielos
que ha nacido ya.”

 

 

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