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Mi relación amorosa con Beatriz del Carmen XXX

31 de marzo de 2008

 

Mientras comemos en un restaurante al que vamos con cierta frecuencia, mi amada Beatriz del Carmen, continúa contándome lo que fue su vida, muchos años antes de que nos conociéramos. La escucho con atención y sus palabras quedan grabadas en mi memoria. Dice ella:

“Todos los días asistía a la clase del maestro que me pretendía. Era amable y gentil y me enviaba flores por lo menos una vez por semana. De mi mamá recibía cartas que leía una y otra vez y esto calmaba mi sentimiento de soledad. Mi abuelita, muy esporádicamente me iba a ver. No lo hacia seguido por la distancia que nos separaba. Ella me decía que sufría igual que yo nuestra separación. A diferencia de mis compañeras que eran visitadas por sus padres por lo menos los fines de semana, a mi me tocaba quedarme sola en el internado. La bondadosa monja Enedina, se sentaba a platicar conmigo y calmaba mi llanto. Fue un año muy duro, pero adquirí más seguridad. Al esposo de mi mamá lo mandaron a la ciudad de México como Subdirector General de Marina Mercante y Puertos. Me fui con ellos y deje Oaxaca. Otro nuevo cambio de escuela y amigas. El profesor de geografía quedaba en mi recuerdo. Mi mamá vivía en Satélite y mi escuela , “El lestonac” estaba en San Ángel. También era de monjas. Mi abuelita fue a recogerme a Oaxaca y juntas hicimos el viaje a México, donde ella también se quedo. Volvimos de nuevo a dormir juntas; pero para mi era una casa extraña. Tenia dos hermanitas adorables: Nena, la de en medio, era un poco tosca y Diana todo lo contrario, siempre sonriente y cariñosa. Como quería parecerse a mi. Me imitaba en todo.

Las mañanas para mi eran un sacrificio porque tenía que levantarme muy temprano para que el chofer me llevara a la escuela. Un día que no pudimos disponer del chofer, fue mi mamá la que me llevó y estuvimos a punto de sufrir un gran percance, pues choco por venir cuidando una olla de mole. Cuando la monja rectora se entero se preocupo mucho por mi y al terminar las clases, regresé a la casa en un camión que me dejo en el metro. Transbordé tres veces y luego otro camión que me dejaba en la Calzada de las Armas y de ahí me fui caminando hasta mi casa en Echegaray. Llegué a las cinco de la tarde y mi abuelita preocupada, esperándome para comer. Era la mejor cocinera. Mi mamá, con sus clases de cocina china e internacional, no me gustaba lo que preparaba, porque yo estaba acostumbrada a los platillos caldosos”.

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Me parece interesante reproducir lo que de mi se dice en diferentes medios. Lo hago fragmentariamente porque a veces son textos muy extensos que no tendrían cabida en este mi Cuevario semanal. Ahora se trata de dos libros que he recibido el día de ayer. Cuya existencia yo desconocía. Del primero, escrito por Teresa del Conde que se titula “Una visita guiada” extraigo los siguientes párrafos:

“... José Luis Cuevas, mismo que tienen que ver en primer término con su eterno modelo: él mismo, imbricado con personajes o con gestos tomados de la literatura, no me refiero sólo por ejemplo a Kafka sino a las cineastas D. W. Griffith y Todd Browning a través de su película Freaks. También existe en él una incorporación ancestral del arte prehispánico en sus aspectos formales, pero jamás traducidos tal cual. Creo que el único que –igual que yo- ha percibido este rasgo fue el francés Louis Panabière:

José Luis Cuevas Representa una ruptura, un desencubrimiento. Pero creo poder decir y suena a paradoja, que más allá de la rupturta, Cuevas reanuda más profundamente con las raíces profundas de México (...) Por eso no es casualidad que el Museo José Luis Cuevas se encuentre muy cerca del Templo Mayor (se estrecha el parentesco) y en el meollo, en lo profundo de la ciudad de México.

Por mi parte, en el mismo momento en el que Panabière así se expresaba, yo lo hacía de la siguiente manera, ya que ambos escribíamos sendos artículos que aparecieron en un mismo librito:

En José Luis Cuevas todo es grafológico, hasta sus apariciones personales y sus fotografías que le toman. Su pulsión de expresarse ha encontrado por lo tanto en el dibujo, la estampa, el grabado y la letra misma un cauce cuyas ramificaciones continuamente fluyan, desde Mesoamérica hasta ahora. Los mismos trazos en el papel y las mismas incisiones que provoca en la plancha de metal han generado su propio desarrollo orgánico, produciendo mutaciones y mutantes que ya no tienen que ver con la idea inicial que los generó (...) Al observar dibujos, grabados y hasta garabatos de Cuevas cualquiera puede darse cuenta de que procede por fusiones, desintegraciones e intercambios. Las imágenes crean su propia manera, parecen reproducirse solas, se generan unas a otras y tal y como si ya el autor no interviniera más que en el aspecto mecánico de su ejecución (...).

Dejo para el próximo Cuevario, la extracción de algunas líneas del otro libro en el que se me dedica todo un capítulo que se titula, simplemente, José Luis Cuevas.

Mi amada Beatriz del Carmen y yo continuamos trabajando en la exposición que con mis obras se presentará en el Palacio de Bellas Artes, cuya fecha de apertura, según parece se ha corrido hasta principios de junio. Pedimos un mayor espacio para que quepan todas las obras que, pensamos, deben presentarse.

Otra canción de cuna

Esta otra canción también era dicha por mi mamá para que nos durmiéramos mis hermanos y yo, cuando éramos muy pequeños. La canción es anónima y dice:

Vamos pastorcitos
vamos a Belén
a ver a la virgen
y al niño también.

Vamos pastorcitos
vamos a adorar
al rey de los cielos
que ha nacido ya.

 

 

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