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Mi relación amorosa con Beatriz del Carmen XXXI

07 de abril de 2008

 

Dejo para más adelante, la continuación de mis conversaciones con mi esposa Beatriz del Carmen, así con el relato de mis actividades recientes. Por el momento reproduzco algunos fragmentos del capítulo que a mi dedica Ernesto de la Torre Villar, en el libro editado por la UNAM de 360 páginas. Empieza diciendo:

“José Luis Cuevas es un producto nato de su ambiente y de su época. Aún cuando esta verdad rige para todos los hombres, en este artista cobra plena realidad".

Descendiente de familia catalana, de esa estirpe adquiere la laboriosidad constante, la tenacidad imparable, el espíritu combativo, la creatividad imparable, la creatividad. De familia de comerciantes e industriales en el mundo de la papelería, nació en plena ciudad de México en el año de 1934. Su inclinación al dibujo data de su infancia; Cuevas recuerda sus primeros años al lado de la abuela materna doña Felicia Carbonell y Llensa, al decir:

“Yo era sólo un nieto, a quien por deber filial había que impedirle una desaparición prematura. Mi abuela materna tenía un temple de acero que, al menos, la distanciaba de mi, un niño aburrido, que se pasaba el tiempo entregado a pedazos de carbón, o a muchos lápices garabateando cuanto papel caía en sus manos. De proporcionarlo, se ocupaban las nanas que con esa bondad inherente a la gente del pueblo, no tenían otro objetivo que el de mimarme, es decir, de hacer grata mi vida primera. Lo lograron al menos con su diligencia, en traerme cuanto pedazo suelto, tirado y pisoteado, hallaban en el suelo de la fábrica de mi abuelo en cuyo piso alto nací”.

José Gómez Sicre, su propulsor más efectivo, analiza ese aspecto del impulso grafológico de Cuevas, al agregar nuevos aportes a esa primera descripción. Así nos dice:

“Esa papelera del abuelo paterno fue un factor de importancia en la formación del artista. La fábrica producía distintas clases de papel, desde uno parecido al de periódicos y que viene en grandes bovinas, hasta el papel de seda, acariciante y protector en el mundo del comercio, o el de manila, con su áspero tono ocre crudo. A todos echaba mano José Luis, casi sin distinguir. Lo mismo le daba un trozo de cartón con marcas de los pies de los obreros, que fragmentos del venoso antique o del bond más liso, ambos invitantes al dibujo. Lo único que no pudo soportar eran todas las versiones del satinado, cualesquiera fueran su densidad o su peso. Le repugnaba la ligereza con que corría el carbón o el grafito por el lustre de su superficie. Este antagonismo sensorial que no ofrecía resistencia a la mano ávida de abarcar superficies, siempre he creído que fue, en parte, responsable de la seguridad, dinamismo y fortaleza de su línea, desde el momento en que muy temprano se dió a crear formas”.

Esta compulsión hacia el dibujo, a utilizar todos los medios para realizarlo, lo explica el mismo Cuevas cuando escribe en algunos de los dibujos ejecutados en Barcelona en 1981. En ellos señala lo siguiente:

“Quizá por el hecho de haber nacido en una fábrica de papel y de lápices (El lápiz del Águila) el papel para mi ha ejercido gran fascinación. Me gusta probarlos todos, experimentar sus diferentes texturas. En este juego con los papeles hay mucho de sensual. En los almacenes de papel, me gusta pasar los dedos por las grandes o las pequeñas hojas y lo hago con tal arrobo y éxtasis que cualquiera diría que estoy acariciando alguna piel femenina. (Y en otro de los dibujos escribe:) El papel me acompaña a todas partes. Es mi más fiel compañero. En libretas procuro que tengan una gran variedad de hojas: voy anotando lo que llama mi atención en los lugares que visito. Dibujo con rapidez y he desarrollado la habilidad de ni siquiera  tener que ver la superficie donde dibujo. Miro al modelo y la mano corre, sin ser regida por el ojo. La mano sabe a donde dirigirse “.

Y este afán hacia el dibujo que lo ha llevado a ser uno de los más prolíficos  dibujantes de México y de cuyo hecho esta plenamente consciente, lo vuelca en otro trozo que es una especie de alfa y omega de su labor artística, pues se asoma a los días de la infancia y advierte como el transcurso del tiempo le ha permitido dibujar sin medida, desde la década de los treinta hasta 1981 en que escribe esto en Barcelona:

“Cuando yo haya muerto mi permanencia en este mundo estará decidida por todos los papeles que he garabateado. He sido una especie de notario que ha inventariado todo aquello que me ha tocado ver y sentir. Para mi trabajo notarial emplee lo más modesto que tuve en la mano, el papel. (...) Mi labor empezó cuando se dio el hecho fortuito de haber nacido en una fábrica que lo hacía. Se puso a mi disposición todo lo que quisiera. Yo, silencioso me tiré sobre una hoja inmensa que acababa de expulsar una máquina y empecé a tomar notas”.

Ahora, en el año de 2008, gracias a mi esposa Beatriz del Carmen Cuevas he descubierto las bondades de la tela, en donde además he agregado el color. Más adelante el autor del libro aplica una frase de Fernando Benítez que dice: “Ilustrador de Dostoyevsky, de Kafka, de Quevedo, de Sade, de René Char y de otros muchos, pinta y dibuja sus fantasmas; los criminales, los monstruos, las rameras, lo misterioso, lo inaudito, lo horroroso: la parte oscura de nuestras almas”...

 

 

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