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Cuando estamos en la Ciudad de México, Beatriz del Carmen y yo, procuramos viajar a Cuernavaca, donde nos dedicamos a la lectura de libros que me traigo de mi biblioteca de la calle Galeana. Son obras que leí hace años y ahora vuelvo a ellos para disfrutarlos de nuevo. Representan para mi un viaje al pasado.
En mi infancia me adentré en las fascinantes páginas de La Isla Misteriosa de Julio Verne y me sorprende que no las he olvidado. Conforme me voy adentrando en ellas, surgen en mí los momentos en que descubrí a Verne.
Me veo en mi cama, enfermo, seducido por las aventuras que la prodigiosa imaginación del escritor francés inventaba. La edición que tengo en mis manos, está ilustrada con 154 dibujos del artista Férat, cuyo primer nombre no aparece en esta edición, que es bastante antigua. Estoy ahora enfrascado en la primera parte que lleva el nombre de Los náufragos del aire. El primer personaje que aparece en las primeras líneas, se llama monsieur Cyrus. Recuerdo que muchas de las ilustraciones eran por mi copiadas, quizás con cierta torpeza porque por ese tiempo era un niño de apenas diez años.
Esta relectura me llevará mucho tiempo, porque se trata de un libro de 614 páginas.
Mientras Beatriz del Carmen nada prodigiosamente en la piscina, dejo la lectura y me dedico a dibujar en pequeños papeles que me regaló Enrique Cattaneo.
Hoy, como siempre, me levanté muy temprano y me di tiempo para, en un par de horas, garabatear 25 hojas, que algo tienen que ver con lo que estoy leyendo. Todo lo que he hecho, me gusta y no romperé ninguna de las páginas donde aparecen retratos de Gedeon Spillet, otro de los personajes de Verne.
Yo no sé nadar y por consiguiente no acepto la invitación que me hace mi esposa para que comparta con ella las delicias del agua. Ella insiste y me dice que me enseñará a nadar. – De eso, nada – le digo.
Hoy, después de la comida regresaremos a México, donde me esperan varios lienzos que espero terminar esa misma semana. Continuo, haciendo variaciones sobre el cuadro de Permeke, que se llama “La cocinera”. Ninguno de estos podrán ser incluidos en mi exposición del Palacio de Bellas Artes, porque en sus salas ya no cabe ni uno más. Ya he entregado más de 250 obras, lo que ya es un exceso. Lo que haga de ahora en adelante, lo reservaré para el Museo José Luis Cuevas, donde habrá una muestra de mis trabajos recientes, para, con estos celebrar un año más de su existencia.
Mi exposición en Bellas Artes se inaugurará el cinco de junio a las siete y media de la noche. Esperamos contar con la presencia de Felipe Calderón, Presidente de México.
Beatriz del Carmen y yo coincidimos en diversas épocas, en algunos lugares. Ella, siendo muy joven, pasó por “La Esmeralda”, donde hizo sus pininos en el arte. Yo, en mi infancia, también tuve una breve estadía en la misma escuela. Beatriz del Carmen, siendo una adolescente, estuvo en Paris y vivió en Boulevard Raspail, donde yo también permanecí algunos años, a partir de 1978. Quizá alguna vez, sin conocernos, nos cruzamos, nos vimos y seguimos nuestros caminos.
Al regresar hoy a nuestra casa de Fresnos, le pido a mi esposa que continúe contándome sobre su vida. La escucho y retengo lo que me va relatando:
“Afortunadamente mi mamá encontró un colegio muy cercano a nuestra casa de Satélite y entré a La Salle de Lomas Verdes. Yo deseaba estudiar pintura en la Academia de San Carlos o en La Esmeralda, pero ella se oponía a esto, temerosa de que me fuera a enamorar de algún pintor y terminara en “la bohemia”.
El director era Rolando Arjona, con quien habló todo el tiempo. Yo, callada los escuchaba. Al final, acabó aceptándome y entré a lo que ella consideraba “un lugar de pecado”. Esa no era una “escuela de señoritas”. Ahí todo estaba mezclado. Tuve un pretendiente que tocaba el chelo, mientras yo dibujaba. Estudiaba en el Conservatorio y cuando yo terminaba mi clase, me ayudaba a recoger mis cosas. La primera vez que lo vio mi madre, casi le da un infarto por su aspecto descuidado. Yo era su hija mayor y quería que me casara con alguien de mayor distinción. Tenía yo entonces muchos amigos pero no quería comprometerme con ninguno.
Un día , una amiga llegó a platicarme que pronto iría a París para estudiar en la Alianza Francesa. Me pidió la acompañara y yo, muy entusiasmada le hablé a mi papá y me dijo que le parecía bien que me fuera a estudiar.
Viajé con un grupo de mujeres de las que yo era la más chica. Llegamos al hotel Carlton Palace, muy cerca de la Alianza Francesa, en Boulevard Raspail.
No aprendí nada de francés porque siempre he tenido un rechazo por los idiomas.
En el hotel conocí a Sonia Salum, con quien inicié una gran amistad que perdura hasta ahora. Sonia era una mujer muy bella, a la que admiraba mucho. Me metía a su cuarto muy cerca del mío y escuchaba sus pláticas que tenía con Carmen, una psicóloga, con quien hablaba de los galanes que la rondaban. Su simpatía y su conocimiento de la vida me divertían!
(continuará)
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