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Según el registro fueron pocos más de tres mil personas las que acudieron a la inauguración de mi exposición en el Palacio de Bellas Artes. Esto sin contar a todos aquellos que se quedaron sin entrar por no haber tenido la precaución de llevar la invitación, requisito indispensable para acceder al recinto. En el presidium estuvimos el Presidente de México Felipe Calderón y su señora esposa, la licenciada Margarita Zavala, Josefina Vázquez Mota, Secretaria de Educación Pública, Sergio Vela, Presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, María Teresa Franco, Directora General del INBA, Beatriz del Carmen Cuevas mi amada esposa y directora del Museo José Luis Cuevas y yo. La primera en hablar fue la directora del INBA, que con espléndida voz dijo lo siguiente:
“Alguna vez, Rufino Tamayo aseveró: “El artista, por el hecho mismo de consagrarse a su disciplina, abre caminos nuevos, busca formas nuevas de expresar su concepción del mundo; cambia y con él cambia el arte. Una cosa se agota cuando llega a su forma perfecta y se detiene. El arte nunca alcanza la perfección inmutable, no la necesita ni aspira a ella: “El arte es investigación personal o no es nada... “.
Estas afirmaciones son parte de una reflexión del pintor oaxaqueño sobre el porvenir del arte en México, y brotan del mismo manantial en que ha abrevado José Luis Cuevas a lo largo de una infatigable vida creativa.
Hoy, con la extensa revisión que nos congrega en este espacio, podremos adentrarnos en esa “indagación personal” que le ha ganado al maestro, a fuerza de expresar sus ideas sin cortapisas, toda clase de advocación: iconoclasta, rebelde, intransigente con el discurso prefabricado, explorador insaciable, irredentor, culpable del cargo de “desacato a la vulgaridad, el adocenamiento y la superficialidad, al constante lugar común”.
José Luis Cuevas ha estado asociado, desde hace cinco décadas, a los movimientos de ruptura, a la búsqueda de rutas libres del dominio de cualquier ideología. Ha sido testigo y motor de vanguardias y renovaciones, y ha tejido su biografía al desarrollo heterogéneo de las artes en nuestro país. Su huella, identificable desde el medio día del siglo, comenzó con su célebre amotinamiento contra la Escuela Mexicana de Pintura, contra la suma de preceptos que, para las generaciones emergentes, constituían una visión del arte tapiada y envejecida. En aquellos años, el pintor que apenas pasaba de los veinte años, produjo una profunda escisión en los dogmas estéticos dominantes al publicar, a finales de los cincuenta una carta dirigida a Fernando Benítez, director del suplemento México en la Cultura.
Ese texto memorable era una fábula mordaz sobre un joven pintor que, obligado a seguir “la única ruta posible” –la del activismo político y social pregonado por David Alfaro Siqueiros-, se había plegado al canon muralista, renunciando a sus obsesiones y acogiéndose, entre resignado y complaciente, a la comodidad de vivir tras una cortina “que no llamaremos de humo, sino de nopal”, como escribiría el propio Cuevas.
El escrito, áspero a los ojos de los defensores del nacionalismo artístico, terminaba con una suerte de declaración de principios que representó una incitación para las nuevas generaciones.
“No me erijo en árbitro de nada ni pido que se siga mi ruta, porque empiezo por afirmar que no la considero única. Admito en arte todos los caminos que se presenten como una prolongación generosa, amplia de la propia vida. Quiero en el arte de mi país anchas carreteras que nos lleven al resto del mundo, no pequeños caminos vecinales que conectan solo aldeas”.
Sin embargo, más que prócer de la revelación plástica, José Luis Cuevas fue y sigue siendo un autor de cualidades indiscutibles: el constructor de una obra que, sin importar si se halla en medio de la agitación intelectual, estética o pública, es indispensable conocer a fondo para tener una lectura detallada de nuestro siglo XX y sus violentas transformaciones culturales. Sí, sí ha sido el gran rebelde, pero siempre se ha parapeteado en una robusta capacidad para el diálogo crítico, para reconocer al “otro” con el que rompe para abarcar nuevos territorios pictóricos y de pensamiento.
En la multiplicidad de imágenes que ha producido, ya sea con pinceles y lápices, sobre planchas de grabado, transformadas en esculturas o narradas con la afilada prosa que se ha hecho habitual en libros, periódicos y revistas, es posible hallar el testimonio de una vida intensa dentro y fuera del arte. No importa si es frente a las cámaras de cine o televisión, en las innumerables entrevistas y colaboraciones realizadas, cual palestra le ha sido útil para propagar sus ideas y animar una discusión abierta sobre nuestra cultura, sobre las posibilidades que deben abrir los jóvenes artistas, y sobre el presente y el futuro pensativo creativo en México.
En esta ocasión, el Museo del Palacio de Bellas Artes acoge en su sala algunos momentos relevantes y muchas obras recientes de una producción cuya vastedad supera cualquier esfuerzo recopilatorio.
Esta exhibición, la primera individual del maestro Cuevas en este recinto, representa una nueva oportunidad para mirar, desde todos los flancos posibles, un trabajo nutrido por la comunicación entre distintas ramas de las artes visuales, por la literatura y el cine, y por un horizonte cultural de gran magnitud. Son piezas que emergen de trazos penetrantes y a veces descarnados; nacidas de una inteligencia que ha sabido mirar más allá de nuestras fronteras y que ayudó a consolidar la noción de que las artes nacionales, más allá de los temas, los motivos y las técnicas repetidas, deben aspirar al diálogo universal (...)
En alguna ocasión, Juan García Ponce, uno de nuestros más lúcidos críticos, al escribir sobre el trabajo de José Luis Cuevas, reveló con precisión excepcional su naturaleza y dimensión:
“Todo verdadero artista crea sus propios mitos. Su interpretación de la realidad -aunque parta de ella y a -través de la obra, finalmente, la ilumine-aspira siempre a lograr una especie de sustitución. La obra es para él, el lugar de encuentro consigo mismo, con sus obsesiones, con su necesidad de cambiar las cosas o de aceptarlas” (...)
Mi querida esposa, Beatriz del Carmen, directora del Museo Cuevas, ha tenido una magnífica idea: llevar a cabo una exposición paralela a la que presenta Bellas Artes, en el recinto que ostenta mi nombre. Se reunirán todas las obras que por razones de espacio, no cupieron en los muros de la muestra recién abierta. Hay que apresurarse para que los espectadores puedan dar su veredicto y decidir cual de las dos es la mejor. En el Cuevas se expondrán poco más de cien trabajos de épocas diversas. Esperamos inaugurarla en poco tiempo, cuando estemos de regreso de un viaje a Bogotá donde daré una conferencia. |
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