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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen XLIV

07 de julio de 2008

 

Después de una intensa actividad en Bogotá, mi amada esposa y yo, nos dirigimos al aeropuerto donde tomaremos el avión que nos regrese a México. Invitados por el director General Andrés Hoyos, hemos participado en el Festival Malpensante que cada año agrupa a cerca de un centenar de intelectuales de España y diferentes países de Latinoamérica. En dos ocasiones me tocó hablar y la mejor fue sin duda la entrevista que me hizo, frente a un numeroso público, la periodista española María Utrilla. Se me anunció de la siguiente manera: “La trayectoria plástica del gran artista mexicano José Luis Cuevas impresiona. Ha sido dibujante, pintor, grabador, ilustrador, coleccionista, no necesariamente  en ese orden, y al mismo tiempo ha ejercido como una notable personalidad en el muy cambiante mundo de la plástica latinoamericana. Su obra expuesta en muchísimos países del mundo ha ido a parar hasta la China...”.
Desde hace siete años, que es el tiempo que llevamos de haber iniciado nuestra relación amorosa, son cientos de millas, de viajes constantes. Siempre juntos, tomados de la mano; inseparables, amorosos.
Beatriz del Carmen ha llenado muchas libretas en las que lleva un diario de todas nuestras experiencias. A través de este podemos saber todas las millas que llevamos de vuelo. Será un trabajo un poco difícil, pero lo llevaremos a cabo. En su bolsa ha puesto los periódicos aparecidos el mismo día de nuestro viaje. Todo lo que di mi se dice es elogioso. Entresaca unas líneas y las anota en su libreta: “El arte de la deformidad, una característica de uno de los artistas latinoamericanos más destacados y contestatarios del último siglo, presente en Bogotá en el Festival Malpensante”. Sigue leyendo y entresaca otra referencia que le agrada: “A lo largo de su extensa y prolífica carrera, además de haber participado en exposiciones en países tan remotos como Sudáfrica e India, Cuevas ha recibido un gran número de galardones y distinciones como la Orden de Caballero de las Artes y de la Letras de la República Francesa, llegando a ser definido por unanimidad como el artista vivo más importante  de México”.
Ya en nuestra casa de México, tumbados en la cama revisamos el contenido de los sobres que nos han llegado durante nuestra ausencia. Recortes de prensa con artículos elogiosos. Mi exposición-homenaje que se presenta en el Museo de Bellas Artes, sigue recibiendo infinidad de visitantes. Éxito total: buen recibimiento del público y la prensa. Pero  de pronto encontramos un negrito en el arroz. No podía faltar un ataque, ataquito diría yo, de la inconmensurable Raquel Tibol. Comentando lo que yo dije en El Tiempo de Colombia, sobre Botero, toma partido por él y de mí dice que ya estoy en la tercera edad y por consiguiente es censurable que me siga comportando como un adolescente. Después dice que lo que dije de Botero es resultado de la envidia que le tengo por sus constantes éxitos. Ya  lo he dicho en alguna ocasión: mi relación con esta crítica siempre ha oscilado  entre al afecto y el odio.
Me ha llegado, con algo de retrazo, la revista “Casa” editada en La Habana (marzo de 2008), trae un artículo de Lourdes Benigni titulado “Notas para un Cuevario a cuatro manos”. En la imposibilidad de publicarlo íntegro, extraigo algunos de sus párrafos:
“Dijo el poeta Gonzalo Rojas al artista José Luis Cuevas, a propósito de una conferencia a dos voces dedicada a Picasso: “De Picasso se ha dicho tanto (...) y comenzó a leer como solo el sabe hacerlo-un poema dedicado al artista de todos los tiempos.
Y en este intento por articular un texto que satisfaga las expectativas de los asiduos lectores de la revista Casa, acudo a una modalidad de periodismo autobiográfico cultivada por el propio Cuevas, bajo la denominación “Cuevario”, columna que nació en el suplemento cultural El Búho, de Excelsior, entre 1985 y 1998, y que en la actualidad publica el diario mexicano El Universal.
Sin pretensión literaria alguna, como el propio artista ha manifestado, y a manera de diario personal, que se hace público en cada entrega, cuenta lo que acontece en la semana. Relaciona hechos vinculados con su vida artística y privada, sus encuentros, su correspondencia con sus seres queridos y amigos de siempre. Describe minuciosamente sus continuos viajes por el interior de México, casi siempre asociados a proyectos de trabajo, así como los que realiza por el mundo junto a su ya imprescindible, la artista Beatriz del Carmen. Al tiempo que transcribe las historias de Campeche, historias que cada noche su amada Beatriz le relata, y que él atentamente  escucha y registra, lo que descubre su afán por conocer cada detalle de la vida anterior de su esposa.
Por ello ahora, al apelar al anecdotario personal, al archivo privado a la manera de Cuevas-, tratare de tender un puente contra la desmemoria y el olvido.
Conocí a José Luis Cuevas, a propósito de la exposición Ruptura que en ocasión del décimo aniversario del Museo que lleva su nombre, fuera inaugurada el 9 de julio del año 2002. Días antes, le había solicitado una entrevista, la que quedo confirmada, para el propio día de la apertura.
Tenía muchas expectativas con este enigmático encuentro. La idea de conversar con el más extrovertido “niño terrible” de la historia de la plástica mexicana, tendía a ser muy prometedor. Era una cita con la historia, con el artífice del manifiesto conocido como “La cortina de nopal”, donde el joven Cuevas define su posición ideoestética frente a la ya anquilosada realidad plástica que representaba la Escuela Mexicana de Pintura, a fines de los años 50 del siglo pasado.
Nunca imagine que en este, mi primer encuentro, tuviera que esperar por el paso de una larga fila de asistentes a la inauguración que solicitaban, al igual que yo, ser atendidos por el maestro. Cuevas, como buen anfitrión, atendió a todos y cada uno de los presentes. Por suerte, uno de los guardianes del Museo permitió que me sentara en una pequeña salita contigua al despacho. Durante cuatro interminables horas observé al maestro, lanzar comentarios a propósito de algunas preguntas, saludar y dar autógrafos a todos los que accedían a su despecho. Espere pacientemente mi turno y a la altura de la medianoche una de las asistentes me comunicó, que ya el señor podía atenderme.
Después de las presentaciones, y la explicación en apretada síntesis de la intención de mi visita, consumí el tiempo asignado. Entonces solo quedaba invitarlo a exponer en La Casa, y al igual que el resto de los que antecedieron, le solicité una dedicatoria para mi catálogo, Esa noche cuando abandoné el Museo, camine sin temor alguno por el tan peligroso Centro Histórico  de esa ciudad, me hice invisible y flote junto a los fantasmas que por sus calles rondan.

Llegué al hotel, ubicado en una de las calles laterales a la Catedral, y después de despojarme  del incómodo atuendo propio de noches inaugurales, hice un alto para repasar lo acontecido. Llegue a la conclusión de que aun cuando mi cita no había resultado como la había imaginado, si había conocido definitivamente a un ser excepcional...al otro José Luis Cuevas. El irreverente egocéntrico que cada día se hacía tomar una instantánea, el rebelde desmesurado de los años 50 que enfrentó a los grandes pintores de La época: Orozco, Siqueiros y Rivera lo que le valió convertirse en figura relevante de la Generación de la Ruptura ya no existía más, para mi asombro (...)”
 

 

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