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El género epistolar ha sido parte de mi trabajo creativo. Lo he practicado desde mi infancia. Las primeras cartas, ya perdidas, se las enviaba a mi abuelo a Mérida donde el vivía. El las contestaba de la misma manera, dibujándolas con poco talento dibujístico. Si algún mérito tenían, aparte del sentimental, es que pretendía que lo que decía tuviera una relación con los monos que trazaba. Yo correspondía de la misma manera, pero poniendo mayor empeño en las ilustraciones. En un viaje que hice a Yucatán, pregunte a mi tía Teté, si había guardado algunas de esas cartas ya que ella conserva muchas de estas curiosidades familiares. “Buscó y no buscó”, como se dice en la jerga yucateca. Esto quiere decir que no encontró ese material que de existir para mi hubiera sido de gran importancia. Pasaron muchos años y cuando conocí a mi primera esposa, le envíe muchas cartas a Filadelfia donde vivió algún tiempo. Estas no se perdieron y aparecieron en un paquete que encontré en un arcón. Se juntaron y se les dio un orden cronológico para que fueran publicadas en un libro que editó Aguilar, con el título de “Cartas a Bertha”.
Cuando vivía en París, quizá llevado por la necesidad de no romper el cordón umbilical que me unía a México, mantuve esta forma de comunicación. Este auto-exilio mío duro seis años y fueron decenas de cartas que enviaba de manera obsesiva a mis amigos de México y de otras partes. Cuando regresé a mi país, en la galería Misrachi se presentaron casi todas. Cuando años atrás estuve viviendo en Italia el remitente de mi correspondencia fue Antonio Souza que dirigía la galería que me representaba. Muchas de estas han aparecido reproducidas en los catálogos de varias subastas de arte. En la galería Souza fueron expuestas pero no se pusieron a la venta.
Desde París y Madrid, mi representante de entonces, José María Tasende, recibía semanalmente, por lo menos dos de esas cartas que después se lo publicaron en ingles con el título de “Letters”, la mayoría de ellas fueron donadas por el dueño al Metropolitan Museum de Nueva York. Otras más fueron a parar a Canadá donde el coleccionista que las compró, las donó al Museo Monson de Vancouver. Actuando con honestidad, Tasende me pagó lo que recibió, reteniendo para su galería el 30 por ciento. Un acto de honestidad no muy frecuente entre los llamados en México “galeros”.
Aunque ambos vivaímos en París, André Pierre de Mandiargues y yo, nos comunicábamos a través de cartas. Algunas de estas las uso para ilustrar un largo poema que me dedicó y que se llama Cuevas Blues. Lo publico en una bella edición “Fata Morgana” de París.
Aunque he sido muy pródigo en expresarme a través de la escritura dibujada, nadie conserva tantas cartas como las que posee mi amada esposa Beatriz del Carmen. Nada más que en este caso, no recurro al correo, sino que yo mismo se la entrego en propia mano. Hasta este momento ya son cerca de 70 epístolas y muchas de ellas se presentan en las exposiciones que actualmente pueden verse en el Museo del Palacio de Bellas Artes y en el que lleva mi nombre y que se inauguró el jueves pasado.
Cuando llegue al número cien, pensare en publicarlas en un libro que será un diario de nuestras experiencias de pareja, en las que el amor es el leit motive de todos nuestros actos.
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Ya ha aparecido el libro que publicó Bellas Artes con motivo del homenaje que se me esta rindiendo. Es una espléndida edición profusamente ilustrada y con dos ensayos cuyos autores son Teresa del Conde y Luis Rius Caso. Son 300 páginas en las que no falta ni sobra nada. Sin embargo como todo el material que entregué para ser expuesto, no cupo en las salas que me fueron destinadas, Beatriz del Carmen tuvo la esplendida idea de que se exhibieran de manera simultánea, en el Museo José Luis Cuevas donde se han reunidos más de 300 obras. Así que visitando ambos recintos, los interesados podrán conocer mi trayectoria como artista. Sin embargo es una mínima parte de mi producción, porque la mayoría de esta, se encuentra diseminada en una enorme cantidad de colecciones públicas y privadas, de diferentes países del mundo. Así que a las actuales muestras no es correcto llamarlas “retrospectivas” sino “antológicas”.
De mi época temprana, los dibujos que más me seducen (me refiero a la exposición del Palacio de Bellas Artes) son los titulados, “Autorretrato con prostituta” fechada el año de 1948 y “La niña paralítica” de 1953, que pertenece a Horacio Flores Sánchez, quien fue mi primer coleccionista.
Leyendo algunos textos que aparecen en el libro, encuentro algunos párrafos con testimonios míos dictados en su momento. El primero dice:
“El libro se publicó algunos años después (1960) y se llamó The Insiders, usando el título que yo había puesto a una serie de dibujos que se expusieron en la galería David Herbert de Nueva York. Cuando el libro apareció, varias galerías de Nueva York y Los Angeles hicieron exposiciones presentando a los artistas insiders y curiosamente aparecimos como las estrellas del grupo Leonard Baskin, Rico Lebrún y yo, mientras el hoy muy famoso Francis Bacon aparecía perdido en una lista de 10 artistas. Tenía yo entonces 25 años de edad, mientras mis compañeros insiders rebasaban los cuarenta. Ahora quisiera aclarar un punto: muchas ideas con las que Selden Rodman teorizaba sobre el arte neo-figurativo, que se oponía el expresionismo abstracto y que incluso fue precursor del llamado pop art (que también es arte figurativo), las tomo del texto que el propio Balder le entregó y que palabra por palabra había sido dictado por mi...”
Más adelante recuerdo:
“Pues bien, mi exposición y mi conferencia en Buenos Aires produjeron cierto impacto y Alberto Greco fue el primero en apoyar mis teorías e inmediante empezó a producir arte figurativo, dentro de mi escuela. Le siguieron Rómulo Macció, que era un expresionista abstracto y Luis Felipe Noé que ya hacia figuración, pero atrasada (...) Luego siguieron otros nombres: De la Vega, Deira y Seguí, a quien conocí en México cuando todavía era un pintor abstracto que hacía ensamble con pedazos de madera agujereada”.
Después viene una cita de lo que dijo Marta Traba en 1971, en la presentación de una muestra:
“En diez años seguidos, José Luis Cuevas ha sido el mejor dibujante del continente y uno de los mejores del mundo. Lo han imitado prudente y escandalosamente pero nadie ha podido hacerle sombra, Cuevas no tiene una manera de dibujar que, como toda manera, puede ser susceptible de imitaciones, sino una manera de descubrir que le pertenece sólo a el y es intransferible”.
Después viene una cita de José Gómez Sicre que escribió:
“Esa papelera del abuelo paterno fue un factor de importancia en la formación del artista. La fábrica producía distintas clases de papel, desde uno parecido al de periódico y que viene en grandes bobinas, hasta el papel de seda, acariciante y protector en el mundo del comercio, o el de manila, con áspero tono ocre crudo. A todo echaba mano José Luis casi sin distinguir. Lo mismo le daba un trozo de carbón con marcas de los pies de los obreros, que fragmentos del venoso antique, o del bond más liso, ambos invitantes al dibujo. Lo único que no pudo soportar eran todas las versiones del satinado, cualesquiera fuera su densidad o su peso. Le repugnaba la ligereza con que corría el carbón o el grafito por el lustre de su superficie. Este antagonismo sensorial que no ofrecía resistencia a la mano ávida de abarcar superficies, siempre he creído que fue, en parte, responsable de la seguridad, dominio y fortaleza de su línea, desde el momento en que muy temprano se dio a crear formas”,
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