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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen XLVII

28 de julio de 2008

 

Beatriz del Carmen y yo regresamos de Monterrey donde Guadalupe Loaeza y Pável Granados presentaron el libro de los que son autores y que se titula AGUSTÍN LARA: Mi novia es la tristeza. Yo participé como comentarista. El evento fue organizado por Elvira Todd directora de la Pinacoteca de Nuevo León. Hubo un lleno absoluto en el Aula Magna. En el periódico  Milenio se dijo: “Al entrar José Luis Cuevas en escena, surgió un aplauso que solo se puede describir como majestuoso. De inmediato Guadalupe Loaeza tomó la palabra para interrogar a José Luis Cuevas, quien demostró ser un verdadero erudito en relación con la música, la obra y la vida de Agustín Lara. Cuevas contó con júbilo como a los 16 años tuvo la oportunidad de ver por única vez al “Flaco de oro”. Lo envió la periodista Anita Brenner para que hiciera de él un retrato que se publicó en el diario The News. Acudí con gusto, dijo. “No era necesario, porque me lo sabia de memoria. Su rostro era conocido por todo México”, agregó con una sonrisa. Minutos más tarde, el interrogatorio sostenido por Loaeza fue más lejos y Cuevas explicó que Agustín Lara gozaba de un gran atractivo para las mujeres de la época, a pesar de ser muy feo. En su momento, Guadalupe Loaeza recurriría al lenguaje gráfico para explicar: “calzaba grande”. “Vivía lejos”, y completo diciendo: “Agustín Lara estaba muy bien dotado para la vida”. Cuevas, con su natural sentido del humor, replicó: no se que quieres decir con eso”.
Entre el público estaba Rocío Durán que fue la última esposa del compositor. Mi amada Beatriz del Carmen y yo hicimos muy buena amistad con ella y prometimos futuros encuentros.
José Luis Cuevas volvió al micrófono, festejo su único encuentro juvenil con Agustín Lara que entonces tenía 56 años. Y dijo que esto le dio muy buena suerte, ya que a la semana siguiente conoció a Luis Buñuel, con quien cultivaría una larga amistad.
Al regresar a México el homenajeado fui yo. En el Centro Cultural San Ángel, se inauguró una exposición de sesenta de mis obras entre esculturas, dibujos y grabados. En mi honor hubo un concierto para piano de mi buen amigo Enrique Bátiz. Esa misma noche se inauguró una galería a la que se le puso el nombre de “Salvador Vázquez Araujo” en la que también se colgaron algunas de mis obras.

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Unos días antes acudí al Reclusorio Preventivo Varonil Norte, para “bautizar”  artísticamente al recluso Francisco Javier Tejeda Jaramillo, que durante 22 años ha dado clases a más de 200 presos que a diario acuden a su taller. Puse un ejemplo: “Siqueiros, quien ya era un pintor consagrado cuando fue preso político, pero aún tras las rejas trabajo muchísimo”.

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El día de hoy, Ana María Pilar Bordes, me trajo un librito por ella editado de 58 páginas. Viene bien ilustrado y contiene dos textos con los que se me presenta, escritos por Octavio Paz y el francés Louis Panabière, ambos ya fallecidos. Del segundo extraigo unas páginas:
“(...) Faltaba algo por descubrir, que “desencubrir”. Detrás de la “nobleza” celebrada, había una realidad en la que habría de reconocerse no solo el mexicano sino el hombre contemporáneo. José Luis Cuevas fue y es el más importante artista de esa realidad, como lo fue en otro continente Pablo Picasso, dedicando su arte a mostrar que las medallas también tienen sus reversos.
Esa lucidez de pensamiento, adecuada a la genialidad artística del trazo y de la composición, opone al “angelismo” de ciertas obras el “humanismo” más totalizador, enseñándonos que el arte a veces puede ser víctima de una malversación teórica que satisface el ideal pero deja a un lado, excluye, una parte profunda de nuestra realidad y circunstancia. José Luis Cuevas no quiere discriminación en la representación, sabe que el artista no excluye, que la creación debe mostrar que “el horror es humano” y que no podemos prescindir de su presencia. Los personajes de Sade, los locos de Charenton, las prostitutas y los seres deformes somos también nosotros, la compleja y heterogénea   humanidad. José Luis Cuevas quiere decir al mundo, para ello lo abarca sin mutilarlo. Lo desmaquilla y lleva hasta sus extremos el “tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje”. Ninguna luz, ni siquiera colores amenizadores, que justifique o dignifique. Su arte no descarta lo obsceno, lo malo, lo que no podamos negar sino que debemos encarar. El dibujo de Cuevas esta aquí para testimoniar, para dar lugar en el arte a los aspectos humanos que se excluyeron. Georges Bataille lo hubiera celebrado y hubiera podido aludir aquí al “icarismo castrado”. Porque los personajes de Cuevas son la expresión (muy batallaina) de la emergencia de lo que eran los submundos de la verdadera sexualidad, de las llamadas ”fealdades” de nuestra naturaleza. Sus criaturas se afirman (cobran firmeza con el trazo, realidad con los volúmenes) ante todos los dioses), metafísicos, políticos y sociales, para gritarles que son, como lo escribió William Blake “Nobodaddy”. ¿Para qué mostrar solo al hombre tranquilizador, confortante?. Existen iglesias  y existen burdeles, existen academias y existen manicomios.
Por todo aquello José Luis Cuevas representa una ruptura, un “desencubrimiento”. Pero creo poder decir y suena a paradoja, que más allá de la ruptura, Cuevas reanuda más profundamente con las raíces de México. Lo que escribe Prescott, a principios de nuestro siglo, del arte azteca, muy bien se puede aplicar a la obra de José Luis. “Cuando se echa el ojo sobre un manuscrito mexicano, uno se asusta de ver en ello las más grotescas caricaturas del cuerpo humano, cabezas monstruosas, enormes, sobre pequeños cuerpos achaparrados, deformes; pero si se los considera más de cerca, queda claro que se trata menos de un ensayo torpe para representar la naturaleza de un símbolo de convención para expresar la idea de la manera más clara. Así como las piezas del mismo valor en un juego de ajedrez se relacionan entre ellas por la forma, pero ofrecen poca semejanza con los objetos que deben representar”. (...)

 

 

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