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Durante este año que está por terminar, Monsiváis, Fuentes y yo hemos sido homenajeados. El primero por haber cumplido 70 años, el segundo por haber llegado a los ochenta. En el caso mío fue un acto de justicia: se me abrieron por primera vez las puertas del Palacio de Bellas Artes y las salas resultaron insuficientes para albergar las seiscientas obras que seleccionaron Beatriz del Carmen y Manuel Alegría, contando con la participación de Teresa del Conde y Luis Rius. Ante la imposibilidad de inundar el Palacio, mi amada esposa tuvo una magnífica idea: con la obra restante llevar a cabo simultáneamente otra exposición en el Museo José Luis Cuevas que mi esposa dirige. Así que, para ser equitativos, dividimos el material: 300 obras en Bellas Artes y 300 en el Museo Cuevas. Como soy muy “Taquillero”, en ambos espacios asistieron infinidad de personas. Se me ocurrió una idea: hacer una encuesta entre los asistentes de ambas muestras, para ver cual resultaba mejor. Hubo empate. En diferentes días hubo dos inauguraciones. Bellas Artes publicó un magnífico libro que para el día de la apertura se contó solo con dos ejemplares. Uno de ellos se entregó al Presidente Felipe Calderón y el otro a mí. La edición completa todavía está en prensa. Así que por esta tardanza todavía no se ha podido agendar la fecha en la que el catálogo sea presentado al público.
La publicidad que está teniendo Fuentes por el homenaje nacional con motivo de su cumpleaños es avasallador. Ha venido ocupando espacio en prácticamente todos los periódicos y revistas. Sus amigos más cercanos, entre ellos yo, hemos sido entrevistados. De mí se dice lo que yo digo y que cito a continuación:
“Comienza la segunda mitad del siglo XX y en la cultura mexicana predomina la reflexión de carácter nacionalista. Son pocos quienes asumen el sentido cosmopolita de autores como Alfonso Reyes, dos de ellos son José Luis Cuevas y Carlos Fuentes.
El primero encuentra en las artes plásticas su lenguaje de expresión. A los 21 años le llegan invitaciones para exponer en Washington, Nueva York y París, pero con el reconocimiento llegan las polémicas. Cuevas se convierte en uno de los defensores incendiarios de la Generación de la Ruptura, movimiento que pretende romper los esquemas nacionalistas de la plástica.
Así, José Luis Cuevas no tarda en ganarse el mote de enfant terrible.
En la misma época Carlos Fuentes regresa de Europa, luego de realizar estudios de derecho internacional. “Lo conocí cuando publicó su primer libro de cuentos. Los días enmascarados. Fue durante una cena, recuerdo que traía varios ejemplares de su libro y me regaló uno”, cuenta Cuevas.
La amistad de ambos artistas nace de inmediato. “En ambos se dio una transformación de la cultura nacional con una característica que nos unía: la necesidad de viajar constantemente. No nos limitábamos a permanecer únicamente en nuestra ciudad, sino que teníamos la avidez de conocer la cultura de otros países, Carlos Fuentes, desde niño, vivió en diferentes lugares porque su padre era diplomático. En mi caso los viajes surgieron por una necesidad artística, debida sobre todo a las invitaciones que recibí para llevar mi obra al extranjero”.
Para José Luis Cuevas, igual que para varios creadores de su generación, La región más transparente significó toda una revelación: “La literatura mexicana de aquel tiempo abordaba sobre todo temas de la Revolución y hacía pocas referencias a la ciudad. Aquella novela representó un esfuerzo por describir a la ciudad en sus diferentes ámbitos sociales. A partir de entonces puedo decir que he sido lector de la profusa obra que ha realizado Fuentes”.
Cada quien tenía un mundo propio y era dueño de un estilo personal”, comenta José Luis Cuevas, sin embargo no era difícil encontrar vasos comunicantes entre ambos: por haber iniciado la Generación de la Ruptura fui objeto, en mi propio país, de infinidad de críticas adversas. Entre nosotros comentábamos eso y la necesidad de ser cosmopolitas nos unía más. A Fuentes le entusiasmaban mis polémicas con Siqueiros y otros artistas continuadores de la Escuela Mexicana de Pintura. Y a la vez a mí me llenaba de gozo que un escritor pocos años mayor que yo causara tanto revuelo con su primera novela. Después de La región más transparente publicó otros espléndidos e importantes libros: La muerte de Artemio Cruz y Aura. De manera que Fuentes entra a la literatura mexicana con el pie derecho”.
En 1963 la presencia de Fuentes y Cuevas trascendía fronteras. Dada su celebridad, no era extraño que se encontraran en otras ciudades: “Ambos participamos en un simposio organizado por Robert Wool al que asistieron intelectuales de primer orden de América Latina y los Estados Unidos. Este simposio fue en Nueva York y después todos los participantes viajamos a Washington invitados por el Presidente John F. Kennedy; por cierto, después de aquella reunión nos contó que al día siguiente habría un viaje a Dallas donde, como sabemos fue asesinado”.
De finales de los cincuenta a principios de los sesenta Fernando Benítez coordina el suplemento México en la Cultura, en el periódico Novedades. Desde aquellas páginas el autor de El rey viejo aglutinó a varios de los intelectuales más importantes de la época. En poco tiempo el grupo conocido La Mafia. Benítez nos cobijó e invitó a colaborar en el suplemento México en la Cultura. El primer artículo que publiqué se llamó La Cortina de Nopal y causó grandes polémicas por parte de los defensores de la escuela mexicanista. Mi manifiesto representaba un ataque no sólo a Siqueiros y Diego Rivera, sino también a las generaciones de pintores que continuaban trabajando bajo la influencia de los iniciadores del muralismo”.
En poco tiempo el conjunto ganó varios amigos y enemigos, Luis Guillermo Piazza en su novela La mafia dio cuenta de ello. No obstante eso no les quitaba el sueño: “Nuestros detractores, continúa Cuevas, que cada vez sumaban un mayor número de personas, nos llamaban La mafia. Piazza usó a varios mafiosos como personajes importantes en su libro, incluso lo ilustró con fotografías de las fiestas que se organizaban en la casa de Fuentes. Hay una foto mítica que tomó Héctor García en el bar La Ópera, en la que aparecemos Fuentes, Benítez, Monsivaís y yo. Cuando llegamos a comentarlo, nunca nos molestamos, era divertido, después de todo el libro de Piazza ya que era la crónica novelada de los que sucedía en la vida intelectual de México que definitivamente encabezábamos”.
En Diana o la cazadora solitaria, la novela donde Fuentes narra una relación fugaz con la actriz del cine francés Jean Seberg, el propio escritor da santo y seña de algunas de las fiestas que ofrecía en su casa, mismas que son recordadas por José Luis Cuevas uno de sus principales protagonistas. Recuerdo una en especial que patrocinamos Ramón Xirau y yo. Como decía Fernando Benítez, por las escalerías corrían grandes cantidades de alcohol, incluso de semen.
Entre quienes conocen de cerca de Carlos Fuentes, saben de su buen pulso para la caricatura, en este sentido pocos para referirse a ella como el propio José Luis Cuevas:
“Es una faceta interesante. Hacía retratos de muchos de sus amigos. Incluso en mi casa conservo un retrato que me hizo con una dedicatoria que dice: “Al Polifemos de México. Con enorme afecto, Carlos Fuentes. Debo decir que las caricaturas las hacía de memoria, lo que demuestra su enorme memoria visual. Incluso en el Museo José Luis Cuevas se conserva una libreta que tiene dibujos originales de Fuentes. Es un desfile de amigos de aquellos tiempos: Benítez, García Márquez, Monsivais, etc...”
El hecho de que Fuentes radique medio año en la ciudad de México y medio año en Londres ha puesto tierra de por medio entre ambos creadores, aún así el contacto permanece.
El 26 de febrero de 2007 se reunieron Fuentes y Cuevas, a razón del cumpleaños del artista plástico. Hasta ahora aquel ha sido el encuentro más reciente, no obstante existe la certeza de que siempre habrá una próxima vez. |
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