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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen LXX

05 de enero de 2009

 

Ha terminado el año 2008. Se inicia el 2009. ¿Qué nos deparará éste durante sus doce meses? Mi amada esposa Beatriz del Carmen ya ha anotado en la agenda, que recién nos ha llegado, algunas actividades para los comienzos del año que inicia mañana. Aparte de los proyectos para un futuro  que ya llega, hay algo de terror al imaginar las calamidades que nos esperan. El año que se fue dejó muchas tristezas y muertes. Pero también hubo para nosotros una actividad intensa. Trabajamos y viajamos mucho. Mi nombre siguió siendo mencionado en un gran número de publicaciones. En diciembre, como un regalo navideño, me llegaron muchos libros en los que me encuentro comentado. Entre ellos incluyo dos tesis escritas por mujeres a las que ya me referí en mi anterior cuevario. En el escrito por Luz María Rojas Espinosa son nueve las páginas que a mi dedica y otras tantas a mi esposa que ya dí a conocer a mis lectores. Del amplio espacio a mí dedicado extraigo unos cuantos párrafos que dicen:
“...El color verde de sus ojos y su mirada limpia muestran la paz de un mar tranquilo, en el que la bravura ya no existe, ha logrado a través de su vida y trayectoria encontrar la armonía entre los contrarios de su mundo interno, la creación de sus dibujos ha manifestado todo lo que a  su temprana edad lo pudo ver acompañado. Sus ojos muestran la satisfacción de una vida llena de logros no nada más en lo profesional, sino en la vida íntima y diaria. Mirar a través de los ojos de Cuevas, es experimentar y sentir un mundo que sólo en él existe, un mundo en el que todo tiene su razón de ser, tanto lo bello como esperpéntico, lo grotesco y lo sublime, lo terrible y apacible; su mundo está armonizado y más ahora que ha conocido el amor de su esposa Beatriz del Carmen.
Mirar a los ojos de José Luis Cuevas es encontrar la experiencia sublime de un hombre que ha logrado todo con tan sólo saber ver el mundo de una manera diferente. Son una verdadera experiencia de vida que nadie debería perderse, es enamorarse de él y de su mundo...”

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En el año pasado murieron muchos amigos. El último en irse fue Paco Ignacio Taibo I. Fuimos muy amigos y juntos hicimos un libro y una carpeta por mi ilustrada, sobre Nueva York, ciudad que Paco Ignacio quería mucho. Esta fue una experiencia muy curiosa. El tema fue Nueva York pero se editó en Asturias en donde nació Paco Ignacio.
El libro fue prologado por Elena Poniatowska  y constó de 103 capítulos. Cada uno de ellos los ilustré con autorretratos. El libro, muy bien editado anduvo perdido durante mucho tiempo; pero hoy he encontrado el único ejemplar que tenía. Escojo por azar el titulado “José Luis Cuevas en el manicomio” y lo reproduzco a continuación:
“JOSÉ LUIS CUEVAS EN EL MANICOMIO. Encontró a los locos, pacíficos y callados en las salas inundadas de luz blanca; luz de confitería.
Lo locos se dejan mirar como si fueran flores y mueven sus cabezas siguiendo el paso de José Luis.
Una puerta se abre, una loca muy bella aparece, levanta los brazos en silencio y se hunde, de nuevo, en la habitación. Salió sin ruido.
Un loco de barba negra ríe en silencio mostrando una boca descuanjeringada.
Sobre los papeles se van quedando todas éstas y otras locuras. La mano, muy rápida, dibuja con pasión y también con miedo.
La razón muestra los sueños de la sinrazón y el mundo de la calle se clausura.
Camina el dibujante por los pasillos detrás de sus propios pasos. Lleva el corazón bamboleante; el pasillo se estrecha. El corazón ya sólo es una fruta exprimida. Limón acaso. Y desde muy lejos llega un grito.
Un loco se pone en pie de pronto, con urgencia y terror. Es un loco que parece japonés; mira hacia todas partes y luego llora contemplando el suelo.
Tu mirada
Disuelta en llanto y pena
Se quedó
Sobre el suelo.

Un lago diminuto”.
 

 

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