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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen LXXII

19 de enero de 2009

 

Durante una reunión de “Los amigos del Museo José luis Cuevas”, Luz Burillo dio la noticia que nos impactó a todos: “El pintor Ricardo Martínez murió hoy en la madrugada”. Quizá el más afectado fui yo, por la gran amistad que nos unió desde principios de los sesentas. De ese encuentro quedó el registro en una fotografía que nos tomó un fotógrafo norteamericano. Nos había convocado la directora de la Galería de Arte Mexicano”, Inés Amor, ya fallecida: Aparecemos Matías Goeritz, Carlos Mérida, Luis García Guerrero, Guillermo Meza, Ricardo y yo. De todos ellos el único sobreviviente es el que escribe este Cuevario. Desde ese día se inició una relación fraterna entre yo y el fallecido esta madrugada. Recuerdo: Salimos juntos y caminamos por varias calles de Insurgentes. Hablamos mucho. Coincidíamos en nuestra apreciación del arte. Descubrí en él un gran sentido del humor. Cuando nos despedimos quedamos en reencontrarnos pronto. La siguiente comunicación fue por teléfono y me invitó a que lo visitara en su estudio. Fue al día siguiente y reanudamos nuestra conversación. Me contó de sus amigos que en aquellos tiempos veía con frecuencia; Alí Chumacero, José Luis Martínez, Octavio Paz, Juan Soriano y otros más.
Ricardo poseía una extraordinaria memoria y me relató infinidad de anécdotas que abarcaban muchos años de su vida. A partir de entonces empezamos a vernos con frecuencia, ya fuera en su casa ó en la mía. Conocí a su esposa a quien había pintado en un cuadro que estaba colgado en la sala. Aparecía muy bella en plena juventud. En una comida que hubo en mi casa de San Ángel, llegó acompañado de su hermano el actor Jorge Martínez de Hoyos y su esposa Alicia Caro, actriz colombiana. Estuvieron también Gabriel García Márquez, los Xirau y su hijo, fallecido trágicamente poco después. Fue una comida muy alegre. Terminada ésta pusimos música y descubrí que tanto Ricardo como su hermano bailaban extraordinariamente bien. Pasado el tiempo le fui presentando a algunos de mis amigos, entre ellos José Gómez Sicre, Marta Traba y Fernando Benítez, los tres ya muertos. Marta escribió un libro que si bien recuerdo se llamaba “Las zonas del silencio” en el que también incluía a Gunter Gerzo. El libro fue editado por el Fondo de Cultura Económica.
Pasaron los años y por razones que desconozco nuestra amistad se fue enfriando. Dejamos de vernos y de hablarnos por teléfono. Afortunadamente en tiempos recientes la amistad se reanudó. Fui a su casa para darle el pésame por el fallecimiento de su esposa. Llegué acompañado de mi adorada Beatriz del Carmen. Nos recibió en su estudio y me conmovió ver enmarcadas tres cartas que le había enviado desde París. En tres ocasiones más nos volvimos a ver y disfrutamos al evocar los tiempos de nuestra enorme amistad que ahora volvía a continuar. Beatriz del Carmen lo invitó a comer, un día en el que también vendría Guadalupe Rivera. No aceptó porque le dijo que todo su tiempo lo dedicaba a su pintura. Cuando fuimos a su casa, sin dejar de hablar lo hacía frente al cuadro que tenía en proceso. Era un gran conversador, pero también algo ermitaño. El teléfono lo tenía cerca de su caballete y era ésta su manera de comunicarse.
La mesa en la que tenía sus pinceles y sus tubos de pintura, era un regalo que yo le había hecho. Era un mueble por mí diseñado y que era muy práctico. Al entregárselo, le estampé mi firma, que no se había borrado, a pesar del tiempo que había pasado. Era un objeto que él estimaba mucho, según me dijo.

De todos los pintores mexicanos que yo he conocido, Ricardo Martínez fue mi mejor amigo. Cuando Luz Burillo nos dio la noticia de su muerte, un día antes le había dicho a mi amada esposa: tenemos que volver a visitar a Ricardo. Un día de estos lo llamaré por teléfono. Ese día ya no llegó y al recordarlo Beatriz del Carmen no pudo evitar que se le saliera una lágrima...
 

 

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