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Navegando por el internet se encuentran muchas sorpresas, como el pequeño texto escrito por Lorena Camacho García, que se refiere al Museo que lleva mi nombre. Lo titula “El Museo José Luis Cuevas: Religiosamente Mundano” que a continuación reproduzco:
“Derivado de la herencia sacra, con matices de vecindad y el tránsito fortuito de una bodega y expendio de telas, el Museo José Luis Cuevas es el albergue de sueños, aspiraciones y exposición de un talento sui géneris nacido a la contemporaneidad el 8 de julio del año 1992, bajo el manto monumental de una obra creada para este lugar, la famosa “Giganta”, del afamado pintor, escultor, grabador e ilustrador de la generación de la ruptura que pertenece a un grupo de creadores artistas que exclamó ¡NO! Al status quo de esos tiempos.
El Museo José Luis Cuevas es el paradigmático, ya que en su transición ha habido 33 monjas mientras fue convento. Más adelante, vio lienzos, vio sábanas y por que no decirlo, ropa interior en vuelo.
La culminación de tales avatares derivó en el rescate, por parte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), instancias que abrigaron con la solemnidad que amerita darle vida y respeto a este recinto y la irreverencia que fue parteaguas en la generación de la ruptura, cuyos ideólogos, con Cuevas a la cabeza, modificaron los conceptos de arte, vida, disidencia, alternativa y cambio por el cambio mismo.
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Desde hace algún tiempo venía yo afanosamente, buscando algunos libros que consideraba definitivamente extraviados, entre los muchos que integran mi biblioteca. En esta búsqueda me ayudaba mi amada esposa Beatriz del Carmen. Nuestra exploración resultaba inútil y ya los dábamos por perdidos. Estando de visita en nuestra casa, nuestro buen amigo Luis Eduardo Garzón, fue informado por Beatriz del Carmen y por mí de esta pérdida que atribuíamos a los fantasmas que habitan esta nuestra casa.
Le bastó a Luis Eduardo una rápida mirada a los muchos estantes para encontrar a los desaparecidos. Asombrados por su pericia, le dimos las gracias. Estaban en lugares que nosotros ya habíamos revisado, así que seguimos pensando que el hecho si fue cosa de fantasmas que nos habían hecho una mala pasada. Sólo falta uno, el que dedicó su autor André Pieyre de Mandiargues y fue editado en París por la editorial “Fata Morgana” y que se titula “Cuevas blues”. Mi adorada esposa me dijo, que no me preocupara porque en la Biblioteca del Museo Cuevas que lleva el nombre de Octavio Paz, ella ha visto dos ejemplares. Que cuando el lunes vayamos al Museo, me los mostrará para que tome uno de ellos y lo reintegre a mi abundante librero.
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Amo los libros y nunca he prestado cuando algún amigo me lo ha pedido con la promesa de devolvérmelo, una vez que lo haya leído. Me niego de manera contundente, porque se que libro que se presta nunca regresa. Ésta experiencia ya la he vivido en tiempos pasados.
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Beatriz del Carmen es una magnífica anfitriona. Hace felices a los que invita a la casa. Ella elabora el menú y lo prepara con buen tino. Es además una gran conversadora que hace que los comensales se sientan a gusto. Ayer tuvimos comida y vinieron todos aquellos que invitó. Casi siempre la reunión se prolonga hasta cuando empieza a oscurecer. Ayer vinieron la canciller de Relaciones Exteriores, Patricia Espinosa que llegó acompañada de su esposo, Juan Luis, que es argentino y nos deleitó cantando algunos tangos, con muy buena voz. También estuvieron su mamá y dos de sus hermanas, así como Julio Camarena, Oficial mayor de Relaciones Exteriores, Salvador Vázquez Araujo y los imprescindibles Luis Eduardo Garzón y su esposa Alejandra.
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Entre los muchos regalos que recibimos con motivo de las fiestas navideñas hay uno que me llegó con algo de retrazo. Se llama “El arte de ilustrar en México” y está escrito por Ernesto de la Torre Villar y editado por la UNAM. Se me dedican 13 páginas de donde extraigo lo siguiente:
“José Luis Cuevas es un producto nato de su ambiente y de su época. Aún cuando esta verdad rige para todos los hombres, es éste artista cobra plena realidad.
Descendiente de familia catalana, de esa estirpe adquiere la laboriosidad constante, la tenacidad imparable, el espíritu combativo, la creatividad.
De familia de comerciantes e industriales en el mundo de la papelería, nació en plena ciudad de México el año de 1934. Su inclinación al dibujo data de su infancia; Cuevas recuerda sus primeros años al lado de la abuela materna, doña Felicia Carbonell y Llensa, al decir:
“Yo era sólo un nieto, a quien por deber filial había que impedirle una desaparición prematura. Mi abuela materna tenía un temple de acero que, al menos, la distanciaba de mí, un niño aburrido, que se pasaba el tiempo entregado a pedazos de carbón, ó a muchos de lápices garabateando cuanto papel caía en sus manos. De proporcionármelo, se ocupaban las nanas que con esa bondad inherente a la gente del pueblo, no tenían otro objetivo que el de mimarme, es decir, de hacer grata mi vida primero.
Lo lograron al menos con su diligencia en traerme cuanto pedazo suelto, tirado y pisoteado, hallaban en el suelo de la fábrica de mi abuelo en cuyo piso alto nací”.
Más adelante, el autor del libro, vuelve a citar algo que escribí cuando vivía en Barcelona:
“Cuando yo haya muerto mi permanencia en este mundo estará decidida por todos los papeles que he garabateado. He sido una especie de notario que ha inventariado todo aquello que me ha tocado ver y sentir. Para mi trabajo notarial emplee lo más modesto que tuve a la mano, el papel (...) Mi labor empezó cuando se dio el hecho fortuito de haber nacido en una fábrica que lo hacía.
Se puso a mi disposición todo el que yo quisiera. Yo, silencioso me tiré sobre una hoja inmensa que acababa de expulsar una máquina y empecé a tomar notas”.
Más delante de nuevo hay una cita de lo que dije en algún momento:
“Después de 1948 practicaría otros medios gráficos tales como el grabado en madera, linóleum y litografía, pero sería hasta el año de 1976 cuando volvería a practicar el grabado en metal. Desde entonces he trabajado en diferentes talleres de París, Madrid, Barcelona, Nueva York y México. La litografía, en cambio, la he trabajado desde el año de 1961 de manera ininterrumpida”.
Para terminar el gran espacio que me dedica, el autor hace una última reflexión:
“Por otra parte, la sugerente capacidad de escritor que José Luis Cuevas posee hace que en libros y artículos que aparecen de continuo. Nos introduzca en el mundo de su creatividad, de sus impulsos, de sus gustos. Hay que reafirmar con todo ello no sólo es notable y fecundo ilustrador, sino un escritor que escribe donosamente libros de interés vigente para el arte en general y para acercarse inteligentemente pertrechados a su obra”.
Solamente encuentro en las 13 páginas que se me dedican una errata:
Un aguafuerte realizado en 1947, aparece fechado en 1988. |
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