d

Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen LXXIV

02 de febrero de 2009

 

Ya lo he dicho en otras ocasiones. Cuando despertamos mi amada esposa Beatriz del Carmen y yo, me pide le cuente aspectos de mi vida. Es un viaje en el tiempo. La mañana de hoy me pidió evocara  para ella, lo que viví cuando por primera vez fui a Mérida donde ella nació. Tenía yo entonces tres años de edad y viajamos en un barco alemán llamado Algonkin, habiendo llegado a Progreso en donde nos esperaban algunos familiares. En auto nos llevaron a Mérida y nos hospedamos en la casa de los abuelos, en la calle 64 número 474. No recuerdo cuantos días o semanas permanecimos en la ciudad blanca. Lo que si está registrado en mi memoria, es que en la mesa me sentaba cerca de mi abuelo José Luis Novelo, gran conocedor de las leyes a pesar de que nunca asistió a la universidad para estudiar la carrera de abogado. Era pues un autodidacta, como lo sería yo en la pintura, ya que solamente asistí durante tres meses a una escuela de arte. Por consiguiente las técnicas las aprendí yo solo, sin haber recibido orientación alguna por parte de algún maestro.
Pues bien, durante uno de los almuerzos que presidía, con gran solemnidad  el padre de mi mamá, la sirvienta llamada Chana sirvió como primer plato un caldo de pollo, tremendamente caliente. No tardé en derramarme el tazón sobre mi barriga, produciéndome una quemadura de segundo grado. El dolor fue intenso y solícita y preocupada acudió mi madre y cargándome me llevó a una hamaca donde me aplicó en la parte dañada un aceite que no sirvió para que el dolor amainara. Yo lloraba desconsoladamente. Se me quitó la ropa y me quedé totalmente desnudo. Mi mamá, que era una santa, me acompañaba en el llanto y me besaba las mejillas. No se consideró necesario llamar a algún médico, para mí eran suficientes las caricias de mi progenitora. Se intentó ponerme  los pantaloncitos, pero el roce de estos aumentaba mi dolor. Entonces se tomó la decisión  de colocarme un vestido de mi hermana Lupita. Durante los días siguientes no quise salir de mi cuarto porque me avergonzaba este acto de “travestismo”. Mi hermano Alberto, cuatro años mayor que yo, se reía al verme con ropa de niña. Yo seguía llorando, no por el dolor sino por estar con ese vestido que no correspondía a mi condición de machito de tres años de edad.
Había un constante desfile de familiares que acudían a saludar a mi madre y conocer a sus tres retoños. Recuerdo que en una ocasión llegó una tía y al pasar por la recámara donde no quería ser visto, me descubrió de pie en un rincón y tomándome en sus brazos me dijo: “Tú has de ser Lupita; que linda niña eres”. Yo apenado, no quise revelar mi condición de niño y guardé silencio. Unos días después, ya repuesto de la quemadura, caí en la hamaca con fiebre alta, con una enfermedad común en los niños. Se llamó entonces a una pediatra para que me atendiera. Se trataba del mejor médico que había en Mérida y me recetó unos medicamentos. El doctor era nada menos que Alvar Carrillo Gil, que con el tiempo se convertiría en el primer coleccionista de mis obras, y se inició una gran amistad que duró algunos años. Le conté que él me había curado de una enfermedad sin importancia. Lógicamente no recordaba ese primer encuentro con un niño de apenas tres años de edad.
En esos días (o semanas) que pasé en Mérida, en una ocasión se llamó a un personaje singular que era conocido como “el poeta del crucero” que se ganaba la vida como peluquero. Improvisaba sus versos que eran muy graciosos, como aquel que decía: “Los toros de Palomeque, no sirven ni pa bisteques”.

XXXXXXXXXX

Mi amada esposa Beatriz del Carmen disfruta mucho de las historias que cada mañana le cuento. Empecé a ir a la escuela, la Benito Juárez de la colonia Roma e inicié mis estudios asistiendo al segundo año de primaria. Me salté el primero porque ya sabía escribir. A esa edad, adquirí fama de conquistador de niñas. Tenía muchas novias entre las niñas de la colonia. Me gustaba recitar a quienes me lo pedían todo un rosario de novias. La primera fue una chiquita que era hija de uno de los grandes novelistas de la revolución, autor de dos obras notables: “Vamonos con Pancho Villa” y “Se llevaron el cañón para Bachimba”. Se llamaba Rafael Muñoz y tenía dos hijos, un hombre y una niña, a los que llamaban “Los ruscos”. Tendría yo entonces seis años y ella los mismos. Era una niña muy linda de ojos azules y cabello rubio porque su madre era inglesa. Tomados de la mano íbamos  a una tienda de la esquina donde le compraba unos caramelitos de anís. En la escuela tuve también una novia de mi misma edad, llamada Rosalinda. Era también güera y su mamá la peinaba y vestía como la niña prodigio del cine americano: Shirley Temple. Durante el recreo, los niños y niñas que sabían de nuestros inocentes escarceos, nos empujaron hasta el centro del patio, para que nos diéramos un beso. Nosotros nos resistíamos, tratando de safarnos. Al fin lograron sus propósitos  y juntaron nuestras caras. Ese fue nuestro primer beso.

Los niños del segundo año, éramos peleoneros y al salir de la clase nos enfrascábamos en peleas a puño limpio. Uno de los compañeros que estaba perdiendo en la pelea, se alejó corriendo y habiendo encontrado una piedra me la lanzó a la cara dándome con buen tino en un ojo. Llegué a mi casa con una profunda herida y mi madre me aplicó unos fomentos calientes que calmaron el dolor que era muy intenso. Sin embargo no lloré, porque mi padre nos decía frecuentemente a mi hermano Alberto y a mí que los “hombres no lloran”. Ya en mi juventud tuve muchos encuentros boxísticos como aquel memorable en que fuí atacado por varios rufianes, estudiantes de pintura. Sin embargo salí victorioso contando con la ayuda del escultor Pedro Cervantes, que acudió en mi defensa.

 

 

Esta Semana     Archivo    Museo JLC   Sitio Oficial JLC  

Diseño y Prog. Abraxas