|
A mi amada esposa Beatriz del Carmen le gusta escuchar mis relatos del pasado. Estamos en nuestro estudio, y mientras hago un dibujo sobre un papel Arches de buen tamaño. Le cuento:
“Me perdí en una feria. Mi madre, consternada al advertir mi ausencia, recurrió al equipo de sonido para solicitar la emisión de un mensaje que condujera a mi localización. Tenía yo entonces cuatro o cinco años de edad. Fue así como escuche la noticia, ya perfectamente conocida por mi. Lo curioso fue qué, al escuchar repetidamente mi nombre y mis señas personales en una voz desconocida, acabé por experimentar un grandísimo placer. Poco después se oyó por los megavoces la voz de mi madre que decía: “José Luis, no te muevas del lugar donde estás, te andamos buscando”. Seguí las instrucciones y, al poco rato, fui localizado. Por mucho tiempo me quedó el emocionante y grato sabor de haber escuchado varias veces mi nombre amplificado en medio del bullicio, las músicas, las luces y el movimiento de los juegos mecánicos de la feria. Comprendí lo dulces que son las mieles de la popularidad y lo mucho que yo necesitaba de ellas”. De ahí paso a otro tema, mientras avanzo en el dibujo que estoy haciendo. Beatriz del Carmen, que también está pintando, continúa escuchándome: “-Toda cama, y en especial la mía, que ahora se encuentra en una de las salas del museo que lleva mi nombre, y en especial la mía, debe cumplir diversas funciones para ser perfecta: propiciar el descanso obligado y servir como campo de batalla. Pero no hay que olvidarse tampoco de la función importantísima que cumple en las enfermedades. Yo esa cama la compré precisamente, cuando creí estar enfermo de muerte. Por mi condición de hipocondríaco incurable, me inventé un problema coronario que estuvo a punto de acabar conmigo. Y la cama, que es una cama inglesa del siglo XIX, fue adquirida en una tienda de antigüedades de San Ángel, en el mismo barrio donde yo vivo. Fue adquirida y, una vez que yo dirigí la instalación, precisando incluso el tipo de colcha que debía llevar. Pues entonces ya me metí en la cama para enfermarme del corazón durante tres meses. Pero no me acometió la pereza durante aquella enfermedad y, contrariando los consejos de mi médico, me puse a dibujar. Dibujé tanto que luego hice una exposición con esos materiales, realizando cuando yo me sentía más enfermo. La muestra celebrada en la Casa del Lago, reunía trescientos sesenta y cinco autorretratos.
En México existe una especie de festejo contínua de la muerte. Los mexicanos cuando sentimos la proximidad de la muerte, lejos de entregarnos a meditaciones tristes sobre lo que nos espera, tratamos de hacer una gran fiesta en torno a esa muerte que llega. Así que, cuando tuve la absoluta certeza de que no iba a levantarme más de esa cama, convertí en un espectáculo público mi enfermedad.
Durante esa época de mi enfermedad le dicté un libro a Alaíde Foppa, escritora que después sería asesinada –desaparecida, mejor dicho- en Guatemala. Era guatemalteca, sí pero tenía sangre italiana y tenía también algo de argentina, vivía en México y era muy militante feminista”.
XXXXXXXXXX
Beatriz del Carmen continúa trabajando en su pintura y yo he terminado mi dibujo. Dejamos el estudio porque ya es la hora de comer. Ya en otras ocasiones continuaré contándole a mi amada esposa otras historias de mi azarosa vida.
XXXXXXXXXX
Como directora que es, del Museo Cuevas, Beatriz del Carmen recibió una carta de la Universidad Metropolitana donde se le anuncia que un jurado ha decidido entregarme un reconocimiento que lleva el nombre de Leonardo da Vinci. Piden se les envíe un texto por mí escrito en el que relate en tres cuartillas, los momentos más significativos de mi trayectoria artística. Al terminar este mi Cuevario, cumpliré con lo que se me ha pedido.
XXXXXXXXXX
Como parte de los festejos que se me han hecho con motivo de mi cumpleaños, viajaremos a San Antonio, Texas donde se llevará a cabo una exposición con obras de mi adora mujer, de pinturas y grabados míos, así como una colección de obras gráficas de Picasso. Mejor acompañado no podré estar. |
|