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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen LXXX

16 de marzo de 2009

 

Unos días después de haber regresado de Monterrey, donde fui festejado por mi cumpleaños, mi adorada esposa Beatriz del Carmen y yo iniciamos un nuevo viaje. Nos acompañaron dos parejas muy estimadas por nosotros: Luz y Jorge Burillo, Pepe y Bibi Sacal, su esposa. El pequeño avión de Aereoméxico nos llevó a Ciudad Obregón. En un periódico se dijo: “La tarde de este miércoles arribará a esta ciudad el gran pintor José Luis Cuevas, acompañado por su esposa y directora del Museo, que lleva el nombre del artista. Para los interesados en acompañar  al prolífico artista a su llegada pueden acudir al aeropuerto en punto de las 7:00 de la tarde. Será una gran oportunidad para conocerlo y demostrarle la admiración que se le tiene. El maestro Cuevas visita Ciudad Obregón gracias a la labor que realiza la Asociación Civil Amigos del Museo José Luis Cuevas, presidida por los señores Lourdes Sagarena de Burillo y Jorge Burillo. También lo acompañará su esposa Beatriz del Carmen, de quien nunca se separa. El amor de ellos se ha hecho famoso, por el intenso amor que los une desde hace ocho años.
Esta nota periodística trajo sus consecuencias. Muchas personas nos esperaban en el aeropuerto.
Esa noche hubo una cena en la casa de unos amigos de los Burillo. Ya muy noche nos fuimos al hotel donde habíamos dejado nuestro equipaje. El sábado 14 de marzo nos despedimos de esta ciudad.
Pasamos días muy gratos y cumplimos con un deseo que era el principal motivo del viaje: consultar en Vicam a una curandera que hace milagros y tiene el don de curar enfermedades. Se llama María Matus y ha sido mencionada por Carlos Castaneda en uno de los muchos libros que ha publicado. Personas que saben de sus poderes, vienen de diferentes partes del mundo en busca de la salvación. Colas inmensas esperan ser recibidas. Nosotros fuimos recibidos en primer lugar y nos sorprendió con su sabiduría. Una mujer traduce sus palabras que dice en la lengua Yaqui. Yo desde hace algún tiempo venía padeciendo un temblor en la mano derecha, que me había llevado a emplear la izquierda para la realización de mis obras.
Mi amada Beatriz del Carmen padecía de dolores en el cuello y los medicamentos que le recetaban los médicos no lograban calmarlos. Ella nos diría que nuestros sufrimientos se debían a la envidia y al odio que nos tenían personas que no quiso revelarnos sus nombres. Yo fui el primero en ser atendido y pidiéndome extendiera el brazo de la temblorina, extrajo una especie de aguja oxidada, desapareciendo de inmediato el problema que me aquejaba. Lo mismo hizo con el cuello de Beatriz del Carmen. Lo que sacó era de menor tamaño que el mío, porque según dijo, ella era una víctima menor de esos perversos sentimientos, que llevaban la intención de dañarnos. Antes de retirarnos depositamos en una canasta una módica suma de dinero. De algo tienen que vivir los que ejercen la brujería, por llamarlo de alguna manera.
Debo confesar que antes de esta experiencia maravillosa, tanto mi esposa como yo éramos escépticos de todo aquello que tenga que ver con la brujería. Pero ahora después de esta experiencia, nos hemos hecho creyentes de ese don que algunos poseen.
La última noche que pasamos en Ciudad Obregón, asistimos a una cena que nos ofrecieron Lety y Toño Gándara, en su suntuosa mansión. La mesa en la que se sirvió la comida, estaba en el jardín y asistieron 13 personas. Ese número siempre me preocupa y trato de evitarlo en cualquier lugar  en el que me encuentre.
A pesar de que nuestra permanencia en Ciudad Obregón fue de pocos días, me di tiempo de dar dos conferencias. La primer charla fue en la “Casa Rosalía” y la segunda en el Instituto Tecnológico Superior de Cajeme, donde se me entregó un reconocimiento.
El primero de mayo regresaremos a Ciudad Obregón, donde mi amada esposa y yo contraeremos por quinceava vez un matrimonio; en esta ocasión por el rito Yaqui.

Al regresar a México fuimos vencidos por la fatiga y dormimos durante 12 horas ininterrumpidas. Ya despejados, subimos al estudio para reintegrarnos al trabajo. Pudimos empezar y terminar  tres pequeñas pinturas.

 

 

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