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Le digo a mi amada esposa Beatriz del Carmen, mientras reposamos en un sofá de la biblioteca, después de una ardua actividad en nuestro estudio: “Yo he ido armando mi biografía como un rompecabezas. Investigo, busco, encuentro. Unas líneas que se ocupan de mí, por triviales que sean, las anoto en una libreta que siempre me acompaña. A veces encuentro cosas sorprendentes. Un libro, cuya existencia desconocía, está dedicado a narrar diferentes aspectos de mi vida. En este caso lo compro. Pero si este no está a la venta porque lo he visto en una casa a donde he ido como invitado, no me queda más que anotar el nombre de la editorial y después recurro a librerías en busca del libro que se ocupa de mí. No siempre lo encuentro, porque se trata de una edición ya agotada. De todos modos mi bibliografía es amplísima y la conservo como un tesoro. Lo mismo sucede con mi hemerografía. En este caso no es exhaustiva, porque hay revistas y periódicos que no han llegado a mis manos. Alguien me dice: “He leído en una revista un artículo sobre ti en tal publicación ó periódico. “Pido entonces que se me entregue. Pero, se me dice, en la mayoría de los casos, que una vez leída, el poseedor de ésta, ya la ha tirado al cesto de la basura. El internet representa una gran ayuda. Ahí he encontrado artículos que se han publicado en diferentes partes del mundo. Todo lo que se refiere a mí y a mi relación con Beatriz del Carmen es material que merece ser guardado porque representa partes de este rompecabezas que voy armando. Y que forman parte de mi vida.
De un libro editado por Porrúa extraigo las siguientes líneas que se refieren a la muerte de mi abuelo. En este caso hay un solo ejemplar que lo adquiero de inmediato. Ahí digo:
“El primer muerto que vi fue a mi abuelo...lo tenían acostado en su cama.
En alguna ocasión, mi hermano Alberto, que estudió medicina, me dijo que posiblemente él padecía cáncer de la vejiga; aunque claro, este es un diagnóstico basado en el recuerdo”.
“De lo que sí estoy seguro, pues la imagen de esos días permanece en mi memoria, es que cuando su enfermedad comenzó a agravarse y mi abuelo se convirtió en un moribundo, mis padres sacaron a los niños de la casa. Es posible que ellos desearan evitarnos las imágenes de dolor en el momento de la llegada de la muerte; quizá por esas razones mis dos hermanos y yo abandonamos los altos de la fábrica de papel y fuimos a vivir a la casa de un español que también trabajaba en ella. El señor Díaz – así se apellidaba el hombre que recuerdo como un ser extraordinariamente feo- vivía en una vecindad (...)”
“Vivimos en esa vecindad hasta que un día apareció mi madre para regresarnos a casa. Acababa de fallecer mi abuelo Adalberto. Volvimos y a pesar de que mi mamá trataba de evitar que entráramos a su recámara, descubrí que lo tenían tendido en la cama. No sé de qué manera, pero, logré entrar y lo vi, vi el cadáver de mi abuelo. En aquellos tiempos se velaban a los muertos en sus casas, no existía la costumbre de las agencias funerarias, la gente pasaba sus últimos momentos en su recámara. Ahí, en la cama, estaba él muerto. Recuerdo que le habían puesto una venda para que no se le abriera la boca. Así lo vi, tenía los ojos cerrados. Me situé muy cerca de él y estuve observándolo, mirándolo con mucho cuidado. Entonces surgió la idea de dibujarlo, porque al retratarlo yo podría volverlo a la vida. Ahí estaba yo, con mi libreta, tratando de atrapar cada uno de sus rasgos en la brevedad del papel...”
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Enviados por Patricia Galeana recibo dos tomos del Diccionario Tiempo y Espacio, editados por la Facultad de Ciencias de la UNAM (2008). En la página 177 encuentro un texto breve mío que dice:
“En el arte se han dado estas entidades geométricas vinculadas a varias teorias físicas que se inician con Albert Einstein que estudió la relatividad. Es importante señalar que antes de esta teoría, surgió al cubismo que tuvo como principales representantes a Picasso y a Braque.
Se ha dicho que el arte en muchas ocasiones se anticipa a la ciencia. El universo tiene tres dimensiones, pero a partir de la pintura geométrica se puede hablar de una cuarta dimensión como lo descubriría después Einstein. Después del cubismo los instantes estéticos se dieron en muchos otros artistas, que sin tener mentes científicas, adquirieron un sentido del tiempo. En muchas obras de arte que se producen a principios del siglo XX se da una realidad en la que el tiempo está suprimido.
Observamos con detenimiento el llamado expresionismo que surge en Alemania. En la distorsión de los personajes de Emile Nolde, para poner un solo ejemplo, el tiempo no existe. Surge en el espectador una extraña emoción, porque lo que vemos pudo haber sucedido en cualquier época (tiempo). Nos enfrentamos a la experiencia de lo sublime.
El siglo pasado es sin duda el más inquietante momento de toda la historia del arte. Cada uno de los artistas representa una manera distinta de interpretar el tiempo y el espacio. El universo, pues. Los lenguajes son variados. En Paul Klee hay un retorno a la infancia. Pinta objetos y personajes que quizá estaban en el inconsciente. Picasso, el más grande de todos, cambia constantemente sus maneras de contemplar el mundo. En él no hay un tiempo detenido. Salta de un estilo a otro. Mira hacia el pasado o al futuro. Espacio y tiempo están entremezclados. Pinta líneas curvas y rectas que nos sugieren la idea de la deformación. El arte es un juego que se aparta de la vida. Define el carácter fundamental de la espontaneidad de la experiencia estética.
Los grandes artistas del siglo pasado, con su portentosa imaginación, miran hacia arriba y hacia abajo.
Marcel Duchamp y Picabia, inventores del dadaísmo, llevan a cabo un juego en el que cambian de sus lugares habituales los objetos que observan. Duchamp toma un urinal y lo transforma en una obra de arte. Lo saca del baño y lo lleva a las galerías o museos.
En mi obra el paso del tiempo también juega un papel importante.
En una serie de autorretratos que hice en un taller de Milán me represento en diferentes épocas de mi vida. En el primer grabado soy yo cuando era niño. Y de ahí pasó a otros momentos de mi existencia: la adolescencia, la juventud, la edad adulta y la vejez.
En otras obras, que no son autorretratos, se da también en mi la necesidad de viajar en el tiempo y me sitúo compartiendo la época en la que vivieron creadores a los que mucho admiro. Son conocidas mis obras en las que aparecen Rembrandt, Mantegna, Fray Phillipo Lippi, Leonardo Da Vinci, etc. Si bien viajar en el tiempo, me fascina también ser un artista del presente. La época que me ha tocado vivir. Un artista pertenece a muchos momentos, a muchos tiempos y ocupa infinidad de espacios”.
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El presente lo represento, reiteradamente, en mis obras eróticas que dedico a mi amada esposa Beatriz del Carmen. El espacio es nuestra recamara, campo de batalla, para nuestros escarceos amorosos... |
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