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Mientras trabajamos en mi estudio le comento a Beatriz del Carmen hechos que me acongojan: Este año empezó mal. A principios de enero, durante una reunión de los Amigos del Museo Cuevas, la Presidenta de esta sociedad que se ha creado por iniciativa de mi amada esposa, nos dio una noticia que a todos nos conmovió. La muerte de Ricardo Martínez que fue uno de mis mejores amigos. Luz Burillo lo dijo con voz entrecortada porque ella también lo conoció y en su casa hay tres cuadros de él.
Ahora con pocos días de diferencia, han muerto otros dos entrañables amigos: Marco Antonio Montes de Oca y Eulalio Ferrer. El primero me visitaba con frecuencia en mi antiguo estudio. La última vez que lo ví me entregó un voluminoso libro en el que se reúne toda su obra poética. Está editado por el Fondo de Cultura Económica. Me lo dedica de la siguiente manera: “Para José Luis Cuevas, genio igual que yo, aunque yo sea un poco menor. Con la amistad total de Marco Antonio Montes de Oca”. En otro libro me llama “genio de la noche”. En el libro antológico hay un poema en el que yo aparezco. Se llama “David Markson ha salido a comprar una botella”. Reproduzco a continuación solamente las primeras líneas:
Cuevas y yo
nos ahogamos entre copas rotas que
manan arenas.
Cuevas y yo
vemos un pájaro que en la nieve sólo
existe por su sombra.
Cuevas y yo
recogemos pedazos de una noche estrellada
con obscenas municiones de caviar.
José Luis, urgido de alma, despilfarra la que
ya tenía,
Y sigue el poema que es bastante largo... Marco Antonio y yo éramos de la misma edad. Diría yo que era bastante joven para haber muerto.
Eulalio Ferrer
A Eulalio y a mí nos unió una antigua amistad. Recuerdo, que siendo ya amigos nos encontramos en Guanajuato. Estaba también Raúl Anguiano. Habíamos asistido para integrar una mesa redonda sobre las ilustraciones del Quijote en el que también participó Antonio Saura extraordinario pintor español, que también ya falleció. En una plática que sostuvimos, Eulalio, Raúl y yo, descubrimos que los tres éramos piscis, nacidos el mismo día, 26 de febrero, aunque con muchos años de diferencia. Acordamos celebrar juntos ese día. Y así fue, hasta que murió Raúl, el mayor de los tres. Eulalio me decía “colega” porque, siendo él un gran publicista, decía que yo poseía los mismos dotes, “Si, Eulalio, le contestaba, la diferencia está que yo soy tan sólo anunciante de un solo producto: yo mismo”.
Eulalio escribió muchas frases sobre la publicidad, todas ellas muy ingeniosas. Recuerdo algunas: “El publicista se acuesta con una palabra y amanece con una frase”. “La publicidad es una amante infiel”. “Los que empiezan por no creer en la publicidad, terminan siendo víctimas de ella”. “Los publicistas habitan el frágil mundo de las palabras repetidas”. “Los adjetivos forman parte del sistema glandular de los publicistas”. “En el cacareo de la publicidad triunfa el gallo de más espuelas”. “Un publicista sin ilusión es un producto muerto”. “El gran oído de los publicistas sirve para escuchar la voz secreta de las cosas”. “En la publicidad no sabe andar quien no anda de prisa”. “Los éxitos publicitarios los adoptan tantos que parecen créditos de una película de largo metraje”. “La publicidad es una orquesta en la que todos se consideran solistas, “En publicidad el que bosteza, desaparece”. “Los publicistas que no saben nadar en el océano de las palabras, naufragan”. “El publicista es la voz cantante del anunciante”. “La indiferencia es la marca fatal de los malos anuncios”. “Los atardeceres de la publicidad están sembrados de palabras marchitas”. “Como Dios, la publicidad está en todas partes”. “Hay anunciantes que ayudan a sus publicistas a convertir los lemas en epitafio de sus productos”. “La publicidad es tan generosa que permite viajar por ella a los que no saben a dónde van”.
Un monólogo actuado por un mal actor resultaría insoportable. No es el caso de nuestra amiga Roxana Chávez, gran actriz y amiga nuestra. Respondiendo a una invitación que nos hizo acudimos a verla en el Teatro del Gran Hotel de la Ciudad de México. Lugar que me trae muchos recuerdos de mi infancia, porque ahí estaba el “Centro Mercantil”, la primera gran tienda que se abrió a finales del siglo XIX. Era una delicia para los niños de entonces, jugar en el elevador Art Decor, que afortunadamente todavía se conserva.
Un auto de lujo pasó a recogernos a mi amada esposa y a mí, una hora antes de que empezara la función. Para nuestra comodidad se nos asignó una suite del hotel para que ahí esperáramos el momento en que el monólogo se iniciara. A la hora indicada tocaron a la puerta y un ujier, vino por nosotros para llevarnos al lugar donde se desenvuelve la trama de este monólogo escrito por Manuel López, hermano de Marga. Antes de que aquí se presentara hubo hace unos meses, un preestreno en el Museo José Luis Cuevas, que no pudimos ver por estar Beatriz del Carmen y yo, ausentes de México.
Empieza la representación con la presencia de un violinista Juan Salgado que toca Humoresque, me hizo evocar la película del mismo nombre que interpretó en el cine Joan Crawford. Después aparece Roxana, en un escenario con pocos elementos escenográficos y desde las primeras líneas que dice con el solo apoyo de su talento, logra atrapar al espectador. El personaje debe manifestar diferentes matices y estados de ánimo. Hay momentos de humor y otros de profundo dramatismo. Esos se dan al final de la representación. Es el momento en que a los espectadores sensibles lloren. Tal fue el caso de mi amada esposa. Ella y yo, nos tocaría descubrir la placa conmemorativa, porque se cumplían 100 representaciones de esta obra en diferentes espacios teatrales. Después vino una cena y estuvimos en la misma mesa de Roxana Chávez y con algunos de sus familiares. La conversación fue muy amena y ya algo tarde nos despedimos para regresar a nuestra casa, no sin antes felicitar a Roxana Chávez por su magnífica actuación en el monólogo que se llama “Nunca es tarde... ¿para Amar?”. |
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