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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen LXXXIV

13 de abril de 2009

 
Mi amada esposa Beatriz del Carmen y yo, pasamos cuatro días en nuestra casa de Cuernavaca. Hubiéramos querido estar más tiempo, pero tuvimos que regresar a México, porque mañana mi mujer será operada de la vesícula por el doctor José Luis Ibarrola. Dos días pasará en el hospital y durante dos semanas tendrá que cuidarse. Quizá durante esa convalecencia un poco prolongada, regresaremos a Cuernavaca donde el clima en estos tiempos es muy agradable. Por algo se le llama a esta ciudad, la de la eterna primavera. Yo disfruto mucho mi biblioteca que está muy bien surtida. Reviso libros y folletos y en algunos de ellos encuentro menciones a mi trabajo que me resultan inéditos. Menciono algunas. En un cuadernillo se dice: “Octavio Paz admira a José Luis Cuevas entre otras cosas por su decisión de nadar contra la corriente: En el momento en que triunfaba en todo el mundo la pintura abstracta, él se atrevió a explorar por su cuenta y con gran talento el territorio del expresionismo. Cuevas se adelantó en más de quince años a los neoexpresionistas que hoy promueven las galerías de Nueva York".
De Marco Antonio Campos, encuentro unas líneas escritas en Viena, (mayo 1, 91). Vienen acompañadas de un libro. Con su diminuta letra que hay que leer con lupa me dice: “Querido José Luis: Te envío un libro del gran Egon Schiele, el extraordinario pintor austriaco, que me parece de alguna manera tu alma gemela. Desgarrado, penetrante, cada cuadro dice ... Corta y deja una llaga en el alma. Mientras veo más sus pinturas admiro más tu obra. Un abrazo grande, fraternal: M.A.C.”
En un libro publicado en Buenos Aires en 1989, encuentro en la página 29, un ensayo de Rafael Squirru del que tomo tan solo un fragmento que dice: “Celebramos el paso de Cuevas por Buenos Aires, debido a la feliz iniciativa  de la Secretaría de Cultura de nuestra comuna, que organizó el encuentro de las artes realizado días pasados.
Tomé por primera vez contacto con el arte de José Luis Cuevas allá por la década de los cincuentas. Su juventud era tan temprana que casi podría confundirse con su adolescencia.
Fue el siempre alerta Alfredo Bonino el que organizó aquella, su primera muestra en Buenos Aires. Olvidemos la gripe que lo mantuvo semi recluido en el cuarto del hotel Dorá y digo semi, porque la fiebre (que en cierto modo nunca lo abandonaría) no pudo impedir el desfile de colegas: Quique Barilari, Alberto Greco, Pucciarelli y otros informalistas del mundo de las artes o de las letras, entre los que me encontraba.
Después vendrían para mí numerosos encuentros, en su México natal, en las Bahamas, en Santo Domingo, y por supuesto en Washington, desde donde José Gómez Sicre fue eje  importante en dar a conocer a Cuevas en los Estados Unidos.
Como en todos los casos en los que desborda el talento, no nos resultó a críticos y admiradores demasiado pesada la tarea de mantener el envión.
Es que Cuevas es de los que nacieron con la tinta en la punta de los dedos, ya que para él, pincel, pluma o lápiz parecen prolongaciones naturales de su propia mano. El nos enseñó desde temprano que el color es algo más que los colores y que se puede ser colorista sin apartarse de blancos, negros y grises, como lo confirma Picasso con su inolvidable Güernica. Vaya esto para los que todavía creen que la condición de coloristas depende del número de tintas empleadas. José Luis Cuevas dibuja y pinta, penetra en la hondura de la expresión plástica con esa economía de medios que lo emparentan con las aguadas de Goya, con sus grabados, que José Luis Cuevas ha sabido emular con la probabilidad del que domina el ritmo, por no decir la respiración del trazo.
Por supuesto que todo eso es posible a partir de una gran pasión, esa alta temperatura a la que aludí en los comienzos.
Más allá del mundo que no por atormentado renuncia a la ternura, no creo demasiado aventurado suponer que una de las fuentes nutricias de su fuerza expresiva la encontramos en la mexicanidad de Cuevas ...”

Rafael Squirru

 

Pablo Antonio Cuadra, ya fallecido, es uno de los cuatro grandes de la poesía nicaragüense. Los otros son Rubén Darío, Alfonso Cortez y Ernesto Cardenal. De él encuentro un pequeño ensayo escrito en Managua en abril de 1993. Dice:
UN MONSTRUO DEL DIBUJO. “Veníamos huyendo de los muralistas predicadores, cuando nos abrió las puertas del futuro Tamayo, pura pintura, puro color. Sin embargo nos faltaba un tramo ancho para sostener lo nuevo - México el país de las sorpresas plásticas – nos presentó un monstruo: José Luis Cuevas, un monstruo del dibujo.
Al comienzo fue como entrar a las Cuevas de Altamira del arte gráfico del siglo XX. Una oscuridad y un deslumbre. Lo que veíamos era algo incomprensible, desconcertante, pero profundamente expresivo – un gozo sin fórmula - rayitas, líneas, trazos de lápiz o pluma avanzada a ritmos gráficos jamás presentidos. Era la danza metida de contrabando en el dibujo. Era un comienzo del mundo apareciendo de pronto en la oscuridad de la cueva. Sin embargo (y ese era el motor de nuestro desconcierto) el mundo dibujado por Cuevas no era naciente, sino doliente. Nos dábamos cuenta, a través del alucinante mexicano que nuestro tiempo gráficamente era un Apocalipsis. Leíamos una muerte (el monstruo perseguía todos nuestros pecados y nos los dibujaba con una tremenda carga de ironía, asco compasión). (Hay quienes se indignan cuando digo que Cuevas es compasivo. Pero lo es y en grado sumo. No lo voy a probar con palabras: me remito a todas las mujeres que se corren de su lápiz a la tristeza ... la mayoría putas). Pero nos faltaba llegar a la cueva más honda de su Altamira, poblada por millares de autorretratos y en el centro de su Güernica  autobiográfica: “Doble autorretrato con personajes”.
Yo no recuerdo, salvo Rembrandt, un pintor que haya cultivado con tanta misteriosa insistencia el arte del autorretrato. Pero los autorretratos de Cuevas no son narcisismos gráficos, sino el extraordinario testimonio (a través de la multitud fisonómica que todo hombre lleva enmascarando su yo) del tremendo drama que ha sido vivir el siglo XX.
Para el ojo de Centroamérica – pero especialmente para el ojo nicaragüense, testigo desgarradoramente angustiado y doloroso de esa catástrofe, ver el mundo su mundo, a través del ojo de Cuevas es un enriquecimiento impalpable. Sólo pensar en el caudal de palabras limpias, que puede inspirar a nuestros poetas el arte gráfico de José Luis Cuevas, arrancándole sus máscaras a la retórica, al fariseísmo y a la doblez de este siglo de las dos X, nos alegra como una fiesta. Cuevas es un artista necesario, como demoledor y como creador, para edificar la nueva ciudad del nuevo Milenio”.

 

 

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