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El sábado 9 de mayo, mi amada esposa Beatriz del Carmen y yo, vivimos una experiencia inusitada. Fuimos citados en Televisa San Ángel, donde se le rendía un homenaje a Carla Estrada, la productora de telenovelas más exitosas. Ahí nos encontramos con ella y al término de su reconocimiento, abordamos un helicóptero que nos llevó a las instalaciones de Televisa Santa Fé. Ahí me enteré que se me invitaba para que en una secuencia me interpretara a mí mismo. Se trataba de una exposición de más de 200 obras en técnicas diversas, de artistas todavía desconocidos. De acuerdo con la trama. Yo debía emitir opiniones sobre los trabajos expuestos que estaban montados a la orilla de un lago, junto al puente que sirvió como escenario para algunas escenas del reality Big Brother. De acuerdo con el argumento de la teleserie que se llamará “Sortilegio”. En una entrevista para Notimex expliqué: “Eso dentro de la trama, no se trata de un comentario real acerca de cada pieza que yo debo de calificar de calidad extraordinaria”. El periodista señaló: “La exposición se montó en el backalot de Televisa Santa Fé con pinturas, esculturas, grabados, collages y diversas piezas de pequeño, mediano y gran formato realizadas para vestir los sets de la telenovela “Sortilegio”.
“Carla Estrada siempre tiene ideas maravillosas, es creativa muy ingeniosa”.
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Cuando ya teníamos todo listo para irnos al aeropuerto y tomar el avión que nos llevaría a Bogotá, de pronto tomamos la decisión de cancelar el viaje. Ya se nos esperaba con enorme entusiasmo ya que era el principal ponente en la “Cátedra Marta Traba”, que se llevó a cabo en la Universidad. El coordinador de este evento, el escritor Rubén Darío Flórez Arcila, ya tenía escrita la presentación que ya me había hecho llegar con antelación. Dice en su texto:
“Nadie como José Luis Cuevas ha llevado a tales extremos de escabrosa plenitud, la incisiva línea de dibujo.
Su caligrafía que acosa la mente del espectador, es al mismo tiempo una composición extremadamente equilibrada. El malabarismo de la estructura en sus fantasmagóricas caligrafías, tal vez revele su clave, en que al mismo tiempo que esta línea evidencia los despojos de las relaciones humanas, sean eróticas, de dominación brutal de un cuerpo sobre otro, o expresen las angustias sórdidas de los seres que habitamos en los cuartos alquilados, en los pequeños apartamentos de las desbordadas ciudades latinoamericanas: esta línea signo, simultáneamente, no se extravía en una incoherencia de los trazos. La forma es espléndida, sin embargo... (éste sin embargo será constante) los monstruos de José Luis Cuevas, los seres desprovistos de cualquier canon realista, en las proporciones de sus cuerpos, en la representación de la litografía del Maestro Cuevas, surgen ante el espectador como formas híbridas alucinadas. Es decir, puede uno suponer que se trata de un perfil, de un torso, de un rostro, pero alguna indicación de la línea que se desvía de la lógica formal que estábamos interpretando al contemplarla, lleva la mente del espectador a una extrañeza. El rostro representado por la caligrafía sorpresiva de Cuevas, de repente se transforma en otro. Esto es lo escabroso o lo monstruoso. La forma en su totalidad es impecable en los artificios del dibujo de Cuevas, de repente se transforma en otro, pero uno se queda con la duda ¿Por qué no es, lo que como espectador confiara que fuera? La línea impecable termina dando lugar a un ser monstruoso. Es decir desacostumbrado.
No en vano empleo el término caligrafía. La belleza del trazado no equivale a un puro virtuosismo de la mano del artista. Es más intelectual. Es más un trazado que inventa signos. Si es posible pensar en las creaciones de Cuevas son signos, la idea sugiere que no se trata de una simple belleza intuitiva, emocional o sensorial. La caligrafía para designar lo que inventa Cuevas, en mi opinión no es otra cosa que un artefacto a partir de los medios del dibujo, para decir significados. La línea de José Luis Cuevas indica hacia lo que como artista y escritor imagina y concibe que somos los espectadores y él mismo: hechos entre la ciudad moderna, fragmentada, acechadora, opresiva o sea seres contrahechos. Las obras más logradas del Maestro Cuevas, como son una obsesiva presencia de signos indexicales, que apuntan a lo que existe en la mente de Cuevas, como idea sobre la subjetividad de las ciudades latinoamericanas. Pero también sin indicios, transformados por su arte, de los seres que vivimos en el caos y la pasión que va por otros cauces, los de las ciudades sin equilibradas utopías, hechas de azar, opresión e imaginación.
Las bellezas de las creaciones del Maestro José Luis Cuevas, no es enigmática, es intelectual. Quiero decir que es un particular signo para comprendernos desde sus significados, al mismo tiempo materiales, y que apuntan más allá de lo puramente físico, sea línea o dibujo.
El ejercicio de su caligrafía es crítico pero no utópico. No tiene contemplaciones dulzonas ni deológicas ni sensuales con el arte. Por eso cuando comenzó escribiendo con tan sólo 24 años, el texto “La Cortina de Nopal”, José Luis Cuevas, se enfrentó a la retórica anquilosada de los muralistas mexicanos. El arte humanista de Cuevas, en la tradición de Dostoievsky, de Kafka, de Samuel Beckett, del realismo popular latinoamericano, es una manera de ofrecer el caos del mundo, de la subjetividad humana y al mismo tiempo, dentro de la abrumadora opresión, encontrar la belleza y sin empalagosa ideología, la esperanza”.
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