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| Mi relación amorosa con Beatriz del Carmen XC 25 de mayo de 2009 |
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Mi amada esposa Beatriz del Carmen y yo, entramos a mi antiguo estudio de la calle de Galeana. Hemos citado a unos cuantos trabajadores para que resuelvan problemas de humedad que han afectado los muros y los domos. Nos preocupamos que ahora que se han desatado las lluvias, puedan dañar los libros, que son muchos, más otras cosas que ahí conservo. Mientras los albañiles hacen lo suyo, yo me dedico a registrar todo lo que se guarda en los muebles. Surgen revistas, fotografías, reconocimientos de diferentes épocas de mi vida. Lo que yo iba reuniendo en los tiempos en que en ese atalier preparé infinidad de exposiciones. Tirados en el suelo y cubiertos por planchas de madera, hay decenas de carteles que anuncian diferentes actividades mías, tales como conferencias, exposiciones, etc. Llego a contar más de treinta. Y que yo sepa, estos no se encuentran en las bodegas del Museo José Luis Cuevas, ni en la casa donde ya llevamos 7 años de habitar mi esposa y yo. Como una caja de pandora, abriendo cajones voy encontrando, cosas que yo ya había olvidado. Rescato libros de diferentes autores que en su momento acudieron a mí para que les dibujara las portadas. Casi todo eso había caído en el olvido. Todo es como si lo viera por primera vez. En una publicación colombiana, en la que también aparezco en la portada, hay una larga entrevista de Fausto Panesso en el que empieza diciendo: “José Luis Cuevas no es un hombre de medias tintas. Se le odia o se le ama. Vive sumergido en un universo de monstruos. Es el más grande de los pintores mexicanos vivos”. Después entra en materia y escribe: “Hay una historia del escultor Edgar Negret (colombiano) que pinta de cuerpo entero a Cuevas. Alguna vez Cuevas lo llamó desde París, y le anunció su llegada a Nueva York y su deseo de verlo. Ya desde entonces (y hablo del año 1955) Cuevas andaba enfundado en una chaqueta de cuero y cargado de libretas de apuntes captando monstruos con su dibujo rápido y eficaz. Hacía retratos de todos los seres que constituían la materia prima de su mundo personal: el monstruosismo , del cual es padre absoluto en Latinoamérica. El “Cuevario” ya había nacido e iba creciendo. Negret recordó entonces que precisamente algunos días atrás, habiéndose bajado del Metro en una estación equivocada calles arriba de la que correspondía a su estudio neoyorquino, tan sólo con tocar el andén se sintió sumergido en el horror: era simplemente la calle y el reino del hombre elefante, ni más ni menos, un gigantesco hombre de piel gruesa agrietada y carcomida, que tendía su elefantiásica mano pidiendo limosna. Pero que además no estaba solo. De pronto los ojos de Negret registraron toda una colección de seres deformes que se movían entre la bruma nocturna como salidos de la alcantarilla de la noche. Durante muchos días el recuerdo de esa calle de la huyó le estuvo golpeando la memoria; le parecía haber vivido entre el laberinto de un cuadro de José Luis Cuevas por algunos momentos. Y el día que Cuevas le anunció la visita pensó en relatarle esta historia; pensó incluso que un modo de exorsizarla era aventurarse con Cuevas, de nuevo, hasta esa horrible esquina, él mismo, ahora como cicerone entre monstruos vivos, guiando a quien los pintaba. |
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