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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen XCII

08 de junio de 2009

 

Unos días después de haber regresado de Chile, mi amada esposa Beatriz del Carmen y yo, viajaremos a Bogotá para participar en la “Cátedra Marta Traba”, que se inició hace dos semanas en la Universidad de esa ciudad. Como ya lo dije en un anterior Cuevario, tuve que aplazar ese viaje debido a la epidemia porcina, que nos mantuvo en cuarentena a  mi esposa y a mí. Ahora parece que las cosas han cambiado y la epidemia ha sido vencida. Sin embargo hay que seguir tomando precauciones, para evitar el contagio cuyo riesgo podría volver. Ya me referí que en los últimos días he estado revisando mis archivos de mi anterior estudio de la calle Galeana. En un papeleo que parece infinito, ayer por la tarde encontré en un fólder varias cartas de Marta Traba escritas el mismo año en que pereció en el trágico accidente aéreo. Son tres misivas que leo con detenimiento. En una de ellas hay referencia al terror que ambos compartimos por los viajes aéreos. Ya han pasado desde entonces 28 años. Siempre que me escribía me llamaba “hermanito” y era un término acertado por el enorme afecto que nos teníamos, desde que nos conocimos en un simposium que tuvo lugar en dos ciudades: San Juan Puerto Rico y Nueva York. Después nos encontraríamos en muchos lugares donde dábamos conferencias a dos voces. Siempre ambos fuimos solidarios y está presente el recuerdo lacerante, cuando se me dio la noticia de su trágica muerte. Me traje, con otros papeles y publicaciones, esas cartas. Pero pasó algo muy extraño. Sucedió que esas cartas las he extraviado. Pensaba yo leerlas en algún momento de mi participación en el homenaje que ahora se le rinde en Bogotá. Las he buscado infructuosamente. ¿Dónde habrán quedado? Mi querida esposa me dice que posiblemente se encuentran dentro de alguna de las revistas que me traje. Busco y no busco, como dicen los yucatecos, pero los escritos de Marta no aparecen. Ya debo darlos por irrebiciblemente perdidos.
En Bogotá, mi amada esposa y yo permaneceremos solamente tres días. Más no podremos porque en nuestra agenda hay muchas otras actividades.
Recibí ayer por la tarde dos libros, enviados por Miguel Ángel Muñoz, cuya amistad se truncó abruptamente. La culpa de este rompimiento fue cosa de él, porque descubrí su deslealtad. La traición es algo imperdonable. Uno de los libros está dedicado a Ricardo Martínez y en dos de los ensayos que forman la publicación me encuentro mencionado. Marta traba dice: “... La verdadera creación colectiva de México, junto con los dibujos de José Luis Cuevas y la pintura de Francisco Toledo, y a espaldas de la supuesta tarea colectiva que intentaron adelantar los muralistas, incluido Tamayo. Debo aclarar en seguida esto, antes de que se plantee la pregunta de cómo puedo relacionar obras aparentemente dispares como la de Ricardo Martínez, Cuevas y Toledo. Distintas, sí: casi poralizadas en situaciones plásticas opuestas. Pero igualmente disponibles a recibir, encarnar y descubrir los adecuados soportes formales para expresar condiciones esencialmente mexicanas.
México es demasiado coherente en su rico registro de hechos culturales para que podamos darnos el lujo (como por desgracia ocurre en la mayoría de nuestros países), de considerarlo terreno movedizo o materia informe. México siempre tiene forma y espíritu, siempre es algo. Como ese algo es múltiple, al revés del destino unívoco de las culturas europeas, los tres artistas que menciono emergen del fondo de México provistos de distintos materiales. Ya se sabe que José Luis Cuevas trabaja en la conciencia lacerada, acompañado de aquellos esperpentos o dobles que pueda ver reflejados en su espejo...”
Más adelante le llega su turno a Fernando Benítez, que no pierde la oportunidad de mencionarme, como una demostración más, del afecto que me tenía. Dice: “Mucha gente detesta a Cuevas porque cree que se hace propaganda con fines comerciales. Ésta es una calumnia. José Luis tiene su mercado en Estados Unidos y en Europa. Le gusta el pleito, él mismo se inventa enemigos para angustiarse, lo reclaman en todas partes, recorre los estados y los barrios pobres dando pláticas y conferencias, es estrella de la televisión, materia de entrevistas interminables.
Ama el escándalo pero se somete a una disciplina ascética  mientras sus exposiciones y sus libros recorren el mundo. Alegra la vida. La dinamiza. Sus triunfos suscitan la cólera de los mediocres. México perdona a los bandidos, nunca perdona a los que triunfan”.
El otro libro que se llama “El espacio vacío”, está editado el año pasado por Conaculta. Son 230 páginas dedicadas a aquellos artistas que él admira o admiraba. La mayoría son europeos. En esta compilación a mí me dedica 8 páginas, que me hacen añorar los tiempos en que fuimos amigos.
En la presentación escrita por el poeta Hugo Gutiérrez Vega también aparezco mencionado. Dice: “José Luis Cuevas mantiene a Muñoz en perpetua admiración, pues considera que, junto con Ricardo Martínez y Francisco Toledo, forma la trinidad de la pintura mexicana de nuestros días. Al referirse a la renovación que Cuevas logró en los sesenta, nos dice que “se basa en la simplicidad, en la eliminación de excedentes retóricos que produce la imagen”. En esa década, José Luis Cuevas llega a la madurez y a la pureza esencial del trazo y del color. Marguerite Yourcenar y Octavio Paz auxilian a nuestro autor en la tarea de comentar las diferentes etapas de la pintura, dibujo y escultura de Cuevas”.
En las páginas que a mí dedica, Muñoz dice en el primer párrafo: “El sentido del espacio en la obra de José Luis Cuevas se conforma en el juego de límites, en su interacción con las formas que va creando. Crear un lugar significa poner límites, delimitar introduciendo un espacio o vaciándolo. Sacar el espacio de cualquier dibujo es para Cuevas configurar un lugar, entre la vida y la muerte, desde donde contemplar el horizonte y entregarse a la luz y al trazo que la propia luz crea. El arte de Cuevas brota, es un juego incesante de formas, volúmenes, lenguajes. Todo se combate y se recrea el mismo tiempo. Sentido inverso de la realidad: estructuras que producen movimiento, sonido”.

 

 

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