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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen XCIII

15 de junio de 2009

 

El 13 de junio, sábado, mi amada esposa Beatriz del Carmen y yo emprendimos un nuevo viaje. Abordamos un incomodísimo avión de aeroméxico. En esta ocasión no vamos solos: nos acompañan dos parejas de amigos: Lourdes y Jorge Burillo Azcárraga y José Sacal con Silvia, su esposa. Nos dirigimos a Ciudad Obregón donde efectuaremos una triple boda por el rito Yaqui. Para Beatriz del Carmen y para mí este será el matrimonio número 15. Para nuestros compañeros de viaje esta será la primera, además de las que ya han llevado a cabo en sus respectivas religiones. Nuestras ceremonias han sido organizadas por Tolita, a quien ya conocimos en anteriores ocasiones. Al llegar nos espera con lágrimas en los ojos. Llanto de emoción. Nos hospedamos en el hotel “Marinaterra”, donde descansamos un par de horas. Estamos cansados y adoloridos. Hambrientos también, porque en el avión solo se nos han servido unas bolsitas de cacahuates, a pesar de que el trayecto es largo. Por la noche hay cena en la Quinta de José Bours. A la fiesta acuden más de cien personas entre los que se cuentan muchos familiares y amigos cercanos de Lourdes. Somos objeto de muchas atenciones. La gente de Sonora se distingue por su calidez en el trato. Hay un gran número de fotógrafos que nos seguirán al día siguiente, donde en un pueblo yaqui tendrá lugar la boda “tripartita”. El más activo de los fotógrafos es el que ha enviado la revista “Hola”. Nos acercamos a una pequeña palapa donde el sacerdote dice el discurso religioso. Hay alguien que traduce sus palabras al lenguaje “Yaqui”. Las tres parejas hemos llegado vestidos con la ropa que nos hemos puesto antes de dejar el hotel. Mi esposa luce muy bella lo mismo que las otras dos señoras a quienes ella quiere mucho. A mi me quedan muy holgados los pantalones que me han asignado. A los otros dos amigos, por ser muy altos y robustos, la vestimenta les queda apretada. Ambos han tenido que sustituir las camisas por unas guayaberas que por precaución han traído en sus maletas. Todos los habitantes del pueblo han acudido. Hay niños que lloran y perros que se atraviesan en nuestro camino. A mi esposa le susurro unas palabras: “todo esto es como de película mexicana”. Hay un danzarín que con los ojos cubiertos no deja de bailar la danza del venado.
Tulita no se separa de mí y me recuerda una vez más que mi hermana Lupita que es monja franciscana, fue quien le enseñó a escribir y hablar en castellano.
Los días que siguieron, que fueron pocos, hubo mucha actividad. Hugo Delgado hombre prominente nos invitó a que fuéramos a San Carlos, un lugar maravilloso. Nos hospeda en un magnífico hotel y nos tiene preparados un programa de mucha acción. Viajamos en un yate y nos subyuga el paisaje. Por primera vez me dedico a la pesca, lo mismo que Beatriz del Carmen. Ambos sostenemos la caña y para nuestra sorpresa al mismo tiempo pescamos dos pescados de buen tamaño, llamados bonita. Fuera del agua, veo en ellos la angustia de la asfixia. Sugiero que lo más pronto los liberemos y los regresemos a su habitad natural que es el mar. No podría ser pescador ni cazador porque no resisto el sufrimiento de los animales. Hace algunos años en un lugar que no recuerdo su nombre, fui invitado a una cacería de patos. Disparé el rifle con la intención de no darle a la ave; pero de pura “chiripa”, la bala le dió en la mitad de su cuerpecito y cayó muerto. Los que me acompañaban me felicitaron por mi buena puntería, mientras yo sufría por haberle dado.
Tres días después regresamos a México y volvimos a sufrir durante dos horas y media la estrechez del avión. Era difícil movernos en nuestros asientos. De nuevo volvimos a comer cacahuates como única opción de alimento.
Ya en nuestra casa de San Angel, mi amada esposa y yo sufrimos las consecuencias del cambio de altura. No pudimos dormir y al día siguiente nos fué imposible levantarnos. Lo que sucede es que no fué solo por este viaje, sino por los otros que hemos hecho con pocas semanas de diferencia. En mis anteriores cuevarios, ya hice la reseña de nuestras visitas a Santiago de Chile y a Bogotá. Ya es tiempo de disminuir nuestra actividad que de tan intensa puede dañar nuestra salud. Eso le dije a mi esposa y ella, con toda naturalidad, me contestó: “no olvides que el próximo lunes tenemos que ir a Jalapa donde se clausura tu exposición de la galería “Alva de la Canal”, de la Universidad de Veracruz”.
Seguimos en reposo y nos dedicamos a revisar los papeles que nos han enviado del Museo Cuevas. Entre todos ellos encuentro dos textos que posiblemente fueron capturados en el internet. Uno de ellos escrito por Mercedes Gordillo, poeta nicaragüense dice:

JOSE LUIS CUEVAS: PAISAJE OSCURO

“Leyenda de pueblos míticos dolientes: gato macho. Atrapado en la triste vida cotidiana del paisaje oscuro, humano, sensual y descarnado. Zarpazos, tintas, papeles, obsesiones... Entre gritos y gusanos cerebrales. Saturno continúa devorando”.

El segundo, escrito por Alejandro Vázquez Guerrero se titula “Autorretrato de José Luis Cuevas” y dice:

“Cada mañana se convierte en un cazador. Con un rápido movimiento toma por las extremidades a un desprevenido sueño; lo coloca ceremoniosamente en el lienzo y de un rápido tajo ofrece otra chorreante línea, un fragmento más del retrato de aquel dios que nunca ha visto, pero que ha prometido plasmar. Muy a su pesar, blasfemamente ha comenzado a sospechar que no se trata de un dios, sino de un demonio, ya que en el lienzo, conforme avanza en su trabajo, comienza a adivinarse su rostro, el de un deformado Cuevas que le sonríe lujuriosamente. Como rigurosa penitencia, en medio de oraciones y lágrimas, se ha impuesto no tocar carne de mujer.

Hasta la hora de la comida, por supuesto”.

 

 

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