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Hoy por la tarde, mi amada Beatriz del Carmen y yo tomaremos un avión que nos llevará a Veracruz. En el aeropuerto nos esperará, como siempre, nuestra buena amiga Patricia Deschamps. Como siempre comeremos en el restaurante de nuestra preferencia que se llama “Villa Rica”. Después en auto nos iremos a Jalapa donde desarrollaré varias actividades. La más importante será ver mi exposición de dibujos eróticos, que desde hace más de un mes está abierta en la galería “Alva de la Canal” que es un espacio de la Universidad Veracruzana. A la apertura no pudimos estar presentes por aquello de la epidemia porcina, que nos obligó a permanecer en cuarentena, dentro de nuestra casa de San Ángel. Después tengo la intención de visitar el taller de grabado donde posiblemente trabajaré en una piedra. Todo esto es la repetición de una rutina que cada año repito. Con enorme placer.
Ayer por la noche estuvimos en el edificio de la Lotería Nacional, donde se presenta una exposición de más de cincuenta autorretratos, todos de pequeño formato. Me gustó la selección que abarca diferentes épocas de mi actividad como grabador. La mayoría son inéditos porque nunca antes se habían presentado. Los encontré en un viejo veliz que perteneció a mi abuela por vía materna. Sé que fue de ella, porque tiene pegada una etiqueta con su nombre. Ignoro como cayó en mis manos y en qué momento almacené tantas obras que ahora me sorprenden. Técnicamente son impecables y fueron hechos en mi adolescencia y juventud. La exposición se hizo con motivo de que el billete que se encuentra en circulación a mi ésta dedicado, con motivo de mi cumpleaños número 75. La invitación trae unos párrafos de un texto que escribió mi adorada esposa Beatriz del Carmen. Los reproduzco a continuación:
“José Luis era un niño inquieto y melancólico: desde muy pequeño encontró su vocación de artista al descubrir su rostro en un espejo que colgaba en la sala de los altos de una fábrica de papel y lápices, donde su abuelo Adalberto era el administrador.
Cuevas todos los días veía su rostro reflejado en aquel espejo. Ambos coqueteaban, no había una cámara que pudiera retratarlo a diario, pero el sí.
Ahí empezó su obsesión por el autorretrato, el primero lo hizo a los cinco años de edad, no había día que no se contemplara y se dibujara. No encontraba a otro ser más hermoso que a él…”
Yo agrego: la técnica del grabado la aprendí en 1948 cuando asistía a las clases que impartía Lola Cueto en el Mexico City College. Ahí iba más que nada para dibujar a modelos desnudas. En una carpeta guardaba mis incipientes trabajos. Pasados los años quise recuperar todo ese material. Pero el director de la sección de arte los había vendido a unos coleccionistas de Washington, que en un viaje que hicieron a México, buscaban obras mías de mi época temprana. Así fue que las encontraron en la casa del profesor de arte y con avidez se las compraron todas. Con el dinero que recibió el maestro terminó la construcción de su casa.
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El mismo día del encuentro con el veliz de mi abuela, también descubrí en el cajón de uno de los muebles, una libreta en las que escribí pequeños ensayos sobre aquellos artistas a los que admiro. Uno de ellos está dedicado a George Grosz del que digo lo siguiente:
“Una de las máximas figuras del expresionismo alemán es George Grosz. En sus dibujos, sobre todo en los correspondientes a la serie Ecce Homo anticipa las crueldades y los horrores del nazismo. En 1923, esta serie fue considerada libertina y degenerada. Sus dibujos, de fuerte contenido erótico, son ocultados entonces, para salvarlos de la destrucción y la barbarie. Ese mismo año se expide en Alemania una ley que prohíbe la exposición y reproducción de Ecce Homo, por considerar que reflejaba lo más vergonzoso del ser humano.
Pero lo que en realidad molestaba a las autoridades alemanas eran las escenas prostibularias de las acuarelas y los dibujos de Grosz. En ellos aparecen generales borrachos embotados por el alcohol y la concupiscencia.
Con el tiempo, y ante el asedio insoportable de los nazis, emigró hacia los Estados Unidos, en donde fué profesor de arte en varias universidades. Su suerte la correrían también muchos otros artistas que presagiaron el destino de Alemania. Fritz Lang, por ejemplo dirigió “M”, obra maestra del cine silente, con Peter Lorre, cuya figura rechoncha y ojos saltones y angustiados remitían inmediatamente a los personajes de Grosz; al revocar a Lorre creó justa una digresión: es un actor al que recordaremos siempre por su interpretación del detective japonés Mr. Moto y por sus breves pero intensas apariciones en las más sobresalientes películas de Humphrey Bogart: El halcón Maltés y Casablanca. Volviendo al tema, la actitud y el trabajo crítico de estos artistas los obligó a huir de su país rumbo a los Estados Unidos. Grosz no estaba solo.
Nadie como George Grosz para dibujar los cuerpos atrofiados y purulentos de aquellas mujeres producto de la descomposición social en la Alemania que antecedió al triunfo de un maníaco, Adolfo Hitler. Grosz se inscribe en la tradición de los grandes dibujantes alemanes y posiblemente es el más incisivo y personal de este siglo”.
Este texto mío está fechado el año de 1988 y que yo sepa nunca fué publicado.
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