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Por las mañanas, al despertar, le relato a mi amada Beatriz del Carmen infinidad de historias de épocas diversas de mi vida. Le digo: No puedo inventar mentiras, eso es lo que me sucede. Si tuviera la capacidad de un mitómano, como lo fue Diego Rivera, inventaría; pero no invento absolutamente nada. Puede haber, sí, una especie de distorsión de la realidad, y lo acepto, como la hay también en mis dibujos. Después de todo es una técnica expresionista aplicada a la literatura y el dibujo, al grabado y la escultura. A veces ella me dice: esto no te pudo haber sucedido: “Así recuerdo esa historia y mi adorada esposa me replica: “Lo debes de haber soñado”. Bueno, vamos a suponer que lo hubiera soñado; de todos modos los sueños también son recuerdos nuestros, no es el sueño de otra persona los que estoy describiendo y por consiguiente son reales”.
Por el momento no tenemos ningún viaje agendado. Por consiguiente mi esposa y yo nos entregamos al trabajo. Pintar, dibujar no nos cansa. Beatriz del Carmen me dice: “Las horas que pasamos en el estudio, son las más felices de mi vida”. Para mí también. Entre una pintura y otra, le escribo y dibujo cartas que ella después guarda en un mueble que tenemos en la sala del segundo piso. Ella las anota en una libreta, anoche me dijo: ya llevamos 160 cartas. Todas estas se expondrán en el museo a finales de este mes de julio, para celebrar un aniversario más de la inauguración de este sitio que ella dirige. Creo que cuando esto suceda ya habré escrito muchas otras más. Todas se presentarán en las dos salas principales del Museo Cuevas. Estamos ansiosos de que llegue el día de la apertura. Estamos seguros de que serán estas misivas muy bien recibidas por el público que se interesa en descubrir los secretos que encierran estos relatos dibujados en los que narro mi vida en común con mi esposa.
En el internet, en donde ahora escribo mis Cuevarios es una fuente de información sobre mi persona. Encuentro un texto que viene de Punta del Este-Uruguay. Está escrito por Pedro Delgado Malagón y dice:
“Desde hace tiempo me parecía ilusorio aquel sujeto que a los 22 años expuso en Francia al lado de Alexander Calder, Morris Graves y Stuart Davis.
Las razones sobraban, ciertamente, para suponer ficticio al individuo que hizo rodar por Canadá, México y España “275 dibujos realizados durante una semana de enfermedad”. Fingida o solapada, digámoslo, había creído su identidad derramada en millares de autorretratos-con máscara de Jack el Destripador, con peinado nueva ola a la manera pop art, con Kafka y Samsa, al modo de Quevedo, como pintor de fin de siglo, al modo de Picasso, con maga, con modelo en el infierno. Como viejo, en la mañana que supe de la muerte de Marta Traba, con Saskia y Rembrandt .
Poco menos que incierta y fabulosa, de igual forma, imaginaba la potencia vital de este tipo, con bríos suficientes para erigir una escultura en bronce de ocho metros de altura: “La Giganta”. De este hombre-quimera, sin embargo, sabía mucho. Conocía, por lo pronto, de los escándalos, los happenings, la hipocondría, amigo recíproco dibujaba – como Orfeo en el soneto de Rilke – un árbol de leyenda en mis oídos!, eso ocurría mientras leía a Fernando Benítez que decía: “Como Diego Rivera, rabelesian mujeriego, provocador de escándalos, gran conversador, bromista genial, inventor de leyendas, hombre de amores y desprecios...” (...)
“Ya tarde, al filo de la medianoche, creí descubrir el rompecabezas, el enigma de este “Narciso criollo”, como lo denominó Enrique Krauze.
Al nacer Narciso – de tal hermosura desde el momento de nacer, ya fue amado por todas las ninfas – sus padres consultaron a Tiresias, en adivino, y éste señaló: Vivirá muchos años si él no se ve a sí mismo”.
Así, para observar su propio rostro José Luis empleó la máscara del teatro, la máscara del Carnaval, la máscara funeraria. Los esbozos de Cuevas producían la catarsis; no escondían, sino que revelaban impulsos recónditos que pugnaban por huir. Pero la máscara reviste algún peligro para quien la lleva. La máscara y su portador se intervienen uno a otro, y la fuerza vital condensada en la careta pudo apoderarse de aquel que está colocado bajo su protección: el protector se convierte en amo.
Poseído por la máscara, en Cuevas desaparece la frontera entre liturgia y comedia, entre dibujo y literatura, entre azar y causalidad, entre simultaneidad e historia. Todo acontece a la vez, en similar espacio, en el seno de una idéntica y viscosa materialidad.
Para escapar del vaticinio, José Luis Cuevas se esconde tras infinitos rostros, simula innumerables voces y representa inagotables gestos. El dibuja lo que lee y redacta sus espantos, en tanto nos convoca a la ceremonia extravagante, histriónica y melancólica de su propia vida: José Luis transmutado en Autorretrato con autorretrato, o en Yo viejo, o en Yo sano o en Yo (pura y simplemente); y el otro José Luis que, a un tiempo, escribe Cuevas por Cuevas, Cuevario, Historias de un viajero (autobiografía), Historias para una exposición (autobiografía), Cuevas antes de Cuevas, Gato Macho (autobiografía), Memorias del tacto (autobiografía) y Letters.
El eximio dibujante José Luis Cuevas – uno de los mejores de la época – adeuda trazos a Picasso, al arte prehispánico de México, a los expresionistas alemanes; a Francis Bacon, quizás. El Cuevas – hombre, el Cuevas representación, el Cuevas espectáculo, por lo contrario, es invención propia, hechura íntima y entrañable de la angustia – “su eterna compañera” ha dicho Fernando Benítez –: recóndita ambición del Narciso que ama la vida tanto como ama su rostro, fatalmente distante e irreconocible. (...) |
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