d

Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen XCIX

27 de julio de 2009

 

 

Por las tardes, después de la comida, en compañía de mi amada Beatriz del Carmen, continuamos visitando mi anterior estudio en el que trabajan unos albañiles que pintan los muros y evitan la humedad que afortunadamente todavía no han afectado todas las cosas que ahí guardo. Abrimos cajones de los muebles y también urgamos en unas cajas en donde encontramos infinidad de cartas que me fueron enviadas en diferentes épocas. También hay poemas y ensayos que me sorprenden porque casi todos habían sido por mí olvidados. Las cartas están escritas por diferentes personas cuyos nombres no recuerdo. Quizá muchas de ellas han muerto. Pero por lo que dicen en ellas, se trata de amigos con los que mantuve una buena relación, durante los constantes viajes que he hecho. Algunas fueron enviadas de diferentes países y están escritas en francés, inglés e italiano. Las leo ahora con cierta dificultad, porque esos idiomas ya no los hablo con la fluidez de antes. El italiano llegué a dominarlo e incluso mi pronunciación era correcta. En este idioma viene un ensayo escrito por Piero Fiori que me dice, en una nota adjunta que será publicado en una revista llamada Guadalinar.  Está fechada en Milán el 11 de junio de 1980. Ya en mi casa, con la ayuda de un diccionario, hago la traducción al castellano en la que posiblemente cometí algunos errores. Dice, o mejor dicho digo lo siguiente:
“Qué es lo que más nos golpea en los alucinantes “Autorretratos” (o su desdoblamiento) en los grabados reunidos en una carpeta llamada “Ritratti-Autorritratti” del pintor mexicano José Luis Cuevas? Es una pregunta sin una respuesta precisa: su significado pertenece al ámbito de la interpretación, no al de la “definición”. Puedo sin embargo decir que el sentido trágico y el sentido religioso son un cordón umbilical subterráneo que une el mensaje visionario de Cuevas: el laberinto de la identidad es su metafísica de la obsesión. Borges lo comprendería. El escritor mexicano Carlos Fuentes ha dicho que las imágenes de este artista están en perfecta lucha contra la propia apariencia. En lucha, agregaría yo, contra la realidad de lo visible. Cuevas es un voyant del inconsciente: vidente, en este sentido, como lo era Rimbaud “Con su pata en gangrena al hombro”. Heráclito le diría que de la muerte nace la vida. Es real que en “la memoria cósmica” de Cuevas palpitan los fantasmas de algunas visiones del más del Bosco, de la soledad de Rembrandt, del Goya atroz, de un Picasso animalmente expresionista. Pero es así mismo real que las visiones de las pesadillas de loco, o de los sueños degollados de Cuevas, hay que buscarlos también en los progenitores telúricos de su México: los aztecas: el ritual sangrante de los corazones de las víctimas propiciadoras. El delirante espectáculo de la muerte. La “calavera” como “apoteosis de la calavera”. Todo esto sigue viviendo, inconscientemente, en el alma mexicana.
El Centro d’Arte Zarathustra, ha presentado en Milán, una serie gráfica de trabajos del artista (“Retratos y Autorretratos”). En su obra podemos analizarlo  – la estructura del dibujo construye la imagen. El signo toma el lugar del color. Crea sus luces y sus sombras. Sus volúmenes y sus ritmos. José Luis Cuevas es un dibujante-monstruo. Lleva el dibujo en la sangre. Es como si tuviera encima la “peste bubónica”. Basta recorrer las páginas del libro acerca del artista de Roberto Sanesi (José Luis Cuevas: (José Luis Cuevas: Ipotesi per una lettura) ediciones Centro de Arte/Zarathustra. Milán 1979). Son máscaras de carne despellejadas o descuartizadas en el rostro. Es ineluctable: Cuevas es sus personajes. Sus personajes son Cuevas. Sus imágenes tienen una sensibilidad patológica y, al mismo tiempo, una ternura desarmante. Esta es la clave y el alma de la tragedia. Shakespeare lo sabía. La “monstruosidad” de sus figuras es en el fondo un acto de amor. Es la resurrección humana a través del dolor. Son los seres cuevasianos. En su agudo ensayo Sanesi escribe: “Presencia alienante y también fascinadora, coágulo de significados, metáfora en fin: el personaje Cuevas, no Cuevas, recita, queriéndolo o no, la misma grotesca tragedia de la que se nombra juez. Observadores y observantes son interdependientes. Una identificación indirecta, enigmática”. La muerte es para él, creo, un proceso de continuidad. Juan García Ponce lo ha intuido: “Cuando José Luis Cuevas contempla y dibuja la muerte, lo que realmente dibuja es la última presencia de la vida" La muerte, como un proceso en devenir del universo (...) Sus personajes llevan marcado en la frente el valor ético. En sus personajes – o en la videncia que Cuevas tiene del ser humano – hay siempre un sentido de condena y también, un sentido de liberación. Son seres que se debaten entre la inocencia y la maldición. Son, podemos decir, “mudos que hablan a través de su sufrimiento”. Como si vivieran la poesía dolorosa del Chagall de la infancia hebrea en los ghetti asfixiantes. La paradoja de la obra de José Luis Cuevas: su “canto a la muerte” es en su raíz el símbolo del “canto a la resurrección”. El color como metamorfosis de la culpa. Sus seres vienen y van hacia otra dimensión: lo invisible. Son telepáticos como Cuevas...

 

 

Esta Semana     Archivo    Museo JLC   Sitio Oficial JLC  

Diseño y Prog. Abraxas