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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen CIII

24 de agosto de 2009

 

 

Después de algunas semanas de no haber venido a Cuernavaca, la tarde del viernes, mi amada Beatriz del Carmen tomó la decisión de que regresáramos a esta cálida ciudad, donde construimos una casa hace pocos años. La encontramos impecable. Jorge un albañil, al que tenemos una gran confianza, se encarga de cuidarla. Nos trajimos una escultura de gran tamaño que realicé en Guadalajara. Nos representa a ambos en amoroso abrazo. Beatriz del Carmen, con el buen gusto que la caracteriza, encontró el lugar adecuado para colocarla. Desde diferentes puntos de vista puede ser contemplada. Una réplica de esta obra, la tenemos en el jardín de nuestra casa de San Ángel. Lo primero que hicimos fue entrar a mi estudio-biblioteca para ver que todos los libros, que son muchísimos, se encontraran en buen estado. La biblioteca cuenta con cerca de 10,000 libros y una gran mesa donde puedo entregarme a la práctica del dibujo. Tengo suficientes materiales  para llevar a cabo mi tarea dibujística. Todavía no hemos decidido cuántos días permaneceremos aquí. Las mañanas son soleadas pero por las tardes caen chubascos que se prolongan hasta la noche. Hasta ahora no hemos pensado en buscar amigos. Preferimos vivir en el aislamiento total. Por un olvido Beatriz del Carmen, no se trajo el celular, así que no contamos con la impertinencia de las llamadas telefónicas. La tarde de nuestra llegada nos detuvimos en un mercado para abastecernos de todo lo que necesitamos para llenar el refrigerador. Le digo a mi esposa: “somos una pareja de  “róbinsones crusoes”. Las palabras nos acompañan; nuestras conversaciones son infinitas. Le cuento historias que eran inéditas. Nunca le había dicho que cuando tenía 16 años hice un viaje a Corpus Christi en compañía de una mujer norteamericana que había conocido en un lugar, mezcla de restaurante y cantina que se llamaba Drive Inn. Fue un romance que duró un mes, más o menos. Me pidió que me quedara en su apartamento y todas las mañanas me dejaba sobre la cama algunas camisas que en aquel tiempo estaban de moda, que traían estampadas “motivos” tropicales: palmeras, soles deslumbrantes y otras tonterías por el estilo. Salíamos a comer con algunas de sus amigas y por debajo de la mesa ponía en mis manos unos cuantos dólares para que yo fingiera pagar las cuentas. Cuando me quedaba yo solo en el apartamento, me ponía a dibujar y le regalaba todo lo que hacía. Ignoro qué habrán sido de todos aquellos mis trabajos incipientes. ¿Los habrá guardado o por carecer de sensibilidad artística, lo más seguros es que los haya tirado? Era generosa y me hacía regalos, entre estos un reloj, que al término de su relación me pidió se lo devolviera. Este fué un acto humillante. Me sentí triste cuando abordé un avión que me regresó a México. Hay algo que no está claro en mi memoria: ¿me casé con ella? Pienso que esto no pudo haber sucedido, porque yo entonces era menor de edad y ella duplicaba mis años. Pero de manera borrosa recuerdo que una noche estuvimos en un restaurante donde ella tomó en abundancia. Yo no, porque ni antes ni ahora he sido afecto al alcohol. ¿Será cierto o lo habré soñado? Creo recordar que ella dijo: vamos a casarnos y fuimos en busca de un juez. En aquellos tiempos era frecuente y podemos verlo en muchas películas de los cuarentas. Un somnoliento juez, algo malhumorado, nos hizo firmar en una libreta y después nos entregó unos papeles. ¿Constancia de un matrimonio express? No puedo asegurar si esto realmente sucedió, o fue algo que quedó en mi memoria y que ahora al paso de tantos años, pienso que eso no pudo haber sucedido. Lo que sí recuerdo es que a partir de esa unión ella me llamaba “my little and beautiful husband”. De esta mujer volví a saber cuando en 1954 expuse en Washington y aparecí en la revista TIME. En la sección de cartas apareció una noticia de ella en la que me felicitaba por mi ascendente carrera. Entre otras cosas me decía que estaba orgullosa de mí y que ojalá y algún día volviéramos a encontrarnos. Esa carta no tuvo respuesta.

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Beatriz del Carmen y yo, revisamos algunas cajas en las que yo he depositado algunas curiosidades. Hay un cuadernillo de color rojo en cuya portada está escrito mi apellido CUEVAS. Me lo envió Carmen Boullosa para quien había dibujado la portada de uno de sus libros.
Dice: “Este ejemplar fue manuscrito en el taller “tres sirenas” de la ciudad de México, en el mes de septiembre de 1985. La edición consta de un ejemplar “Carmen Boullosa: Intolerancia. A José Luis, por su puesto”. Después en 9 páginas viene un poema de la autora que reproduzco a continuación:


De donde salieron las brujas
Señor Cuevas?
contesté : ¿de donde?
¿No me responde?
Conjeturo:
¿de sombras salidas del monte?
¿de mar abierto?
¿de salvajes selvas vacías?
¿del agrio olor de algunas noches?
(Esto último quisiera creer yo…)
¿Se inventaron oscuras?
¡Ni pensar que fueran capaces, de imaginarse solas!
Por otra parte, usted,
al firmarlas,
se confeso culpable,
usted, afuera del tiempo,
fue quien echó a rodar
su admirable vuelo monástico,
su vuelo a ras de suelo…
“-¿Se han fijado si es la
tierra quien baja o el suelo quien sube
cuando ellas creen que vuelan?
Eso dijo el señor Cuevas
Yo no lo creí
¡Yo vi cómo volaban!
Si en sus nalgas nacen rabos
y en sus tristes magras carnes
redondeces de obispas
o lingotes de masculinidad,
no es por los pactos hechos
con el dueño del mal,
señor inquisidor, disculpe, es mi opinión,
yo no soy abogado de nadie,
yo creo que un señor Cuevas fue
quien de tanto amar la carne
sembró el pecado en medio
de los dos muslos
y en todo el cuerpo
y en todos los cuerpos
hubo también otro señor Cuevas.
Un día centuplicó
en la fría fotografiable
apariencia de los cuerpos
espesuras de guisos entrañables,
persecuciones, iras, espantos,
adoraciones, debilidades,
incertidumbres… cosas
de todos los días.

Hoy vi a un hombre
Idéntico al culpable
caminar por las calles.
Llevaba una caja de cartón rota.
La abrazaba para que no se
le saliera el contenido.
Pero esta vez la caja no traía
la cara que arrancó la máscara
guardada como un tesoro
para que solo algunas confidentes la vieran.
Llevaba a vender de casa en casa
botellas de plástico llenas
de un líquido extraño, verdoso
Lo anunciaba como cloro
cloro para limpiar su baño, su cocina
y no encontré a ningún juez
para poder decirle
“-un enviado, un doble del pintor
quiere llenar las casas de esas,
                                               ¡esas!
de las temibles.
                               ¡Deténgalo!
                Antes los que dicen que al terror
hay que amonestarlo,
que hay que domesticar
                         al mundo
hasta poder comérselo,
que hay que amansarlo hasta
hacer que se alimente de alpiste,
como un pajarito,
un señor Cuevas se pone furioso:
                                     ¡despierten infamias
                                     miedos
                                     dolores
                                     desventuras
                                     agujas enterradas
                                     en las carnes inocentes!
                                     ¡Despierten!
                La humanidad nos ha dado a cada uno
el laberinto,
de herencia.

Agosto 1985

 

 

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