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Mientras en compañía de mi amada esposa Beatriz del Carmen, trabajo en mi pequeño estudio de San Angel, le relato que hay un aspecto de mi obra, que ha sido poco explorada por aquellos que se han ocupado en estudiar mi trabajo artístico. Me refiero a lo que he hecho en el campo de la cerámica. Habiendo regresado de Sevilla en donde permanecí dos meses preparando las obras, en técnicas diversas, que fueron expuestas en el Palacio Mudéjar, muy cerca del Hotel Alfonso XIII, regresé a México trayendo un bagaje de imágenes que me dejo mis recorridos por Andalucía. Entonces fui llamado por Uriarte de la Talavera de Puebla para que trabajara, por primera vez la cerámica, cuya técnica yo desconocía. Fue una experiencia muy importante y mi producción fue abundante. Veinte obras horneadas a 1050ºC, empleando el esmalte y colores naturales. Mi compromiso era realizar 50 cerámicas, pero un extraña experiencia fantasmal, me llevó un día a dejar Puebla dejando a medias el trabajo de realizar las 50 cerámicas que me había comprometido hacer.
Pasarían tres años para que me decidiera regresar a esa bellísima ciudad, invitado para dar una conferencia en la Biblioteca Palafoxiana. Pero al taller de Uriarte no regresé nunca más, acobardado por el recuerdo de ese fantasma, que tenía un nombre de mujer: Perla Safiro. Mi obra inconclusa fue expuesta en el Museo José Luis Cuevas y las veinte piezas fueron adquiridas por mi buen amigo Luis Donaldo Colosio quien poco después sería asesinado. Ahora encuentro un folleto en el que se reproducen mis cerámicas que yo ya había olvidado. Son jarrones y platos cuyos títulos están relacionados a mi permanencia en Sevilla. Cito algunas: “La taberna”, “Las casas de la Judería “, “Flamenco”, “El burlador de Sevilla”, “Archivo de Indias”, Autorretrato libertino”, “La celestina, “Barrio de Triana” y otra de gran formato, que llamé “Autorretrato con hechiceras”, en la que aparecen ocho personajes y algunos trastes.
Mi obra de cerámica es comentada por Leonora Cortina, en la que dice: “Poco tiempo le llevó a José Luis Cuevas adentrarse en la alquimia de la Talavera de Puebla y manejar el zafre, el almagre y el antimonio con la misma destreza con que utiliza la tinta y el lápiz sobre papel. No es de sorprender que su tarea se le facilitará puesto que la cerámica es por excelencia un arte sensual que estimula el tacto, la vista, el olfato y el apetito. El barro, su componente esencial, es un material dúctil y untuoso que se amasa con los pies y se moldea con las manos húmedas. Las formas de las vasijas siempre son orgánicas, de curvas pronunciadas, cadenciosas, por eso una pieza de alfarería, como las míticas Venus, está dotada de cuello, hombros, cintura y vientre.
La cerámica requiere de arte y ciencia, porque es al mismo tiempo, escultura, pintura y alquimia. El alfarero, por su parte, es una especie de hechicero que trabaja con arcillas y mezclas de óxidos metálicos con nombres extraños que por el efecto mágico del horno, sufren transformaciones inesperadas, las formas tiernas se vuelven permanentes y los colores antes opacos adquieren brillo y se definen. Así el alfarero llevado por su intuición, necesita imaginar lo que sucederá después de la hechura.
José Luis Cuevas intuyó, quizá sin percatarse, la esencia de la cerámica y extasiado recreó en las formas voluptuosas de la Talavera, las fantasías eróticas que lo obsesionan. Como el alfarero de los antiguos mexicanos “el tolteca que todo lo conoce… aquel que con su mirada aguda, dialoga con su corazón y le da un rostro al barro” José Luis Cuevas le dio a la loza de Puebla un rostro nuevo. Usó los polvos azules en detalles y aguadas, y el color negro que de acuerdo a las antiguas Ordenanzas se utilizaba tan sólo en pintillas y bordos, lo convirtió en el personaje central y con el dibujó mujeres, gitanos y hechiceras, pero también baño piezas completas sobre las que trazó carnavales, tabernas y señoritas de Aviñón: Piezas magníficas, enlutadas, sorprendentes que evocan por un lado la majestuosa belleza de las ánforas griegas y por otro el refinamiento sutil de los jarrones Huangtao de la dinastía Tang. Prodigio del arte de la cerámica, prefiguración de la pintura moderna en el siglo VIII, que José Luis Cuevas reencuentra por una coincidencia misteriosa, en el taller de Uriarte”.
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Unos años después volví a la cerámica, pero ya no en Puebla sino en el taller de Hugo Velázquez en Cuernavaca. Ya no se trató de decorar vasijas sino que realicé obras tridimensionales que se acercaban más a la escultura, que en aquellos tiempos hacía con cierta frecuencia. Sumaron cerca de cien piezas que fueron adquiridas por los dueños del Centro Comercial que está en Masarik, Polanco. Fueron colocadas en el loby donde hay un cine y para mi gusto están mal iluminadas, pero que con una lámpara de mano, pueden ser miradas y admiradas. Aquellos que han podido verlas creen que se trata de piezas escultóricas de pequeño formato. Efectivamente, parecen hechas en bronce… Mi amada Beatriz del Carmen me dice que le gustaría que volviera a la cerámica para enriquecer el acervo del Museo Cuevas o bien colocar una o algunas en nuestra casa de San Angel. |
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