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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen CXI

19 de octubre de 2009

 

 

Los lunes mi amada esposa Beatriz del Carmen y yo, permanecemos varias horas en el Museo José Luis Cuevas. Ella como directora, atiende varios asuntos pendientes. Yo dedico media hora en caminar por los pasillos del segundo piso. Me ejercito y además reflexiono sobre los temas que tengo que desarrollar en mis obras. Varias telas todavía inmaculadas me esperan en mi estudio de San Ángel. Ahí están esperando que las “ataque” con mi lápiz de carbón. Hay un misterio en esto, porque lo que haré nada tiene que ver con mis reflexiones. Las ideas surgirán en el momento en que me enfrento a las telas o papeles, casi siempre de gran formato. Me intriga imaginar los personajes que cobrarán vida una vez que el trabajo esté terminado. ¿Cómo serán esos fantasmas que poblarán las enormes superficies? ¿Me traicionará mi imaginación y fracasaré en el intento de realizar dibujos o pinturas novedosas que nada tengan que ver con lo ya hecho? Me preocupa repetir fórmulas.  No me agrada transitar por caminos ya andados en otros tiempos. Tengo un estilo propio. Esto ya lo sé. Pongo un ejemplo: es costumbre empezar mis jornadas dibujando autorretratos; pero evito que estos sean el resultado de una fórmula. El rostro es el mismo; el que contemplo en algunos de los espejos que tengo en mi estudio. El modelo es el mismo: yo. Pero procuro que en cada uno de ellos surja algo distinto. Hay cambios notorios en la manera de interpretar mi mirada, mi boca, mi nariz. Lo mismo me sucede cuando trabajo en otros temas, muchos de estos inspirados en los escritores que a diario leo. He sido ilustrador de infinidad de autores, a los que represento de maneras distintas. Siempre hay algo por describir. Aquí en mi biblioteca tengo un cuadro sobre Alfred Jarry (Ubu Roi), a quien ilustré hace algunos años. Pero este, pintado hace poco tiempo, está fechado el 26 de febrero del año que está por terminar, nada tiene que ver con el Ubu Roi que dibujé en tiempos pasados.
Hay un librito que editó Miguel Ángel Porrúa en el que se reproducen 40 retratos  de este personaje literario. Todos están trazados en Barcelona el mismo día: 27 de abril de 1981. Después volvería sobre el tema pero de manera distinta.
El librito sobre Ubu Rois trae una presentación que yo mismo escribí. Digo:
“Diario en el Hotel Cristal. Barcelona.
“Caminatas nocturnas por los barrios gótico y chino. Por la mañana visita el Museo Picasso. En el taller de Polígrafa las cosas marchan bien. He trabajado las primeras planchas sin complejos y los resultados son buenos. En el Hotel Cristal he instalado mi estudio. Como mesa de trabajo se me ha subido una del comedor. En las paredes, los del hotel, con gran gentileza han colgado reproducciones de Goya. Se ha ordenado a las camareras no hagan ruido en torno mío. “Señor artista” me llama una de ellas cuando me sube mi merienda. Leo mucho. Releo a Alfred Jarry, Ubu Roi. Esta obra siempre estimula mi imaginación. ¡Me gustaría  tanto ilustrarla! El personaje es tan mío, como pueden serlo algunos cómicos del cine mudo norteamericano ó los hermanos Marx.
Ubu Roi, el Museo Picasso, los barrios bajos de Barcelona, mis recuerdos de Blanes, donde nació mi abuela Felicia Carbonell, me empujan al trabajo y están logrando que mi sejour catalán, sea muy productivo.
Entre ayer y hoy he realizado cerca de 100 dibujos, incluyendo los 40 retratos de Ubu Roi. No está mal. Habrá material de sobra para la exposición que se proyecta para la galería Joan Prats. Además todavía permaneceré un mes trabajando en mi cuarto del Hotel Cristal y en el taller “Polígrafa” en Parets de Vallés, donde grabo varias planchas que integrarán una carpeta que se llamará “Suite Catalana”.
"¿Qué saldrá en todo este tiempo?”.

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Mi amada Beatriz del Carmen, navega en la red del Internet y siempre encuentra alusiones a mi persona y a mi obra. Hoy me sorprende al entregarme un texto escrito por mí publicado en una revista de Madrid sin fecha de aparición. La revista se llama “ArteGuía” y mi texto es un frustrado escrito en el que Kafka, aparece como personaje importante. Escribí lo siguiente:
“Permanecí durante días encerrado en mi estudio de Nueva York. Me encontraba muy deprimido y evitaba todo encuentro personal. Durante ese tiempo no dibujé nada. Me resultaba imposible contestar las cartas, a pesar de que en algunas se me pedía una respuesta inmediata. Al teléfono lo dejaba sonar, y nunca tuve interés en hacer alguna llamada. Durante ese tiempo me alimenté con lo que quedaba en el refrigerador o en la alacena, Ignoraba lo que sucedía en el mundo, pues nunca se me ocurrió ver los periódicos que se amontonaban en la entrada. Nunca bajé a ver lo que dejaba el correo. A veces me levantaba de la cama para ir al baño o caminar por el estudio. No se me ocurría siquiera mirar por la ventana. En algunas ocasiones timbró la puerta de la calle, pero no tuve ganas de responder. En la cama permanecía en posición fetal, pero no se crea que dormía. Durante ese mi encierro pensé en la inutilidad de mi trabajo de artista. Una vez se me ocurrió revisar algunas publicaciones que se amontonaban sobre mi mesa de dibujo que contenían artículos sobre mi obra. Me pareció todo hueco y sin sentido. Casualmente encontré una carta enviada por una mujer. Estaba ahí desde hacía tiempo. Leí las primeras líneas y con fastidio la dejé. Una mañana empecé a dibujar en mis libretas de apuntes. Hice muchos dibujos y algunos de ellos serían recogidos en un libro que se publicó dos años después. Por la tarde quise comer algo caliente y me dispuse a salir en busca de un restaurante, no sin antes tomar un prolongado baño de tina. Comí solo en una tratoría italiana que queda en la calle ocho.
Después camine a paso rápido. Me sentía muy bien. Al regresar al estudio abrí algunas cartas y me dispuse a contestarlas. También llené algunos cheques para pagar deudas pendientes. Hice algunas llamadas por teléfono y acepte varías invitaciones para los próximos días. A Nueva York había llegado para ilustrar un libro por encargo de Limited Editions Club. Estaba yo en  libertad para escoger al autor. La editora me había sugerido “las voces de Marraquesh”, de Elías Canetti, que acababa de recibir el premio Novel de literatura, pero yo rechacé la oferta por no querer dibujar camellos. Ya en otra ocasión no acepte ilustrar el Don Quijote, porque me obligaba a dibujar un burro. Antes de caer nuevamente en la depresión había leído a varios autores, entre ellos Borges. Ninguno me estimuló lo suficiente. Pensé incluso en Freud y en su interpretación de los sueños. Llegué a hacer algunos apuntes y despés los dejé. Lo mismo me sucedió con “Soledades” de Góngora. Durante mi depresión ya estaba dispuesto a rechazar la oferta y dejar al lado el libro. Ahora, ya de buen talante, volvía a mis lecturas en busca de un autor para ilustrar. Leí poetas tan importantes como Lowel, Rimbaud, Octavio Paz y Baudelaire. Inútil. No me sentí capaz de interpretarlos con mis dibujos. Me desesperaba entonces a ratos, pero no abandonaba las lecturas. En eso estaba cuando recibí una llamada del editor. Le dije que todavía no decidía el tema del libro y entonces él me sugirió ilustrar a Kafka.
Se festejaba el centenario de su nacimiento y sería muy oportuna una edición por mí ilustrada de “La metamorfosis”. Le dije que a Kafka ya lo había ilustrado el año de 1957 por encargo de Falcon Press. Desde entonces no lo había vuelto a leer. Insistió para que volviera al tema y acabo convenciéndome. Volví, pues, a sumergirme en el mundo pesadillesco del autor checo. Las primeras líneas de ”La metamorfosis“ me sugirieron algunas imágenes: "Después de una noche agitada Gregorio Samsa despierta convertido en insecto".
Dejo el libro y lleno toda una hoja grande de papel con infinidad de apuntes. Me adentro más en la lectura… Dibujo a los padres, a la hermana; al insecto con una manzana incrustada en su cuerpo. Trabajo toda la noche. Al amanecer he concluido todo. He realizado 40 dibujos. Más de lo suficiente. Tengo los ojos enrojecidos. Estoy afiebrado. Antes de irme a la cama corrijo algunos dibujos y coloco la hoja, cuidadosamente en una carpeta. Por la tarde entregaré mi trabajo al editor. Ya en la cama me resulta imposible dormir. Me agito: estoy desesperado. Vuelve la depresión, la tristeza, la sensación de desamparo. Me siento Gregorio Samsa e imagino que si me duermo despertaré convertido en insecto. Me incorporo y camino por el estudio tratando de calmarme. Es por demás: la depresión ha vuelto. No me interesa mi carrera de pintor. No me importa nada. Odio a Kafka, porque por él he vuelto a caer en este estado. Avanzo hacia la mesa donde he dejado la carpeta con el enorme hoja de papel con las imágenes que he dibujado. La abro con violencia y me dedico a romper la hoja que mide 3 x 4 metros. Al terminar  mi labor de destrucción me siento liberado. Recojo el papel roto y lo tiro por la ventana. Hay viento y los pedazos los veo volar. Uno de ellos es un retrato del autor checo. Se ha atorado en la escalera para incendios. Ese apunte está intacto. Quiero recuperarlo, salgo a la escalera pero cuando ya casi está en mis manos, el viento me lo arrebata. Lo veo volar muy alto.
Vuelvo a la cama y me duermo sin dificultad. Cuando despierto, cinco horas después, me siento radiante. Le hablo al editor para decirle que he decidido no ilustrar a Kafka. Que seguiré leyendo hasta encontrar al escritor que necesito…”

 

 

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