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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen CXXII

04 de enero de 2010

 

 

Comienza un nuevo año. Es un bebé de apenas tres días de nacido. Es el día en que nació mi madre, que de haber sido extraordinariamente longeva hoy estaría cumpliendo 106 años. Al ser bautizada se le llamó María Regla Novelo. Lo de Regla viene por ser mi abuela cubana y devota de la Virgen de ese nombre. A mi madre no le gustaba ese nombre y le agregó el María. La recuerdo con enorme amor porque fue una cariñosa mujer que adoraba a sus tres hijos: Alberto, Guadalupe y yo. En ese orden. El primogénito estudió la carrera de medicina, aunque tenía otras vocaciones. Desde su adolescencia era un lector pertinaz de filosofía, de física y escribía con cierta facilidad. Lupita a los catorce años decidió ingresar a un convento franciscano. En aquellos tiempos las monjas vivían en clausura total. Se le podía visitar muy de vez en cuando y para mi mamá este encierro permanente de su hija fue algo muy doloroso. Sentía haber perdido a Lupita. Varias veces la encontré en su cuarto llorando. Mi padre aceptó la vocación de Guadalupe; pero en cambio para él fue muy traumático cuando yo le hablé de mi decisión de hacerme pintor. El hubiera querido que estudiara alguna carrera prestigiosa de aquellas que estaban de moda. Un artista, según él, era alguien predestinado a la miseria y al vicio. A pesar de que a una edad temprana conocí el éxito y se me abrieron las puertas de galerías prestigiosas, él continuaba rechazando lo que yo hacía con tanto esmero. Un día me dijo: “Si tienes facilidad para el dibujo ¿por qué no estudias arquitectura?”. En otra ocasión me sugirió me dedicara al dibujo comercial. Me envió entonces con un amigo que estaba al frente de una casa de publicidad que se llamaba Macan Ericsón (no sé si lo he escrito bien). El gerente me puso a prueba y me pidió dibujara en escorzo agudo una botella de Cinzano, con todo y letras. Por supuesto que fui rechazado. Como lo fui también cuando intenté pintar un gran telón que formaría parte de la escenografía de una representación de “La Tormenta” de Shakespeare. Se me entregó un dibujo de regular tamaño, para que yo, encaramado en una escalera, lo ampliara sobre el gigantesco telón. Ahí sufrí un accidente: intentando subir por una escalera que me llevaría a un andamio, caí cuando apenas había pisado el tercer escalón. Me sentí humillado porque un grupo de bailarinas que estaban en el escenario ensayando se rieron a carcajadas al ver mi torpeza. El escenógrafo Toño Mancera trato de convencerme de que volviera a intentar subir y hacer mi trabajo. El conocía mi obra y me consideraba un buen dibujante y por consiguiente apto para hacer lo que me pedía. Al regresar a mi casa le conté a mi padre este segundo fracaso y malhumorado me dijo: “Lo que te ha pasado demuestra que no naciste para pintor, a Dios gracias. Estudia arquitectura.” Tenía yo entonces 16 años.

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Esto que he escrito en una cuartilla, se lo relato a mi amada esposa Beatriz del Carmen, mientras pinto un gran lienzo cuyo título será “La Tormenta”, aunque nada tiene que ver con Shakespeare.
Qué grato me resulta estar en mi estudio pintando con la compañía de mi esposa, quien antes de iniciar nuestra relación amorosa, ha creído en mis capacidades de artista. Como yo creo en las de ella. Ambos estamos muy entusiasmados, porque a finales de enero expondremos juntos en mi museo. Ya están impresas las invitaciones y pronto empezarán a circular. La exposición se ha titulado “Mundos concéntricos: Beatriz del Carmen y José Luis Cuevas”.
Como consecuencia del frío, viento y lluvia, que hemos estado padeciendo, Beatriz del Carmen se ha enfermado de gripa. Ya lleva muchos días de estar enferma. El año nuevo lo pasamos en la cama y no pudimos asistir a una fiesta a la que nos habían invitado. No me he separado de ella y extrañamente no me he contagiado. Esto demuestra que mis defensas están bien. Desde hace más de un año, en la casa de al lado que perteneció a Gunter Gerzso está en restauración y los albañiles empiezan a trabajar desde las siete de la mañana. El ruido que producen es espantoso y a esa hora, se despierta ella. En mi caso no es grave; porque yo acostumbro levantarme muy temprano, pero sí para Beatriz del Carmen, que por estar enferma, debería dormir más horas. Esta desmañanada obligada la tiene con los nervios en punta.

 

 

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