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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen CXXXV

05 de abril de 2010

 

 

Mi amada esposa Beatriz del Carmen, “busca y encuentra”. Abre cajones y aparecen viejos catálogos, que yo consideraba perdidos. Fotografías también y paginas de una época que me dio por escribir diarios. Hay una hoja con el número 2. No aparece la número uno. Infinidad de papeles desperdigados. Cartas de amigos. Encuentro una carta de Marta Traba, posiblemente la última que me escribió. La pone Beatriz del Carmen en mi mano con la seguridad de que para mí eso es un tesoro. Leo unas líneas en la que me habla de un viaje a Colombia donde habrá un encuentro de intelectuales. En esa época ella residía en Paris. Trata de convencerme de que yo tome un avión, que me lleve a esa ciudad. De allá iremos a Madrid donde tomaremos un avión de Avianca que nos llevará a Bogotá. De manera insistente en la carta trata de convencerme de que la acompañe en ese viaje. “No me dejes sola, hermanito. Acompáñame”. Recuerdo haberle contestado, negándome a acompañarla. Ignoro si esa carta que le envié llegó a sus manos porque no sé en qué fecha sería el viaje, que resultó trágico porque al aterrizar en el aeropuerto de Barajas el avión exploto habiendo muerto todos los pasajeros, entre ellos mi querida Marta. En ese vuelo fatídico viajaban también Jorge Ibargüengoitia, Manuel Scorza y el esposo de Marta.
De haber yo aceptado asistir a ese viaje, yo también hubiera muerto. Algo extraño sucedió con la carta de Marta Traba. Habiéndola tenido yo en la mano desapareció. Fue infructuosa la búsqueda que hicimos Beatriz del Carmen y yo. La carta desapareció para siempre.

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De la misma manera una carta de Ulalume González de León, un texto extenso, también desapareció antes de que yo pudiera leerlo. Ignoro pues su contenido. Estas “desapariciones” se dan con mucha frecuencia, en mi estudio de Galeana.

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Vuelvo a la pagina dos de mi diario escrito en el Hotel Dora de Buenos Aires. Digo:
“Que verano más terrible en Buenos Aires. No puedo salir a la calle, llevo ya cinco días de fiebre encerrado en mi cuarto del Hotel Dora. Me informa Bonino que la inauguración de mi exposición fue un éxito. Tout Buenos Aires estuvo presente. Me gustó lo que escribió Mújica Lainez en “La Nación”, el periódico más influyente de Argentina.

Alberto Greco está muy entusiasmado con mi obra. “Me dan ganas de mandar por la borda el informalismo y pasarme a tus filas”, me ha dicho esta mañana.

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Norma no me ha dejado ni un momento. Cada vez la veo peor. En este momento se esta bañando. Oigo la ducha. No se alimenta. Todo lo que hace está marcado por la locura. Su esposo de apellido Barril estuvo en mi cuarto con intenciones de llevársela. Ella enloquecida lo golpeó y el pobre hombre cayó al suelo. Fué una experiencia espeluznante. Ayer se pasó toda la noche llorando porque Barril le dijo que el pibe continúa con la infección de un oído. Yo continúo con fiebre alta. Norma Rioseco, parece escapada de alguno de mis dibujos. En momentos de lucidez se la pasa escribiéndome poemas eróticos. Cuando agota las hojas del hotel, continúa escribiendo en las paredes del cuarto. Todo lo que escribe revela un estado de locura, que va en aumento. Lo terrible es que siento que yo me estoy sumergiendo en ese mundo, que es de ella y que empieza a ser mío también. Me preocupa imaginar que la locura puede ser contagiosa. Greco: te suplico que hagas algo para que se vaya de mi cuarto de enfermo. Me preocupa que los del hotel me echen del cuarto por pintar las paredes donde están los garabatos eróticos de Norma, quien por cierto me inspira una gran pena.”
A Alberto, años después lo encontré en Madrid caminando como un zombi por un callejón de Madrid. Nos saludamos y después cada quien siguió su camino. Me dijo que vivía en la casa de un pintor que le dio albergue. Después supe que se había suicidado. De Norma supe que había sido internada en un manicomio. Ahí murió durante una sesión de electroshocks. De Barril, su esposo, se entregó a la bebida y durante sus borracheras repetía una y otra vez el estribillo, “Norma Rioseco solo ha amado a dos hombres, a mí Barril, y al pintor mexicano José Luis Cuevas”...

 

 

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