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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen CXXXVIII

26 de abril de 2010

 

 

Quien ama los libros trata de conservarlos de la mejor manera. Ahora que armo mi cuarta biblioteca encuentro algunos muy deteriorados por el paso del tiempo y la humedad, el peor enemigo del papel. En esta ocasión encuentro dos libros en francés: Le Musée Gravin y Les Demi Cabots, ambos muy bien ilustrados. Otro más es de Vargas Vila y se titula “Libre estética”. Este autor escribió a veces obras muy escabrosas. Se prohibía a las muchachas de aquellos tiempos que los leyeran y éstas lo hacían a escondidas. Lo mismo sucedía con el escritor que se hacía llamar “El caballero audaz” y pocos eran los que conocían su verdadero nombre.
Mi amada esposa Beatriz del Carmen es quien se encarga de que mis libros tengan la mejor apariencia y en manos de magníficos restauradores, mis libros, antes de estar deteriorados, adquieren una belleza extraordinaria. Ahora acabamos de entregar un libro sobre ciencias naturales, que requiere un trabajo de restauración. Se trata de un volumen, de gran tamaño al que yo recurría cuando necesitaba dibujar plantas o animales.
La nueva biblioteca se la debo a Beatriz del Carmen que con su sentido innato de la arquitectura amplió la sala y en el nuevo espacio diseñó un librero que por el momento alberga casi tres mil volúmenes.

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En 1971 se imprimió un libro sobre Alaíde Foppa. Se hizo una presentación en la que yo participé. La autora Gilda Salinas entrevistó a todos aquellos que le conocieron. Sin haberlo leído me lo traje a mi casa y lo perdí. No llegué a leerlo, pero ahora que busco por todos los rincones de mi estudio de Galeana, libros para enriquecer mi nueva biblioteca, encontré en un cajón el libro homenaje a Foppa. Hay un poema que me dedica, cuando estaba yo en París. En la página 126, esbozo un retrato hablado de mi gran amiga. En las últimas líneas digo:
“(...) Alaíde Foppa era una mujer que siempre estaba sonriente ¿no?, ante una cosa que yo decía que le parecía una barbaridad, sonreía siempre... pero había algo de una persona triste en ella, no era alegre, era mas bien melancólica, incluso algo misteriosa; esta misma cosa de no saberse exactamente si era guatemalteca, italiana, argentina o qué, por su mismo acento. Eso le daba un misterio, pero era una persona que se daba a querer, no era una gente con la que uno quisiera discutir y como te digo había algo melancólico; no sé de donde le vendría eso, pero como se trataba de una mujer introvertida, no revelaba mucho”.
En la página 132 se reproduce un poema, que como carta me envía Alaíde a París. Dice:

CARTA A JOSE LUIS CUEVAS

Querido José Luis,
dichoso tú que no necesitas palabras.
Yo lucho con ellas todos los días,
las persigo, las rechazo
se me escapan,
y si logro atrapar alguna,
no, no era ella,
o me deja apenas un polvillo de oro
entre los dedos.
Dichoso tú que ves brotar
de tu mano
a tus personajes fieles
como espectador asombrado:
te libras de los monstruos que acechan,
descargas tus rencores,
y disfraza la piedad asoma en un gesto imprevisto.
Te dueles de tantas cosas sin palabras ni lagrimas
y te ríes casi sin saberlo.
Tampoco te importa el jardín espléndido
de la Renaudiere,
ni el dorado otoño de París,
ni sufres, como yo temía, el exilio.
¿Acaso podrías exiliarte de ti mismo?
Todo lo que te importa te lo llevaste contigo,
y las palabras que tienes te bastan
para hablar con los tuyos,
y afortunadamente, para escribir a veces
entre las líneas del dibujo
a una amiga que te lo agradece
y te devuelve -ay, sin dibujo alguno-
estas deshilvanadas palabras
que algo te dirán, espero,
de añoranza y cariño”.

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Una tarjeta más del incansable viajero, Marco Antonio Campos. Ahora ha sido entregada al correo en Quebec, Canadá y está fechada el 10 de abril del 2010.
Dice: “Todos los sitios de Quebec recuerdan que José Luis Cuevas es el más grande dibujante de los dibujantes...”
MAC

 

 

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