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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen CXL

10 de mayo de 2010

 

 

En muchas ocasiones he estado en peligro de muerte. Recuerdo que estando en una fiesta en casa de Ruth Rivera, con quien tuve una magnifica amistad, un doctor, cuñado de Diego Rivera, armado de una pistola me amenazó con dispararla. Yo me encontraba muy tranquilo conversando con don Celestino Gorostiza, que en aquel tiempo era el director del INBA. El médico de nombre Francisco Marín, estando muy cerca de mí, amenazó con matarme. El hombre estaba alcoholizado, lo que lo hacia más peligroso. Me puso la pistola en la frente y por su estado etílico, en cualquier momento podía cumplir con su amenaza. Con dificultad se movía. A unos cuantos centímetros de mi profería las groserías a la que son tan afectos los mexicanos. Yo esperaba que en cualquier momento, apretara el gatillo. Gorostiza trataba de calmarlo diciéndole que no hiciera algo del que se arrepentiría el resto de su vida. El beodo le contestó en forma soez y yo esperaba que en cualquier momento accionara el arma. Pero por su estado de embriaguez, perdió el equilibrio y el arma cayó muy cerca de donde estaba don Celestino. Éste la guardó en la bolsa del saco. Me pidió que dejáramos la “fiesta”. Que en su auto me llevaría a mi casa. Así fue.
El año de 1957 tuve un accidente en una motocicleta de marca Triumph. En una curva la moto se derrapó y yo no pude hacer nada para evitar el accidente. La moto pegó contra una piedra y yo caí en la carretera, mientras el artefacto, se caía al precipicio. Quedé tirado en el asfalto esperando que alguien me ayudara. Como una media hora después pasó un auto en que iba un pintor colombiano de nombre Guillermo Silva Santamaría. El que manejaba era un norteamericano. Entre ambos me cargaron y ya en el auto perdí el conocimiento por la mucha sangre que estaba perdiendo por la herida que tenia en la ceja izquierda. Me llevaron a la Cruz Roja, donde fuí atendido muy torpemente por un médico. Al notar su impericia no permití que me anestesiaran. Pedí un espejo y yo mismo dirigí la saturación de mi herida que era bastante profunda.
En 1959 sucedió un accidente aéreo, del que milagrosamente me salvé. Abordé un avión (Scandia) que salía de Sao Paulo para aterrizar una hora más tarde en Río de Janeiro. Tomé el avión y antes de que levantara el vuelo éste se desplomó, habiendo muerto todos los pasajeros... menos yo. No sufrí ninguna contusión. Abandoné el avión caminando a pie. Al llegar al aeropuerto, pedí se me reservara un lugar en la misma fila donde yo me había salvado. Hice hincapié en que quería viajar en la misma línea aérea. La señorita que me atendió, me dijo sorprendida, que era yo muy valiente. Le contesté que las probabilidades de que sucediera lo mismo, eran mínimas. Imposible que cayera un avión de la misma línea, una hora después y contando el mismo número de pasajeros. Es el vuelo más seguro que he hecho en mi vida. Y así fué, llegué a Río después de un placentero viaje. Siendo yo el único sobreviviente en la catástrofe, fuí muy bien atendido.

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Haciendo un viaje de Roma a Milán, en un auto de la Fiat, que días antes había adquirido, fuí víctima de un accidente del que también me salvé milagrosamente. En una curva que era conocida por la cantidad de accidentes que ahí habían pasado. El auto se fue al precipicio pero yo pude salir abriendo la portezuela. Ningún resultado fatal me sucedió. El auto desapareció en el profundo barranco. Esa noche la pasé en un hotel que se llamaba San Quirico de Orcia y fuí muy bien atendido por la bella encargada del buen funcionamiento del hotel. Cerca de éste había una iglesia en el que había culto al pintor Masaccio, muerto en plena juventud.
Estas son algunas historias que le hago a mi esposa, Beatriz del Carmen, antes de que nos venza el sueño.

 

 

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