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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen CXLII

24 de mayo de 2010

 

 

Imponerse la tarea de escribir semanalmente estos cuevarios provocan en mí, una gran pereza. Le pregunto a Beatriz del Carmen, mi amada esposa, que cosas relevantes pasaron durante esta semana que termina. Me menciona nombres de personas que vinieron a la casa a comer: Anita y Ramon Xirau, Elena Poniatowska, Elena Vela, Guadalupe Loaeza. Fué una reunión divertida. Guadalupe fué quien llevó la batuta. Dijo cosas chispeantes y todos nos reímos. Pero ésto resulta insuficiente para llenar dos cuartillas. También puedo decir que viajamos a El Paso, Texas, donde dí una conferencia en la Universidad que organizó Enrique Cortazar. El tema fué para mí muy divertido hablar durante más de una hora sobre la trayectoria de Tin Tán, el gran cómico mexicano, que vivió durante los primeros años de su vida en Ciudad Juárez. Se imprimió un cartel de tamaño generoso, en que aparece un rostro cómico en la mitad de la cara él y en la otra yo. Magnífico diseño. La asistencia del público fué muy nutrida y al terminar mi conferencia fuí aplaudido durante siete minutos, con todas las personas de pie. Yo me levanté y mi cabeza giraba de un lado al otro, para agradecer el entusiasmo de los asistentes. No cabe duda que tanto Tin Tán como yo somos muy “taquilleros”.
Dos días después hubo un banquete en el patio de “La Giganta” y se me entregó un reconocimiento “por mi contribución al arte y la cultura del mundo y en especial por el apoyo incondicional con la promoción del comercio entre México e Israel”.
En Internet apareció un texto de Marta Dueñas en el que asegura que ella fué la modelo de mi escultura “La Giganta”. Esto no es cierto, porque se trata de un infundio  ¡qué horror! La giganta, vista por atrás soy yo y vista de frente es una modelo cuyo nombre nunca he querido revelar.
Una semana más se ha ido. A pesar de los trastornos que he padecido durante los últimos tiempos, no he dejado de trabajar. He realizado más de 100 dibujos todos ellos de pequeño formato, todos ellos de tamaño chico y serán expuestos en la nueva sala que de esta manera abre sus puertas al público. Trabajo arduo para quien está padeciendo un problema de ciática, enfermedad muy dolorosa.
He recibido un texto muy extenso escrito por Marco Antonio Rodríguez, presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Será incluido en un libro de próxima aparición. Se llamara “Artista de nuestra América”. Reproduzco a continuación las primeras líneas de tan espléndido ensayo:
CUEVAS EL ILUMINADO.- “Lo veo a los veinte años: sabio, iconoclasta, erguido, demoledor con sus enemigos, sus movimientos un poco más lentos de cuando lo conocí. Suficiente y retozón, especialmente cuando dialoga con el público, por eso, quizás, lo tildan de soberbio. Nada más alejado de la realidad, ese juego de espejos que ostenta al conversar sobre su vida y su obra, es el escudo para sobrellevar sus miedos cervales: hipocondria, supersticiones, obsesiones, tanafobia... José Luis Cuevas lleva a cuestas una criatura tumultuosa y desgarrada, a veces risueña y traviesa, otras grave y áspera (para sostener sus postulaciones o extinguir a sus detractores, jamás con impertinencias, siempre con el aguzado escalpelo de su prodigiosa inteligencia), pero cada día más grande, al punto de que no sé cómo puede lidiar con ella. Nada ni nadie antes que el nadie él, nadie ni nada  antes de él. Es su fatum: el de aquellos seres humanos que llevan el estigma del genio. Esa palabra que emerge lo define y contiene, pero que es apenas expresable, comprensible.

Finalizaban los treinta del siglo veinte y aún circulaban efluvios de los torbellinos y ventiscas de la Revolución Mexicana (más que revolución exclusión social que sacudió los cimientos del sistema pero este se quedó intacto). En una de las casas del Callejón del Triunfo, nació Cuevas. En los altos funcionaba una fábrica de papel. Los recuerdos del maestro se deslizan entre recortes y espirales de papel. José Luis o El Callejón del Triunfo, titulo el ensayo que escribió sobre el artista Andre Pieyre de Mandiargues. Pero Cuevas está más allá de esas palabras de salón: triunfo, éxito, fama.... porque su vida y su obra (¡cómo esconderlas!), son un colosal monumento exploratorio de la condición humana. Atrozmente sabio. Ferozmente bello. Luminoso y sombrío”.
 

 

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