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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen CXLIV

7 de junio de 2010

 

 

Mi amada esposa Beatriz del Carmen es una trabajadora incansable. Le pido que se dé un respiro. Que se recueste. Permanece en la cama tan solo unos minutos y luego se levanta por recordar algo que tiene qué hacer. Para junio habrá varias actividades, todas ellas surgidas de su imaginación. Reviso su agenda y descubro que solo en junio sucederá lo siguiente: el 23 de este mes habrá la inauguración de una nueva sala que se llamará “Siameses”. Se expondrán obras de pequeño formato. Todas estas fueron realizadas durante los días de mi enfermedad. Suman más de cien pequeños dibujos. En unas vitrinas se expondrán 50 libros con portadas que yo he hecho. “Cuevas portadista", se llamará la muestra. Los dibujos vendrán muy bien enmarcados y se presentarán en columnas que llegan hasta el techo.
El 26 de junio, habrá un evento que para mí es muy importante. La avenida Alta Vista cambiará de nombre y se llamará “Paseo José Luis Cuevas”. Para el día último del mes se presentará en el Palacio de Bellas Artes el libro que se editó el año pasado con motivo de mi exposición homenaje. Participarán Teresa del Conde, Luis Rius y yo. También en junio, coincidiendo con el aniversario del Museo que lleva mi nombre, se inaugurará una exposición de obras nunca antes expuestas de tamaño generoso.
El Internet siempre me trae sorpresas. Aparecen textos diversos como el que ahora llega a mis manos. En esta ocasión es Lelia Driben crítica de arte, argentina, la que escribe un ensayo del que tomo unos fragmentos y reproduzco éstos ante la imposibilidad de publicar todo lo que esta crítica argentina ha dicho:
“Bajo la parcial lección de José Clemente Orozco y de Picasso, José Luis Cuevas reinventó el dibujo en México y en Latinoamérica. La transformación deformadora de la figura humana, así como su desellamiento profundo, resultan ejes Constitutivos en la producción de este hombre que comenzó a dibujar y a exhibir sus formas desde muy joven, allá por los años cincuenta (...)
(...) El dibujo de José Luis Cuevas, insisto, es una metáfora de la materia humanada seccionada, amputada: una cirugía de formas que generan brotaciones, procreaciones como dijera alguna vez Marta Traba, de nuevos miembros en la morfología humana. En tal sentido, Cuevas también encuentra uno de sus modelos en la “lección de anatomía” de Rembrandt. Pero si Rembrandt recrea el ámbito de una sala de modelos en la que el Dr. Tulp enseña a sus alumnos que es lo que la piel del cadáver esconde bajo su masa, Cuevas reengendra una figura humana disuelta, desagregada de sí misma, con múltiples extremidades, una figura humana, fantasmal y afloradora de una materialidad otra, aquella que nace bajo la concreción simbólica del dibujo. José Luis Cuevas cierra el relato rembrandtiano para engendrar, formalmente, otra materialidad en la que late la escoria y la miseria de la materia humana.
Y hay, implícitamente, un relevamiento metafórico de la muerte en los protagonistas del infierno que traza este autor. Hay nacimiento –de nuevas anatomías- y preanuncio, augurio de lo que serán las anatomías en esa zona oscura de lo mortuorio. Pero no hay morbidez, el rigor absoluto del dibujo y la falta de excesos narrativos como otra modalidad del mismo rigor, ausenta este aspecto dentro de su obra. “La gusanera” también llamada “Mercado de carne en Hamburgo”, alude a aquella anticipación de la muerte. (...)
(...) Después de Frida Kahlo, José Luis Cuevas es el mayor autorretratista de México. Pero ¿cómo se autorretrata? Desollándose, auto inmolándose al tiempo que se afirma, como la cara negada, el reverso del narcisismo. Existen los mil retratos de Cuevas, tras ellos un enigma. ¿Quién es el que se pinta así mismo al tiempo que crea un personaje farandulesco, espectacular con su propio accionar? Creo que para Cuevas su propia carnalidad es una obsesión primaria y siempre denegada”.

 

 

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