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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen CXLVIII

05 de julio de 2010

 

 

Hay un periodista muy menor que desde que se inició en el periodismo, hace ya muchos años, saltando de rama en rama sin encontrar acomodo. Había yo tomado la decisión de no contestar a personitas muy menores, pero ahora no resisto las ganas de poner en su sitio a Cardona a quien conozco poco. Pero que no pierde la oportunidad de atacarme a través de golpes bajos. Me quiso molestar cuando dice que mi precocidad se ha extendido hasta las fronteras de la ancianidad. Es como si yo dijera que Cardona es un hombre tocado  por sentimientos de inferioridad, por haber sufrido una quemadura que le chamusco su rostro, sino que además el fuego quemó sus neuronas. De ahí su estulticia, su tontería inútil. Pobre de Rafael Cardona. Seguramente sufre mucho cuando está obligado a contemplarse en el espejo. Arremete contra todos como si todos tuvieran la culpa de su espantable fealdad. Escribe "Cristalazos", con los que pretende ofender al contrincante, sobre todo cuando éste posee un físico más bien normal. Pobres de los feos, que lástima me dan.

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Mi amada Beatriz del Carmen, me llama a través de su celular y me da una noticia que me entristece: Un buen amigo ha muerto. Escucho la noticia a través del radio. Se trata de Armando Jiménez el autor insustituible de la Picardía Mexicana que alcanzaba tirajes de miles de ejemplares. Con frecuencia me visitaba en mis dos casas. Recién había dejado la ciudad de México, pues sus hijos se lo llevaron a Chiapas. Este cambio lo entristeció, pues amaba la ciudad que dejó. Era un cronista del acontecer en la capital de la República. Este cambio lo entristeció. Era don Armando un hombre de formidable sentido del humor. Hablaba como escribía. Un amigo más ha dejado de vivir. Pasaba de los ochentas pero por haber sido, además de arquitecto un hombre que hizo mucho ejercicio, se mantenía en buena condición física. En lo que va del año, ya han fallecido amigos entrañables. El primero fue Carlos Monsiváis a quien también podríamos considerar cronista de esta ciudad. Y antes que él se nos fué Gabriel Vargas creador de “La familia Burrón”. A este lo conocí poco; pero fuí asiduo lector de la revista que publicaba. Descansen en paz.

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Recibo una invitación de la Academia Mexicana de la Lengua, para que asista a la sesión solemne que se efectuará en homenaje luctuoso, todos ellos académicos de número. Cuatro de ellos fueron amigos míos. A quien nunca conocí fue a D. Ernesto de la Torre Villar. Con los otros cuatro sí tuve buena amistad; Ellos son José Luis Martínez, Andrés Henestrosa, Víctor Hugo Rascón Banda y Eulalio Ferrer. Este último fué con el que mejor amistad tuve. Nació como yo, un 26 de febrero adquirimos la costumbre de reunirnos ese día, en compañía de Raúl Anguíano que también era piscis. Mis encuentros con D. Eulalio eran frecuentes. En su casa del Pedregal, solíamos encontrarnos en varías ocasiones. Eran comidas a las que asistían un gran número de amigos. Entre ellos Mario Moreno (Cantinflas), Octavio Paz, Lola Beltrán y muchos otros más que ya también han fallecido.

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Ayer jueves pas ó algo muy curioso. Habían circulado infinidad de invitaciones, para que aquellos que las recibieran, asistieran a la presentación del libro-catálogo que editó Bellas Artes con motivo de la exposición que se presentó el año pasado en mi homenaje. Los autores, los escritores, Luis Rius, Terea del Conde, Magdalena Zavala y yo. Tres de ellos muy puntuales, con la excepción de Teresa que en el último momento se disculpó por no poder participar por encontrarse enferma. Los sobrantes sí llegamos muy puntuales. Cada uno de nosotros seriamos los presentadores. Pero ahí tienen, que enterarse que no se presentó ninguno de los libros. Se entiende que esas presentaciones se hacen con el propósito de que los asistentes adquieran ejemplares de la publicación. Luis Rius fué el primero en hablar y después me paso el micrófono. Yo confundido tomé la palabra y durante más de una hora y media dí una conferencia y olvidé mencionar el libro. Ya en el auto, con sorpresa, le dije a mi amada esposa: ¿qué pasó con el libro? ¿Quién fué el responsable de este olvido? ¿Dónde estaban los ejemplares que debieron ser vistos por los asistentes? Beatriz del Carmen y yo soltamos al unísono una carcajada, cuando le dije a ella: hay que volver a hablar a los funcionarios del INBA para que vuelvan a agendar una fecha para, entonces sí, presentar la edición, que por cierto esta muy bonita. Los descuidados somos nosotros. Los que olvidamos ahí sentados en el salón de los murales, donde yo dí una conferencia que duró más de una hora y media. 

 

 

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