|
Mi bibliografía es bastísima que arranca el año de 1966. El primer libro sobre mi obra y vida, fué escrito por Carlos Valdés quien falleció hace mucho tiempo. Fué publicado por la UNAM. Desde entonces ya llevó más de setenta en las que incluyo las obras autobiográficas. La primera se llamó Cuevas por Cuevas y se publico el mismo año de 1966. Ambos libros se hicieron en su tiempo, amplia difusión. Hoy los saco de mi anaquel y lo hago con enorme nostalgia. Doblando las páginas me encuentro de nuevo los personajes que en aquellos tiempos dibujé.
Ahí están los locos de la Castañeda, las prostitutas de la calle del Órgano, las mujeres de la Comedia Humana, Los Mundos de Kafka y Cuevas, “Los Funerales de un Dictador”, “La conquista de México” y antes de esto mi autobiografía precoz, que se llama Recuerdos de infancia. La publicación es de 1966 y el diseño fue de Vicente Rojo. En aquel año aparecieron estos dos libros y mi biografía solo contaba con estos dos tomos, aunque el año en que posiblemente se inició mi gusto por la publicación de literatura sobre mí, fué 1955 cuando por primera vez expuse en París. En vez de catálogo se publicó un libro de pequeña estampa, que contenía varios textos de autores famosos.
Fué un libro editado por la editorial Artistes de ce temps y el editor se llamaba Michel Brient.
Releo ese primer libro sobre mi obra. Con mi adorada esposa, Beatriz del Carmen, a mi lado. Ahora entresaco algunos párrafos del ensayo de que con tanto esmero escribió Carlos Valdés, con quien tuve una gran amistad.
“José Luis Cuevas siendo aún muy joven, realizó su primera exposición. Casi todas las opiniones críticas que aparecieron en los periódicos estuvieron de acuerdo: el nuevo artista poseía un gran talento, pero estaba demasiado influido por la obra de Orozco. Esto sucedía en 1953, cuando el artista tenía 19 años. Más tarde expuso en la galería Pan American Union, en Washington. La exhibición resultó un triunfo; la mayoría de las obras se vendieron la misma noche de la inauguración. Esto fué el principio de una serie de triunfos ininterrumpidos: París, Nueva York, Lima, Caracas, Buenos Aires y otras muchas ciudades europeas y americanas conocieron y alabaron la obra del nuevo artista, que se distinguía por su originalidad, su imaginación, su sentido trágico y la fuerza expresiva de sus dibujos y pinturas.
En un periodo de once años, Cuevas ha conquistado un importante puesto entre los pintores de fama internacional. En México existen otros jóvenes con talento, pero ninguno posee su originalidad y su fuerza, Orozco fue el pintor más destacado de la Escuela Mexicana y en Cuevas encontró un digno sucesor.
Cuevas abrió precozmente los ojos al mundo del arte (como nos lo narra en su autobiografía; Cuevas por Cuevas. Era, 1964); una de sus primeras impresiones estéticas, cuando todavía no abandonaba las aulas escolares, fueron los frescos de Orozco, Rivera y Siqueiros. Estas pinturas grotescas y perturbadoras –quizá más aún porque no acababa de comprenderlas- lo fascinaron, pero poblaron de pesadillas su imaginación infantil.
Cuando José Luis Cuevas expuso por primera vez, algunos críticos al conocer sus dibujos pesimistas y terroríficos, y al joven artista de apariencia ingenua y bondadosa, dudaron de la autenticidad de la amargura expresada; pensaron que su arte demoniaco era producto de lecturas mal digeridas, y que cuando pasara esta impresión y que, su obra se dulcificaría. Sólo el tiempo pudo sacarlos de su error (hasta cierto punto justificado, por la apariencia física y la juventud del artista). Un año más tarde, Cuevas expuso en Norteamérica, todos los críticos de ese país fueron menos escépticos y suspicaces; aceptaron o condenaron sin vacilaciones la visión torturada y satánica que les ofrecía el joven artista de 20 años. (…)
La vecina fábrica de papel, administrada por su abuelo, con sus montañas de resmas familiarizó a Cuevas con uno de los materiales básicos de su arte. Desde muy niño tuvo afición por el dibujo; su primer alegría infantil fué trazar figuras con pedazos de carbón sobre el piso de la cocina, pero los dibujos desaparecían al día siguiente cuando la sirvienta efectuaba la limpieza de la casa”. (…)
|
|