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Mi relación amorosa con

Beatriz del Carmen CLIV

16 de agosto de 2010

 

 

Tuve anoche un sueño maravilloso: soñé que soñaba. Me encontraba en la estación de tren de Margency que me llevaría a Vallauris donde me encontraría con Picasso. Caía una lluvia pertinaz y hacia mucho frio. Era conciente de lo que me estaba pasando era tan solo un sueño. No quería despertar. Esperaba que el tren pasara, se detuviera y yo lo tomaría. Pero pasaba el tiempo y el tren no aparecía. Era de noche. Preguntaba al encargado  de la estación, me dijera por qué no llegaba el tren. Somnoliento el hombre me informaba  que el tren no pasaría en el tiempo acostumbrado. No me daba ninguna información; pero me aseguraba, que había que esperar hasta el día de mañana, porque se le había dicho que el tren llegaría  hasta las siete de la mañana. Ignoraba la razón de ese retraso. Yo me desesperaba y me decía que tendría que esperarlo en una banca de la estación. Me contestaba que hiciera lo que me diera la gana, lo que él podría prestarme era una cobija y darme una taza de café bien caliente. Aceptaba su oferta y, me acurrucaba en la banca cubriéndome con la manta maloliente. Me quedé dormido y pedí  se me despertara  a la hora en que el tren llegara. Cuando el tren llegó ya estaba yo despierto. Había dormido pocas horas. Había pasado la noche y tuve sueños muy extraños. Como sucede en los sueños, de pronto ya me ví en la estación de Vallauris y en la distancia ví a Picasso en shorts. Le expliqué lo que me había pasado. Abordamos su automóvil que manejaba su hijo Paul y nos dirigimos  a su casa que daba al mar. Picasso hablaba en francés con Paul. Le llamaba Pablito. El en cambio se dirigía al padre y le decía Monseñor. Después de una larga trayectoria, pude ver un castillo a la distancia. Era donde vivía Monseñor.
Eran las 11 del medio día. Yo trataba de hablar con Picasso, pero no contestaba nada, simplemente me miraba con cierta curiosidad. Le pregunté qué estaba haciendo ahora y secamente me contestó “Hago cerámicas. Ya te las mostraré”.
En ese momento yo desperté y me levanté a orinar. Regresé a mi cama y extrañamente  continuó mi encuentro con Picasso. Me llevó a que viera las cerámicas que ya tenía terminadas. Eran decenas de éstas. Puso a mi disposición unos jarrones y platos, para que yo los decorara. Hice tan solo una pieza. Después nos fuimos al mar. Ni Picasso ni yo sabíamos nadar. Picasso se metió al mar pero el agua le llegaba hasta las rodillas. Fué cuando me enteré que nunca había nadado. Que tan solo lo hacía, precautoriamente, para que el fotógrafo Douglas Duncan le tomara fotos.

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Ayer 14 de agosto, fue el cumpleaños de mi amada Beatriz del Carmen. Aceptamos la invitación que nos hizo nuestro buen amigo José Luis Ibarrola en su soberbia casa de Cuernavaca. Nosotros fuimos y pasamos tres días  en nuestra casa de la misma ciudad bien llamada “la de la eterna primavera”. El clima era espléndido en lo que se refiere a la calidez de las mañanas. Aunque hubo una constante llovizna. Resulta que el mismo día del cumpleaños de Beatriz del Carmen era también el cumpleaños del hijo del gran médico y amigo. Así que el festejo fue doble. La pasamos muy bien. En la comida se sirvió una paella, uno de los platillos que a todos gusta. Hubo orquesta y también mariachis. Mi tocayo y su esposa Sandy, se revelaron como grandes bailadores de todos los ritmos. Beatriz del Carmen ha hecho una gran amistad con la simpática Sandy y no hay día que no se comuniquen a través del teléfono. La fiesta se prolongó hasta la noche, y cuando ya nos íbamos  vimos a los meseros, moviéndose por las diferentes mesas sirviendo a los asistentes los indispensables chilaquiles.

 

 

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