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Acompañado de mi querida esposa Beatriz del Carmen, viajé en avión a Aguascalientes donde recibiré mi quinto Doctorado Honoris Causa que me otorga la Universidad Autónoma en el Primer Patio del Museo Nacional de la Muerte, del edificio Jesús Gómez Portugal. La Orden del Día incluye las Fanfarrias Universitarias, el Pase de Lista y Presentación de Autoridades, Presentación del Doctorado por parte del Dr. Alfonso Pérez Romo, discurso de aceptación por parte del Doctorado, Maestro José Luis Cuevas, Imposición del Doctorado, Maestro José Luis Cuevas, Imposición del Doctorado Honoris Causa. Toma de protesta y mensaje por parte del M.C. Rafael Urzúa, Rector de la UAA y se clausura la Sesión después de escuchar el Himno Universitario. Después se inaugura una exposición integrada por grabados y esculturas, todas prestadas por el Museo José Luis Cuevas. Magnífica asistencia de público. Un homenaje más de los muchos que he estado recibiendo en los últimos meses.
Reproduzco a continuación, parte de la presentación que corre por parte del Ex Rector, Alfonso Pérez Romo, con quién me une una antigua amistad. Dice:
Muy distinguido señor rector y honorables miembros del Claustro Universitario. Señoras y señores:
Considero como una inmerecida distinción el que se me haya designado para acompañar ante este honorable Claustro al eminente artista mexicano José Luis Cuevas en el acto de su presentación para recibir el grado de Doctor Honoris Causa con que ésta Casa quiere dejar constancia de los méritos de un maestro cuya contribución a las artes y la cultura en general ha rebasado los límites de nuestro país.
A mediados del siglo pasado un puñado de jóvenes artistas protagonizaron un movimiento de ruptura contra la modorra y el aburrimiento estéticos que el patrocinio oficial había impuesto a la creatividad después del esplendoroso relámpago de nuestros grandes muralistas. Se acabó canonizando el mensaje en demérito de la sustancia, condenando a la repetición insulsa, al ahogo de la originalidad que debe renovarse siempre y a la sumisión del arte al servicio de las ideologías. Este marasmo les hacía recordar la suerte que ha corrido el arte cuando cae en las manos del aparato burocrático de gobiernos autoritarios; ahí estaban los casos recientes de la destrucción de la Bauhaus y las vergonzosas exposiciones del “arte degenerado” de Hitler y el no menos castrante fenómeno del llamado “realismo soviético”.
Si en nuestro país las cosas no llegaron a tanto, se debió sin duda a que por un lado nuestras autocracias siempre han querido ser “dictablandas” y por otro a la valentía de este grupo de jóvenes, que como los que luego vimos demoliendo a barretazos el muro de Berlín, se animaron a apuntar sus machetes contra el “muro de nopal”.
Entre estos notables artistas destacó pronto la figura de su más carismático y combativo exponente, el joven José Luis Cuevas.
(...) sin duda la figura más destacada de este momento en que el arte mexicano se abre a un mundo que asombra con nuevos hallazgos estéticos, es José Luis Cuevas.
También es cierto que el esfuerzo y al genio renovador, se unió la voz de Octavio Paz que con su pluma supo apoyarlos y enfrentarse al intelectualismo oficial a pesar de las cuchufletas de los incondicionales.
Cito textualmente a Paz:
“Combatí por la libertad del arte cuando los dogmáticos y las diaconistas delirantes distribuían anatemas y excomuniones como pan maldito; me negué a confundir la bandera tricolor con la pintura y a los catecismos del realismo socialista con la estética. Fue una pelea solitaria pero luego aparecieron Cuevas, Gironella y García Ponce, cierro la cita.
(...) Cuevas no sólo aportó la originalidad fascinante del suyo, sino que asumió el papel de vocero, de líder abierto y polémico en los medios, los foros, las plazas y las calles. Su palabra irónica, lacerante y demoledora fue la que logró abrir las brechas por donde luego entraron en el ámbito artístico de México todos los aires renovadores del mundo contemporáneo.
Cada vez que se ha dado una ruptura en la historia del arte universal, se ha acostumbrado acompañarla de un manifiesto a la vez destructivo de las inercias y acicate de nuevas esperanzas.
La ruptura de los años 60’s no tuvo otro manifiesto más contundente, valeroso y corrosivo que la presencia, la voz y la obra de José Luis Cuevas.
Porque en esta clase de gestas, en que la historia da un vuelco hacia horizontes nuevos, despojándose de camisas de fuerza que una seudointelectualidad cautiva obsequiosa fábrica para regodeo y sostén de las autocracias, no basta la voz, ni la denuncia, ni la lucha callejera; hace falta tener tras de si la ejecutoría de una obra capaz de dar fe de lo que se postula.
La grandeza de Cuevas entonces, no se debe sino en mínima parte a la notoriedad que todos los medios le dieron a sus batallas verbales ácidas y contundentes. No. Se debe principalmente a su genio y a su creatividad plástica. Se debe a la calidad de una obra que ha sido ampliamente recibida, comentada y aplaudida no sólo en México y los países hermanos hispanohablantes. Ahí están las elogiosas críticas de los dos grandes centros del arte occidental en el siglo XX, como Nueva York o París, para comprobarlo.
Esta manera originalísima y profunda de hacer arte ha sido llamada por algunos críticos como “expresionismo fantástico”; y en otras tierras, bautizado como insider (tal vez podría traducirse como interiorismo).
Dice Octavio Paz (cito textualmente) “El arte de Cuevas es un arte de figuraciones, que, asimismo, es una revelación de realidades escondidas. No es aquello que el artista ve desde la ventana de sus buenos sentimientos y que condena en nombre de la moral o de la revolución.
El mal que pinta Cuevas no es el más visible. Esos monstruos no están únicamente en los hospitales, burdeles y suburbios de nuestras ciudades: habitan nuestra intimidad, son parte de nosotros mismos” (cierro la cita).
(CONTINUARÁ)
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